La primera imagen que Roxana Grimaldi tiene de Telma Bordone, la protagonista de esta historia, se remonta a 35 años atrás, cuando junto a su familia llegó por primera vez a la localidad de 9 de Julio, en la provincia de Buenos Aires. Los Grimaldi habían dejado atrás los edificios y el ruido de la capital de Argentina para instalarse en un distrito campestre: calles de tierra, aire limpio y fresco y un silencio inquietante para cualquiera acostumbrado al caos del tránsito.

Sin embargo, lo que más llamó la atención de Roxana, con 6 años, no fue el paisaje rural de su nuevo barrio, sino la casa que tenían justo al lado. Era pequeña, hecha con retazos de chapa y barro sin revocar, como construida a mano, y repleta de flores y plantas que embellecían lo agreste de su fachada.

Desde el día en que llegó a 9 de Julio, la pequeña tuvo intriga por saber quién o quiénes vivía allí. No perdió tiempo, entonces, y se puso a espiar. Un día, Roxana logró treparse por la pared que dividía a ambas casas, pero se decepcionó al ver solo algunas gallinas correteando entre las plantas del patio. En otro se topó con flores nuevas, más brillantes que las anteriores, desperdigadas por el piso. Hasta que por fin se encontraron: con el pelo blanco enmarañado y un gorrito de lana, Telma Bordone ─de 61 años─ la saludaba desde su jardín. Aquella escena de 1985, sin que ambas lo supieran, daría comienzo a una amistad que superaría cualquier barrera.

Radios, medios digitales de todo el país y hasta canales de televisión. Telma Bordone, de 96 años, interrumpe sus siestas desde la semana pasada para hablar con la prensa. Su historia ─»La abuela que hace barbijos para donarlos al hospital de su pequeño pueblo»; «Ejemplo de solidaridad en medio de la pandemia»; «Emocionante: a sus 96 años confecciona mascarillas y las regala»─ se viralizó a través de las redes y llegó hasta los principales informativos, opacando brevemente el recuento de víctimas por el covid-19.

«No es para tanto», decía Telma, cada vez que era entrevistada desde su casa en 9 de Julio, donde cumple el aislamiento obligatorio dictado por el Gobierno. «Apenas ayudo con algunos bordados», agregaba, con un hilo de voz fino. Pero la solidaridad que imprimía en cada tapaboca no era casual. Detrás de ese pequeño momento mediático, se encontraba la verdadera historia de Telma.

«Ella nos cambió la vida»

Telma se encontraba viviendo en total soledad y con severas complicaciones económicas cuando los Grimaldi compraron la casa de al lado y conoció a Roxana. Su esposo había fallecido hacía muchos años y su único hijo se encontraba viviendo en un pueblo a 200 kilómetros del suyo. Pero a medida que la pequeña Roxana crecía, los momentos juntas se multiplicaban en su casa: ella le tejía prendas y le cocinaba galletas cada vez que podía. «Así me compraba», bromea hoy Grimaldi, de 40 años, en diálogo con RT.

«A medida que crecía, me daba cuenta de las necesidades que tenía. Hubo un tiempo en que dejó de tener servicios básicos, como la luz», recuerda Roxana. Su amistad se extendió hasta que ella terminó sus estudios secundarios y se mudó de 9 de Julio, aunque volvía siempre a visitar a su anciana amiga. «Me casé, tuve mi primera hija, y seguí con mi vida fuera del pueblo por muchos años», detalla.

Pero tras quedar embarazada nuevamente, Roxana decidió volver con su pareja e hija a su antigua casa. Empezar de nuevo en donde había sido feliz le parecía un plan acertado para ser mamá por segunda vez. «Fue cuando empecé a estar más presente en la vida de Telma y me fui dando cuenta de que ella no podía estar sola todo el tiempo».

Año 2019, mes de abril. Telma, con 95 años, se retuerce del dolor en el suelo: acaba de caerse en la calle. Sus huesos gráciles cedieron al golpe y un dolor punzante aprisiona ahora su cadera. Ya no puede caminar como antes; le cuesta vestirse, cocinar, incluso ir al baño. Su hijo no puede mudarse con ella, tampoco llevársela consigo. «Vino una asistente social para meterla en un asilo estatal», rememora Roxana. «Ella no paraba de llorar, no quería irse». Entonces, en ese instante, como hace 35 años, las amigas cruzaron miradas y una frase terminó con la agonía de Telma: «Se viene a vivir conmigo».

Para noviembre de aquel año, la familia de Roxana no sólo estaba compuesta por su marido y sus dos hijos, ahora se había sumado a ellos una «abuela». «Su hijo no tuvo problema, así que la adoptamos», explica Grimaldi. A la ‘abuela’ se le construyó un cuarto con baño propio en su nuevo hogar y, desde ese lugar, Roxana y el resto de la familia puede cuidarla sin mayores complicaciones. «Nos cambió la vida. Tiene una muy buena energía, a pesar de su edad. Siempre está de buen humor y es muy ocurrente. Es el amor que le faltaba a nuestra casa», asegura.

«No le temo a la pandemia»

En los últimos tres días, Telma ha brindado seis reportajes a diferentes medios. «Siempre preguntan lo mismo. Yo no sé qué me ven»,rezonga. Es que los más de 200 tapabocas que hasta el momento confeccionó con la ayuda de Roxana, continúan siendo noticia. Pero es su habilidad con las manos lo que la ha llevado a su pequeño estrellato.

A pesar de sufrir cataratas que complican su vista, Telma mantiene la misma agilidad en los dedos que cuando tejía en su juventud. Y también, según su hija postiza, las mismas energías: «Ella me vio tejiendo hace poco y se ofreció a ayudarme. Somos un grupo de vecinas las que los hacemos y después se los damos al hospital de nuestra zona. Apenas un granito de arena comparado con lo que hacen otros», cuenta Grimaldi.

«No le temo a la pandemia«, suelta Telma desde su nuevo hogar. «Lo que será, será», resume, como un aforismo. Comenta que no ve televisión o escucha la radio debido a que «todas son malas noticias». Pasa sus días entre la confección de mascarillas y partidas de naipe con Roxana. Pero si le preguntan qué le gustaría hacer hoy, no dirá salir en televisión o en la primera plana de algún periódico, simplemente, con una sonrisa desplegada, dirá que quiere mirar un partido de su equipo favorito, River Plate.

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