¿Qué pasa con la gente que vive en la terminal de ómnibus?

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Victoria (Por Santiago Minaglia-Paralelo 32).- Muchos lo comentan. Lo dicen en voz baja, pero casi todos ya lo han oído. Hay fotos en las redes sociales. “La terminal es una villa”, dicen. Los más frívolos se preocupan: “¿Qué pensarán los turistas?”, como una especie de “qué dirá el vecino”, parafraseado. Pero también están los que señalan la cuestión humana: “¿Qué pasa con esas personas?”.

En total son seis. Hay veinteañeros y sexagenarios. Se ganan la vida como pueden. A los que les dan las piernas, caminan las difíciles calles de la ciudad. Los que no pueden moverse tanto, se inventan algo para sobrevivir. Alguien duerme en los baños. Alguien en la sala de espera. Dicen que es una villa porque alguno cuelga sus ropas todavía húmedas en alguna parte para que se sequen.

“Toditos los días hay una pelea”, dice Julio Camuglia, de 63 años, que duerme en la terminal y es conocido por vender productos de limpieza con su carrito. Julio está cansado de que le roben. Según él, es gente del entorno de la misma terminal la que le roba a él y a un compañero suyo, que vende fruta y hace poco le robaron el cuchillo que utilizaba como herramienta de trabajo para cortar, por ejemplo, un pedazo de sandía.

“Tengo miedo de que algún día pase algo malo. Me puede tocar a mí; le puede tocar a otro. Tengo miedo de que algún día…”, no termina de pronunciar la palabra. Se entiende, sin embargo, que se refiere a que algún día, en una pelea, alguien termine muerto.

“Ahora dicen que la terminal es una villa. Lo dicen porque hay una soguita con remeras y pantalones lavados”, señala Julio. “El Ejecutivo y la policía no nos molestan. Yo he hablado con la gente de la terminal y les he dicho: «¿Por qué nos molestan? ¡Si estamos todos en la misma situación!”, sostiene.

Julio asegura que vivir en la terminal es “tormentoso”. “Hace un tiempo a mi compañero le sacaron una foto y la subieron a las redes. Entonces, la gente empezó a decir: «Villa Terminal», o sea, que la terminal es una villa. Si nosotros estamos ahí no es porque queremos o porque somos vagos, tienen que dejar a la gente tranquila. Estamos ahí por las circunstancias de la vida”, narra.

Y es verdad, Julio no está allí por comodidad. De hecho, el único lugar al que considera su casa es el Club Gimnasia. “Desde su presidente, su vicepresidente, hasta la cantina, a mí me dan una mano así”, dice y abre los dedos de la mano cuanto puede.

La “segunda casa” de Julio, luego del Club Gimnasia, es el Bochin Club. “Ahí almuerzo. Me hacen un precio especial. Estoy muy agradecido al actual y anterior presidente”, agradece.

“Me cae mal que digan que la terminal es una villa, pero es el comentario de todos. A nosotros nos sacan fotos como si fuéramos no sé qué. Repito, hay un muchacho que se lava la ropa y la tiende donde puede. Nosotros también tenemos que estar limpios. ¿Alguien puede pensar que nos gusta vivir así?”, concluye.

Como el ser humano es un fin en sí mismo y no un medio para conseguir un fin, que haya seis personas en la terminal debería indignar por cuestiones éticas, no estéticas. Hace algunos años esto hubiera sido impensable en nuestra comunidad, pero Victoria no es un lugar aislado de la situación económica del país. En mayo de este año, en estas páginas, ya mostrábamos cómo vivían las personas en situación de calle en la ciudad. Lamentablemente, en lugar de solucionarse la cuestión, la problemática parece seguir creciendo.

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