Repasemos de nuevo aquellos días de la gesta fundacional

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Foto de Crespo. Gentileza Alejandra Gassmann

Por Luis Egidio Jacobi (Parlelo 32)

Crespo.- Esta ciudad de anchas calles y espaciosas veredas que en el trazado central se recorren como en un vergel de frondosos y coloridos árboles –cuyo formato de planificación urbana nunca se debió permitir que cambiara al expandirse– comenzó a poblarse ya en 1884 y hasta hubo un amanzanamiento que luego se integró al trabajo del agrimensor Ávila (empleado del gobierno provincial) en 1888, cuyo plano fue oficialmente aprobado el 24 de abril de aquel año.

En aquellos tiempos y aún hoy, hay una población migrante que busca el sustento que se radica donde hay posibilidades laborales, y en este caso las dio el ramal ferroviario entre Paraná y C. del Uruguay en una extensión de 142 kilómetros, con obrador en los campos de la familia Crespo.

Hacia aquí vinieron criollos e inmigrantes, y tras ellos los que vieron la oportunidad de constituirse en proveedores, tanto de alimentos como de farmacia, hospedajes, venta de ropas, oficios. El punto geográfico se llamaba entonces San José, aunque la futura estación ferroviaria no tomaría ese nombre porque le debía el propio a don Ignacio Crespo, como era de estilo para quienes cedían las tierras con ese propósito.

Así nació el barrio Negro (hoy Guadalupe), en 1884 cuando empezó la obra de un depósito para los materiales con los que se construiría el ferrocarril. Inmediatamente se formaron los barrios Seco y Salto (1884/5) y entre 1887 y 1888 se radicaron 39 familias de alemanes del Volga, a un kilómetro de la estación del ferrocarril inaugurada precisamente en 1887. Ese asentamiento para la explotación agropecuaria, que quedó fuera del trazado de Ávila, se llamó Colonia San José (hoy barrio con el mismo nombre).

Según investigó nuestro historiador local Orlando Britos –en cuyo trabajo abrevamos cada vez que se habla de historia local– en aquel comienzo habían llegado 300 operarios para trabajar con la empresa constructora del ramal. Estima que en 1888 ya vivían aquí un millar de personas, atraídas por el futuro promisorio que representaba la segura conexión con el mundo a través de las vías. En 1896 se instalaría en este lugar el alemán Otto Sagemüller, para industrializar el trigo que se producía en la región. Completó también el mecanismo necesario para un buen desarrollo, a partir de principio del siglo XX, un interesante número de familias de origen judío, procedentes de Rusia, incluso desarrollando comercios que fueron verdaderos emporios regionales, como Casa Jaroslavsky. Todos ellos fueron impulsores de esta ciudad reconocida hoy por su potencial productivo, industrial, sanitario, y su desarrollo urbano.

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