Solo los viejos usan relojes

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(Por Esteban Seimandi).- Nadie de menos de cuarenta -a no ser que sea un poco raro o un hipster snob- decide ver la hora en estos artefactos que marcan el tiempo, pero son de otro tiempo.

A mi me gustan y tengo varios. Ninguno es caro, ninguno es aparatoso. De hecho, siempre me pareció una estupidez pagar fortunas por un reloj (o por una lapicera). No los elijo por su función, sino porque me gustan. El reloj es tal vez el único accesorio en el que no me importa el uso, sino la mera coquetería.

Uno de mis favoritos es un relojito dorado de la década del 60 marca Rado. Lo compré hace unos diez años. Es una marca que me cae simpática porque era la misma que usaba mi viejo.

Es particularmente básico. Hay que darle cuerda, no es sumergible, el cristal se raya muy fácil. La correa original de cuero se arruinó enseguida y la reemplacé por una tipo militar con los colores de Francia. Y lo que más me gusta es tener que darle cuerda todos los días.
Funciona perfecto… hasta las dieciocho y veintisiete. A esa hora se detiene cada tarde. Y empieza a obedecer el refrán que dice que un reloj parado da la hora exacta dos veces por día.

De alguna manera, es confiable. A las 18:27, sé que se va a detener y sé que ya no puedo contar con mi Rado dorado. Lo llevé a reparar un par de veces y no lograron encontrarle la falla. Es así, caprichoso. Y es igual a mí.

Las 18:27 marcan el fin de mi energía diurna. A esa hora, mi cuerpo se desconecta de la vitalidad que tengo en el resto del día. Ya pasaron más de doce horas que estoy despierto y mi fuerza de voluntad se ve puesta en aprietos. Necesito café, pero no estoy dispuesto a quedarme despierto hasta las dos de la mañana, así que intento animarme con otros métodos, siempre falibles. Generalmente me quedan un par de horas más de trabajo. Y algunas veces, unas cuatro o cinco, entre clases, reuniones de trabajo o escritura.

Entonces tengo que lograr atravesar la barrera de las seis y media de la tarde, a pura disciplina. A veces lo logro, otras no. Como le sucede a mi reloj, al que a veces recuerdo poner en hora y otras en que lo miro, como hoy, volviendo del trabajo en el tren de las 21:30 y descubro que hace tres horas que no miro la hora.

Podrán decir que mi Rado es caprichoso, pero no es el único. Al fin y al cabo, toda esta idea de dividir el tiempo en intervalos fijos y regulares es totalmente arbitraria.

¿Por qué 12 y no 10, la base decimal, tan natural y obvia como contar con los dedos?
Los egipcios empezaron con las doce horas con sus relojes de sol. El concepto de longitud de horas fijas, sin embargo, recién se originó en el periodo helenístico, donde los astrónomos griegos empezaron a usar un sistema para sus cálculos teóricos. Hipparchus fue el primero en proponer la división del día en 24 horas equinoccias, basado en las 12 horas de luz y las 12 horas de oscuridad observadas en los días equinoccios. A pesar de la propuesta, la gente continuó usando durante muchos siglos las horas variando su longitud según la estación donde se encontrasen. Las horas de longitud fija se estandarizaron para todo el mundo después de que aparecieran los primeros relojes mecánicos en Europa durante el siglo XIV. Hipparchus y otros astrónomos griegos emplearon técnicas astronómicas que fueron desarrolladas anterioremente por los babilonios, que vivieron en Mesopotamia. Los babilonios realizaron cálculos astronómicos usando una base sexagesimal que había heredado de la civilización sumeria. Aunque no se sabe porqué seleccionaron la base 60, hay que tener en cuenta que es un número muy ventajoso para expresar fracciones, ya que el número 60 posee muchos divisores (1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20, 30 y 60), con lo que se facilita el cálculo con fracciones. Hay que destacar que 60 es el número más pequeño que es divisible por 1, 2, 3, 4, 5 y 6.

Vaya uno a saber si de estas cosas puede enterarse un objeto inanimado en mi muñeca, que decide sentarse a descansar al igual que su dueño, todos los días a la misma hora: tres minutos antes de las 18:30

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