¿Y si ponemos un negocio?

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Hace poco más de un lustro, el Centro Comercial de Victoria lanzó una propuesta para optimizar el número de rubros por comercio. Esto en pocas palabras tendía a mapear qué tipo de actividades se desarrollaban en la ciudad —priorizando las existentes— a fin de evitar que se abrieran locales de un mismo rubro, por ejemplo en la misma cuadra, o en el radio de injerencia que afectara sus dividendos.

Esta suerte de ‘libro de consultas’ para la toma de decisiones económicas, ayudaría a diversificar y mejorar las perspectivas de aquellos que tenían como premisa apostar por la venta al público.

Defendiendo a ese emprendedor que por propiedad de un lugar preferencial, bien dimensionado; o que había apostado a un alquiler alto, mantenía empleados registrados y una trayectoria o tradición ligada a un nombre, se daba un tiro por elevación a otras apuestas más ambiciosas/foráneas, como las cadenas de supermercados o el mismo inversor chino, que seguía expandiéndose a un promedio de uno o dos supermercados por año (estuvimos entre las ciudades del país con más apuestas orientales de este rubro, y también fuimos de las pocas donde uno de ellos debió cerrar).

La propuesta se presentó a la Municipalidad que haría como una suerte de inventario o contralor de esos establecimientos; sin embargo, cuando uno empieza a recorrer un poco otras latitudes suele encontrar diez cosas de lo mismo, en un minúsculo lugar, o rubros agrupados por sectores, calles, o avenidas donde los protagonistas son desde las prendas de vestir, calzado, deportes, bijouterie, a confiterías, cafeterías, restaurantes, etc. En estos paseos de compra se compite por precio, oferta del día, buena atención, originalidad en la presentación, entre otras estrategias de marketing.   

¿Por qué nos metimos en este saco de once varas?, preguntarán ustedes, y pasa que uno ve que aquella idea del Centro Comercial pudo haber evitado el cierre de muchos lugares en las Siete Colinas, que abren con la ilusión de ‘yo puedo’, y cierran con la certeza del ‘no logré competir’.

¿Quién no escuchó?: En Victoria hay más canchas de padle o padel (por estos días) que jugadores; y es que tendemos a intentar mejorar la idea de otro, con recursos que no siempre son ilimitados.

Entonces, si algo está más o menos bien puesto y funciona, otro abrirá algo mejor, y si esto marcha así, siempre ganará el consumidor. Pero cuando ese consumidor no es ilimitado en número, la inversión se enfrenta a una demanda insuficiente. Pasa con el número de clubes, con las agrupaciones tradicionalistas, con las pollerías, queserías y/o fiambrerías, con lo que se le venga a la mente.

La gran pregunta es ¿qué ocurre con quienes hicieron la inversión y perdieron? De nuevo, aquella idea, cuasi olvidada, intentó más prevenir que curar, aunque nunca es tarde.

Hoy, con recorrer algunos rubros y sin tanto esfuerzo de logística, se pueden ver carteles de ‘oferta por cierre’, ‘últimos días’, etcétera. Curiosamente, si se afina un poco el lápiz, lo que se ve es sobreoferta de un mismo rubro, a pocos metros de otro que ofrece lo mismo y quizás en un punto que no es el mejor.

En este momento de crisis por inflación y otras variables macroeconómicas como las que nos toca atravesar, sería bueno que la capacitación esté entre las opciones público/privadas como un norte de posibilidades, por ejemplo del Ente Mixto de Turismo.

Tal vez alguien en este momento esté recibiendo un dinero por su indemnización, haya vendido un lote de terreno, el auto, o la parte de una herencia por una casa familiar, y quizás evalúe entre largarse a poner un taxi, hacer viajes a Rosario, Puerta a Puerta, o desde casa abrir un kiosco, hacer comida, tortas, vender ropa por internet, o migrar Bitcoin u otra criptomoneda, todo con asesoramiento evita dolores de cabeza posteriores.

Para aquellos que están colocando un cartel, pintando el frente, o ya abrieron una heladería fuera de la zona centro, tenemos un ítem más para añadir.

Sobre todo en este punto final (heladería), fue quizás el que disparó el interrogante de esta nota, ya que aquellos que peinamos algunas canas hemos visto cerrar locales hermosos, bien presentados y con la mejor buena intención, cuando no estaban en el radio céntrico. Seguramente porque ir a tomar un helado fue sinónimo, por años, de andar por las ocho o doce cuadras del micro-centro. El resto, la miraba de reojo.

Eso está cambiando, a fuerza de buena voluntad y de asesoramiento. Sobran ejemplos de quienes salieron de esa burbuja del llamado Centro Cívico y comercial (cargada de pajaritos negros por estos días N. de R.) y se animaron a dar luz en una cuadra o avenida apagada y monótona.

¿Cuál es la moraleja entonces?, quizás esa misma que dice ‘no se largue a nadar sin salvavidas, sin embarcación de apoyo o en aguas desconocidas.

Piense la idea, dele vueltas a sus certezas de aquello que hizo bien en los ’90s y ahora cree que es lo mismo. Calcule y vuelva a barajar sus desventajas, qué hay a la vuelta de donde usted está por poner su local. Y anímese. Nadie logró algo grande sin intentar varias veces, o equivocarse en más de una oportunidad. El error, lejos de lo que aprendemos en la escuela, es el camino más largo, pero siempre enseña.

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