Escribe: Carlos Waisenstein

Por relato oral de mi padre Marcos, médico que ejerció su profesión desde 1937, y ya de grande tomó conocimiento de un hecho importante que lo tuvo a él como protagonista central.

Hablando de pandemias, la poliomielitis era un azote de dejaba a cada tanto un sinnúmero de muertos y discapacitados graves en todo el mundo. En Argentina, luego de transitar por otros continentes llegaba la epidemia y no había método ni tratamiento para combatirla.

Las dos últimas epidemias aquí en la Argentina aparecieron en 1942 y 1956, luego tuvimos la bendita vacuna Salk y posteriormente la Sabin, lo que produjo la casi desaparición de esta enfermedad virósica.

Es así que en medio de la Segunda Guerra Mundial, 1942, comienzan a aparecer los primeros casos en Argentina y por supuesto en Victoria. Dentro de esos primeros casos se enferma un sobrino de mi madre de 13 años, Abraham (Coco) Mittelman, o sea primo mío. Lo interesante del caso es que convivían en mi casa con mi hermana y otros hermanos de él, ya que por esa fecha se había incendiado la Tienda Plaza Moreno y la casa contigua, lo que demuestra que a pesar de la gran contagiosidad, había casos asintomáticos sin dudas.
La gravedad del cuadro hizo que mi padre decidiera llevarlo al hospital Gutiérrez, de Capital Federal, único lugar que se decía podría haber un nuevo tratamiento.

Debemos explicar que la polio atacaba los nervios y la médula en la zona que transmiten impulsos nerviosos del movimiento, y que luego dejaba parálisis del cuerpo más o menos extendida. La más grave complicación era cuando ascendía desde los miembros inferiores hacia arriba tomando los músculos torácicos que producen el movimiento respiratorio y muchos chicos quedaban encerrados de por vida en un monstruoso aparato, el pulmotor, que por presión negativa le hacía mover los músculos del tórax en forma intermitente para hacerlo respirar.

Lo cierto es que mi primo fue empeorando rápidamente y aparentemente ya no podía respirar satisfactoriamente. Decidido a trasladarlo, la dificultad era realmente importante, no se podía pasar de la provincia, y debido a la escasez de combustible y neumáticos para la guerra, solo se podía a través de Paraná-Santa Fe en balsa y en auto dar la vuelta por Rosario hasta Buenos Aires. Mi padre, a la sazón médico de la Policía desde que llegó a Victoria, pudo conseguir vales de nafta y algún neumático nuevo y con un Chevrolet 1940 de cuatro puertas y en compañía de Moisés Mittelman, fundador de la Tienda Plaza Moreno, padre del enfermo, que viajaba envuelto en una frazada y en grave estado, pudo sortear controles y llegar por fin a dicho hospital en el centro de Buenos Aires.

Quiero agregar que otros dos pacientes graves, la por entonces joven María Reggiardo (Mamina) luego esposa de Liprandi y Vicente Mastrángelo (hijo) por instancias de mi padre y haciendo similar recorrido también fueron al hospital Ricardo Gutiérrez, estando los tres victorienses en camas cercanas.

Lo importante de todo este hecho es que en dicho hospital se había comenzado a aplicar un método nuevo, sin base científica para aquella época, desarrollado en Australia (done había pasado la pandemia anteriormente) por una enfermera, la hermana Kenny.
Su método era totalmente novedoso y con muy buenos resultados.

Hasta ese momento a los pacientes, casi ciento por ciento menores de 15 años, una vez que se les paralizaba un miembro inferior o superior, pierna o brazo por ejemplo, el dolor por la contractura que producía la enfermedad, se la calmaba enyesando la zona por uno o por dos meses hasta que pasara el cuadro agudo. Como es de imaginar, una vez retirado el yeso el miembro quedaba totalmente atrofiado y paralítico.

Es en esa circunstancia que en el Hospital de Niños de Buenos Aires, a través de enfermeras y médicos que habían tomado contacto con la hermana Kenny, se comienza con este novedoso intento de tratamiento.

El método

En pocas palabras describiré el método.

A los pacientes se los sometía casi las 24 horas del día a fomentos húmedos calientes con toallas sobre la zona paralizada, algunos podrán conocer a los que aplicaban los barberos en la cara después de afeitar a sus clientes, exactamente ese tipo de paños húmedos calientes.

De esa forma se vencía el espasmo y dolor muscular que ocurre en la fase aguda para poder luego movilizar el músculo afectado en forma pasiva, hasta poder el paciente mover por si mismo dichos músculos.

Evidentemente se adelantó en parte a los principios de la fisiokinesioterapia que aún no se había desarrollado.

Lo importante es don Marcos Waisenstein, rápidamente se interiorizó del método, compró los libros que estaban en inglés de la hermana Kenny, se contactó con la enfermera jefe para que viniera a Victoria, creo que de apellido Brunella, para que supervise lo que se propondría hacer en esta ciudad y rápidamente volvió mi padre a Victoria para poner manos a la obra. Lo primero que hizo fue hacer traducir los dos libros originales con la señorita Cúneo, que era una eximia traductora de inglés.

En aquel momento se estaba terminado de construir el Hospital Geriátrico, hoy ‘Domingo Cúneo’ y tenía varias salas vacías. En dichos trámites estuvo involucrado el doctor Pedro Radío.

Se organizó con muchos voluntarios para que durante las 24 horas se pudieran hacer dichos tratamientos, en forma continua, ya que Victoria fue especialmente atacada por dicha enfermedad con decenas de niños afectados.

Es así como no menos de 100 personas colaboraron en forma desinteresada por varios meses.

También se concretó el viaje de la enfermera jefe del Hospital Ricardo Gutiérrez, para supervisar el trabajo, tomando contacto y explicando el método a todos los médicos de Victoria. Imaginemos un viaje en tren que demoraba no menos de 24 horas. Aquí se la recibió y agasajó con todos los honores.

Mientras que en Buenos Aires continuaban internados los tres pacientes de Victoria acompañados por sus familias, evolucionando muy bien pero con diversas secuelas crónicas, aquí en Victoria, según contaba mi padre, el método también concluyó con una evidente disminución de las secuelas que se podrían haber producido.

Lo interesante del caso es que este método, que realmente mejoró las posibles y graves secuelas que dejaba la poliomielitis, se aplicó en muy pocos lugares de la Argentina, por su todavía escasa difusión, dejando innumerables niños y jóvenes en sillones de rueda o con miembro acortados, en todo el país; y un día despareció –como toda pandemia– quedando esta anécdota en los anales de nuestro pueblo.

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