Por Luis Jacobi (Paralelo 32).- Solemos decir que es tan solo un cambio de calendario. Un par de fiestas familiares y a comenzar un nuevo enero como quien deshoja un abril o un mes de julio, con las mismas tristezas y alegrías del 31, la salud, situaciones, obligaciones, amores y desamores.

Ser escépticos u obcecadamente realistas, nos pone en línea con la errada hipótesis de que, ‘si puede ser peor, seguramente será peor’ (Ley de Murphy).

Ser optimistas es pensar que aquel número nuevo trae su propia dinámica –ni siquiera hablamos de mística, pero también cabe–, o que se ofrece como un lienzo en blanco sobre el cual pintar cada uno con lo que tiene y puede, lo mejor posible.

Quizás… y decimos quizás por no afirmar lo que seguramente muchos no comparten… los años nuevos sean un espacio apto para la profecía autocumplida. Es decir que, por tanto repetir que será excelente y se me va a cumplir aquel sueño, se termina cumpliendo por mi propia convicción y acción.

Una leyenda antigua cuenta que estando un anciano sentado junto al portal de ingreso a su pueblo, acompañado por su lazarillo, se acercó un viajero, le comentó que estaba buscando adonde vivir el resto de su vida y le preguntó cómo era la gente de ese lugar. El anciano le devolvió la pregunta: ¿Cómo es la gente en el pueblo del cual usted proviene?

Son egoístas, chismosos, poco solidarios, gente que no vale la pena conocerla.
Acá son iguales, respondió el anciano, y el viajero siguió su camino.

Al día siguiente otro viajero le hizo la misma pregunta y se dio el mismo diálogo. ¿Cómo es la gente del pueblo del que usted proviene?

En general son sociables, solidarios, respetuosos… dijo el viajero.

Acá son iguales, respondió el anciano.

El caminante decidió quedarse allí a vivir y el lazarillo interrogó al viejo sabio: Ayer le dijiste a uno que son egoístas, chismosos, gente que no vale la pena. Ante la misma pregunta respondiste hoy que son sociables, respetuosos, solidarios… ¿Cuándo has dicho la verdad y cuándo mentiste?

Dije la verdad las dos veces. Cada persona recibe de lo que da. El joven de ayer solo recibió mal trato y lo mismo le pasaría en nuestro pueblo. El de hoy, que dijo haber recibido en su aldea un trato amable y respetuoso, también lo recibirá entre nosotros. Si tratas bien, eres bien tratado.

Miremos al 2020 con los ojos de quien espera darle lo mejor de sí. Después de todo, nosotros no elegimos al año nuevo, simplemente no podemos evitarlo. Es él quien nos elige, y si lo hace es porque estamos vivos. Y si estamos vivos, pues… ¡a vivirlo!

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