Explicando a un grupo de seguidores la “estrategia” instrumentada para habilitar mediante un plebiscito al gobernador de La Rioja para un cuarto mandato, el diputado provincial Lázaro Fonsalida se jactó primero de la “viveza criolla”, y luego, con una sinceridad digna de causas más nobles, remató: “los peronistas somos vivos, no somos pelotudos, bien vivos”.

Hoy el país entero puede ver y escuchar un video donde el funcionario político explica la maniobra para perpetuar a su gobernador y se alegra porque “no falló ni una coma del plan”.

A Fonsalida se le puede cuestionar un exceso de autoestima al atribuirle a su partido, y a sí mismo, la potestad de la viveza criolla. En realidad, este triste mal que corroe a nuestra sociedad desde que Colón y otros aventureros vinieron a cambiar oro por espejitos de colores, es patrimonio rioplatense.

Ha sido definida de mil maneras, hasta se le concede la simpática apariencia de picardía, pero es lisa y llanamente una inescrupulosa rapacidad oportunista.

En El atroz encanto de ser argentino, Marcos Aguinis habla de la famosa “viveza criolla” y la define como una costumbre argentina que tiene un efecto antisocial, segrega resentimiento y envenena el respeto mutuo. A largo plazo sus consecuencias son trágicas, en el campo moral y económico. El escritor y filósofo nos plantea un escenario con dos actores principales; el que hace las avivadas y el que las sufre.

En ese marco se explican innumerables situaciones que se plantean en la vida pública y privada de nuestro país, donde conviven los vivos que incumplen las reglas y la gilada que las cumple; aquellos vivos que pastan en los dulces alfalfares del erario público sin trabajar y los zonzos o giles que pagan impuestos para sustentarlos.

El vocablo viveza tiene traducción a todos los idiomas, pero la patente de criolla la convierte en marca registrada y reconocida en gran parte del mundo, donde nos ha dado fama de ventajeros y maestros de la agachada.

Es un mal que carcome las condiciones básicas para una convivencia digna, pero a la mayoría de los argentinos nos suena como un halago, porque es sinónimo de astucia y habilidad… lamentablemente para el engaño y la trampa.

 

(Por Luis Jacobi)

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