Ubaldino Jaime y una vida llena de fantasía que todavía perdura en el recuerdo

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“Si no me va a dar su amor, entonces deme algo para quitarme la vida”, le soltó el Chino a la Pocha. Callada, la mujer buscó algo entre sus pertenencias. Sacó una pastilla de un misterioso blíster y se la extendió. El Chino, sin pensarlo dos veces, se la mandó a la boca. De súbito, se desplomó y empezó a convulsionar.

Luego de un tiempo, Ubaldino Jaime se incorporó y se sacudió el polvo de su saco. El suicidio no había tenido éxito ya que La Pocha, que conocía de sobra las locuras del Chino, le había dado 400 miligramos de ibuprofeno. Concluida la escena, como si se tratara del final de acto de una comedia callejera, el público que se había congregado se rio estrepitosamente, el Chino el que más.

Pero su gran amor, en realidad, era Celestina Bienvenida Capriotti. De hecho, la amaba tanto que había planificado una boda donde no escatimaría en gastos. Todos estaban invitados, a la fecha del casamiento la había fijado para el 31 de febrero; en la celebración de las nupcias habría “camionadas de cordero y vino”; la fiesta duraría tres años y dieciocho meses, pero los invitados no tendrían de qué preocuparse, ya que, a cuenta suya, les compraría el mejor calzado para poder bailar durante tanto tiempo; finalmente, su luna de miel sería en Buenos Aires, viajaría hasta allí en el avión privado de un reconocido terrateniente. Todo estaba listo para el casamiento, excepto una cosa: Celestina no tenía la menor idea de que ella era la novia.

Lamentablemente para el Chino, su amada nunca le correspondió tal inmenso amor, ni siquiera una pizca. Y como no hay otro final para el amor romántico que no sea la muerte, el señor Jaime decidió hacer lo impensable. Un día, se tiró a las vías del tren.

El problema fue que hacía años que no pasaba ningún tren. De modo tal que su segundo intento de suicidio también fracasó. El Chino tuvo que esperar varios años más para obtener el último don de Dios. Le llegó su hora el 28 de agosto del 2000, a los 71 años.

Sin embargo su historia no fue de amor, locura y muerte, sino todo lo contrario. A pesar de sus fantasías, vivió una vida de servicio para su comunidad, realizando diferentes encargos. Su principal changa era llenar baldes de agua en la canilla de la plazoleta del cementerio y ofrecer el vital elemento a los vecinos.

El histrionismo de Ubaldino conquistó el corazón de muchos, tanto que, quienes lo recuerdan, lo hacen con una inmensa alegría. En honor a la verdad, es difícil determinar cuánto hay de cierto y cuánto de ficción en la narrativa que rodea el nombre del Chino. Lo que sí se puede asegurar es que, dentro de la mitología barrial, quedó en el recuerdo como un personaje querido y alegre. Muchos se refieren a él con inmenso respeto, como a un “loco lindo”.  Aunque, después de todo, el Chino era lo suficientemente cuerdo como para buscar la muerte sólo con pastillas para calmar los dolores menstruales o tirándose a las vías de un tren fantasma; o como para querer casarse un 31 de febrero.

En cuanto a Celestina Bienvenida Capriotti “de Jaime”, éste fue el nombre que el Chino le dio a su musa, aunque ésta (que existió realmente) se llamaba de otra forma. Como todo en su cosmos, hubo un principio real y, luego, la imaginación copó el resto.

Ubaldino Jaime fue un hombre manso y respetuoso al que no le gustaban las peleas. En estas páginas intentamos reconstruir algunas anécdotas que le atribuyen, con la intención de que el relato no se pierda en el aire. Poco hay documentado y mucho de mito, su historia está contada más por rapsodas que por historiadores.

El Chino en las paredes

Según Martín Vivanco, que lleva adelante el proyecto social y cultural Hombre de la Calle, la historia del Chino es una historia de amor y de servicio al prójimo. Este antihéroe popular enamoró tanto a Vivanco que, pronto, pintará un mural en su honor y montará la gran boda que éste nunca pudo realizar. Habrá músicos y diferentes artistas invitados y muchas sorpresas que habrá que descubrir de forma presencial. La iniciativa tendrá lugar en el barrio del cementerio. El Chino, con su cordura y su locura, con su coherencia y sus divagues, pero siempre con respeto y alegría, dejó huellas en la memoria colectiva. Hay quienes, cuando lo recuerdan, todavía lo ven caminando, enjuto, haciendo equilibrio con un balde de agua en cada mano, llevando vida a los vecinos.

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