Usted cree, luego el dinero existe
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Saque un billete del bolsillo y mírelo un momento. Es un papel impreso que cuesta unos pocos pesos fabricar, y sin embargo el panadero le entrega pan a cambio. No lo hace porque el papel valga, sino porque cree que mañana otro se lo va a aceptar a él. Todo el sistema monetario descansa sobre esa creencia y sobre nada más, y conviene recordar cómo empezó.
La historia arranca en Sichuan, en el sudoeste de China, hacia el año mil.
Aquella región tenía la desgracia de usar moneda de hierro, y mil monedas pesaban doce kilos y medio, de manera que comprar una pieza de seda exigía cargar casi cincuenta. Los comerciantes de Chengdu hicieron lo obvio, dejaban el metal en depósito y se llevaban un recibo impreso, el jiaozi, que enseguida empezó a circular de mano en mano porque era mucho más cómodo pagar con el papel que con la pesada carga.
En 1023 el estado Song vio el negocio, se apropió de la emisión y al año siguiente puso en circulación los primeros billetes oficiales de la historia. El detalle que importa es este: contra algo más de 1.250.000 unidades emitidas guardaba una reserva de apenas 360.000; menos del treinta por ciento. Ya en el origen el papel prometía más de lo que podía pagar, pero funcionaba igual.
Dos siglos y medio después Marco Polo describía asombrado cómo el Gran Kan fabricaba dinero con corteza de morera y anotaba, con envidia del mercader veneciano, que “el dinero que paga no le cuesta absolutamente nada”.
En Europa la escena se repitió con un guion parecido. Los suecos cargaban planchas de cobre de casi veinte kilos, y en 1661 Johan Palmstruch entregó notas de crédito a cambio de ellas, los primeros billetes europeos. Emitió más de lo que tenía, la gente corrió a cambiarlos, el banco quebró en 1668 y él terminó preso, con la pena de muerte conmutada.
Desde entonces la mecánica no cambió, solo se perfeccionó. El 15 de agosto de 1971 Nixon anunció por cadena nacional que suspendía “temporalmente” la convertibilidad del dólar en oro, y pasaron cincuenta y cinco años sin que nadie tocara el adverbio. Desde esa noche ninguna moneda del planeta se cambia por metal, de modo que el dólar que usted guarda debajo del colchón vale porque el mundo cree que vale, igual que el peso, con la única diferencia de que en un caso la creencia es más firme que en el otro. Tampoco es casual que a este dinero lo llamemos fiduciario, palabra que viene del latín fides, que significa fe.
Los argentinos tenemos sobre el resto una ventaja incómoda, y es que sabemos por experiencia propia que esa confianza se rompe, y que cuando se rompe no hay ley ni discurso que la reponga. Por eso corremos al dólar, al ladrillo o al plazo fijo según la temporada, buscando algo firme de dónde agarrarnos. Pero conviene no engañarse, porque no estamos eligiendo entre papeles con respaldo y papeles sin respaldo, sino entre promesas más creíbles y promesas menos creíbles. El dinero nunca fue otra cosa. Descartes existía porque pensaba, y el billete de su bolsillo existe porque usted cree. Vale lo que dure esa creencia, ni un peso más. ¿Hasta cuándo?

