En pocas ocasiones tenemos la oportunidad de encontrar textos que nos atraigan a la lectura, y son a su vez distintos tipos de aspectos personales y estados anímicos los que influyen en la elección de un libro que, puede complacernos a primera vista, o hacer que la lectura se vuelva tediosa y nos lleve mas tiempo del deseado concluir con el mismo. Lo cierto es que deberíamos adoptar por costumbre el desear buenas lecturas a otros y, así recomendar libros que hemos leído y que nos han llenado el espíritu e intelecto. Así que, este período de vacaciones es ideal para dedicarle tiempo a la lectura, o bien el seleccionar algunos títulos y planificar su lectura a lo largo del año en curso, lo que nos permitirá además adentrarnos en momentos para aprender, ampliar el vocabulario, avivar la imaginación o reducir el estrés, dejando a un lado la tecnología y el ajetreo de los quehaceres diarios, sumergiéndonos en la lectura de textos que nos llevarán a estimular la actividad cerebral por medio de los relatos.

En fin, si te preguntás el porqué recomendamos algunos libros para leer. Resulta que nuestro ritmo de vida hace casi imposible eliminar el estrés por completo, pero hay cosas que podemos hacer para reducirlo y evitar que se convierta en un grave problema de salud. Una de ellas es la lectura. Según un estudio de 2009 realizado por la Universidad de Sussex (Reino Unido), la lectura puede reducir los niveles de estrés en un 68 %, incluso más que escuchar música o ir a pasear. Tan solo seis minutos de lectura, ya sea un periódico o un libro- reducen el ritmo cardíaco y la tensión muscular.

Así que aquí van unos cuantos títulos que les pueden resultar agradable leer a aquellos que disfrutan pasando las páginas de un buen libro.

Stephen King: una recomendación segura

Pese a los reparos que ocasiona a los que le desconocen por su reputación terrorífica y el rechazo esnob ante su éxito tremendo de ventas en todo el mundo, el novelista de Maine (n. 1947) es una apuesta difícilmente discutible. Y el nuevo auge de las adaptaciones a películas y series de televisión de sus obras en los últimos años (El juego de Gerald, Castle Rock, Doctor Sleep) supone una gran oportunidad para descubrirlo. Tal vez, entre los mejores libros que ha publicado en su prolífica carrera como escritor hasta el momento, estén El resplandor (1977), It (1986), Misery (1987) y Un saco de huesos (1998), cuatro delicias espeluznantes, perturbadoras y llenas de emoción de un narrador genial que pone en práctica cuanto sabe de su oficio en cada texto.

Isaac Asimov: la ciencia ficción más inteligente

Si hay un novelista capaz de deslumbrarnos con las motivaciones y los giros impresionantes que ideaba para sus novelas de ficción científica, ese es el ruso-estadounidense Isaac Asimov (1931-1992). Su obra no sólo destaca por la lucidez, la elocuencia y lo razonable del futuro propuesto para la humanidad hasta el límite más lejano que pueda imaginarse sin disparatar ni un poquito, sino que no titubea a la hora de dejarnos con la boca hasta el suelo gracias a las deducciones que desgrana en sus tramas alucinantes.

Uno no debería perderse los siete volúmenes de su saga más celebrada: Fundación (1951), Fundación e Imperio (1952), Segunda Fundación (1953), Los límites de la Fundación (1982), Fundación y Tierra (1986), Preludio a la Fundación (1988) y Hacia la Fundación (1993). Pero tampoco otras novelas conectadas con ella, como El fin de la eternidad (1955) o Los robots del amanecer (1983). No te resistas a su estilo dialogado y disfrutadlas.

Haruki Murakami: el eterno candidato al Nobel

La candidatura de este célebre autor japonés (n. 1949) figura todos los años en las quinielas al muy codiciado Premio Nobel de Literatura, pero sus posibilidades de obtenerlo siempre se han quedado en eso mismo. Es muy probable que, un día, la Academia Sueca sucumba al clamor de sus muchos seguidores y su ídolo se haga con él por fin —si galardonaron a Bob Dylan en 2016 sin ningún sentido, hasta Dan Brown podría gozar de idéntica consideración—. Pero estos comentarios no están por demás, porque los lectores que no se privan de textos con verdadera enjundia estarán al tanto de que Murakami carece a todas luces de la profundidad psicológica que caracteriza a los grandes literatos.

Sus planteamientos vitales son casi de sobre de azúcar, de persona normal que se enfrenta a la vida con sentido común y ni se le ocurre meterse en berenjenales ideológicos. Y, sin embargo, tal circunstancia no le impide escribir con soltura y dotar a sus novelas de unos elementos cuyas excentricidades y su combinación las convierten en propuestas bastante atractivas. Por ello, uno no duda en recomendar leer Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995) o Kafka en la orilla (2002).

Unos ensayos de lo más estimulantes

Y, a pesar de que multitud de lectores se limitan tristemente a acabar una novela detrás de otra, no solo la narrativa luce las capacidades de remover nuestro interior y logra maravillarnos lo suyo. Los ensayos más decentes pueden proporcionar el mismo nivel de satisfacción, aunque distinta porque apuntan menos a las emociones y al placer del lenguaje y más a estimularnos con información e ideas enriquecedoras que, quizá, cambien nuestra perspectiva de diferentes asuntos o hasta amplíen nuestros horizontes.

Uno de estos ensayos es Historia del tiempo (1988), escrito por el gran astrofísico británico Stephen Hawking (1942-2018), del que uno no sale igual que cuando lo comenzó, de la misma manera que sucede al ver esa serie documental impagable que es Cosmos: A Personal Voyage (Carl Sagan, 1980), y su continuación, Cosmos: A Time-Space Odyssey (Ann Druyan, 2014-2020): la forma en que consideramos la naturaleza del universo y de nuestra realidad se transforma de un modo inevitable en medio de estallidos del más inconcebible asombro.

Por su parte, el anónimo Ibn Warraq (n. 1946) sigue la estela laicista del añorado Bertrand Russell en Por qué no soy cristiano (1957) y nos brinda Por qué no soy musulmán (1995). Se trata de una revisión incontestable de los despropósitos de la religión principal del ámbito geográfico al que este autor pertenece, de sus conceptos irracionales, sus hechos vergonzosos y contra los derechos humanos y su moral para la indignación, y que por sus malas pulgas le obliga precisamente a permanecer en el anonimato y evitarse una fatwua como la que le cayó encima a Salman Rushdie por Los versos satánicos (1988).

Y, para terminar, a muchos les vendría leer La tercera mujer (1999), del francés Gilles Lipovetsky (n. 1944), una explicación detallada, sorprendentemente razonable y documentadísima sobre la evolución social del tratamiento y las aspiraciones de las mujeres occidentales a lo largo de la historia y su interacción con los hombres; en especial, en las últimas décadas de necesario activismo feminista. De actualidad pese al tiempo desde su publicación; y como cada uno de los libros anteriores, imperdible este 2020.

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