Gracia Jaroslavsky (Diputada Provincial UCR).- Voy a tratar de desandar los aconteceres de la política desde Macri hasta estos días. No es mucho tiempo, pero en este período hubo una enorme profundización de la crisis económica, social e institucional.

A mi juicio uno va conformando la estructura de pensamiento con las experiencias del pasado, pero esa conformación de ideas debe ser lo suficientemente flexible para dar lugar al cambio y a las nuevas perspectivas que se perciben observando el presente. Trato a diario que sea la realidad viva la que condicione mis decisiones.

Dicho esto, las primeras preguntas que me gustaría tratar de esbozar es quién soy, de dónde vengo y cómo llego hasta aquí.

Mis primeras influencias tienen que ver con mis abuelos, de fuerte convicción peronista. Mi abuela tenía sobre el respaldo de su cama una foto de Eva Perón y se identificaba con admiración con su lucha. Fue mi abuela la primera feminista que conocí, había nacido en 1892. Esto viene a cuento para decir que de ninguna manera soy antiperonista, es más, diría que soy una entusiasta defensora de los procesos históricos del peronismo que lo constituyen como un movimiento de masas.

Siempre que sostenga la senda de la democracia y la república, es parte de la Argentina adulta en la que la mayoría quiere vivir. Creo también que la retórica kirchnerista puede llevarlos a un borde del que estoy segura van a saber salir tarde o temprano.

Luego la social democracia, de la mano de Alfonsín, me dio la horma de mis zapatos, la conducta y los valores de mi padre, su amplitud, su horizontalidad, la generosidad del respeto por el otro, el buscar la opinión distinta para enriquecer la propia, su escucha atenta antes de su reflexión, me guió a ser quien soy. Mi vida, mi propio camino me dio la certeza de que no hay otra forma de vivir si no es con verdad, tolerancia y benevolencia.

La segunda pregunta que voy a plantear es ¿Para qué Macri?

Fui de las primeras entrerrianas, por no decir la única, que se sumó a los radicales que impulsaron la candidatura de Mauricio Macri a presidente.

¿Qué me llevó ahí?

Mi afán de encontrar un espacio que pudiera equilibrar la balanza de un proyecto de país que contradecía los valores de la república, con un uso abusivo del Estado y con serias denuncias de corrupción. El radicalismo estaba gravemente herido y necesitaba transitar su recuperación dentro de un espacio plural que claramente mostrara la otra cara del modelo kirchnerista.

Eso lo podía encarnar Macri, y ahí estuve antes de que en 2015 se sellara la alianza que sostenemos hoy.

Mi familia, porque no es solo mi partido político, la UCR es y será mi familia -con todo lo que ello implica, con amores y enojos- se recuperaba de su complejo de culpa, de la vergüenza y la humillación que muchos sintieron cuando De la Rúa fue sacado del gobierno en 2001.

La caída de nuestro gobierno habilitó el nacimiento de la era kirchnerista, a mi juicio un gobierno que transformó la cultura argentina: la convirtió al resentimiento y al odio. Se creó un relato donde ellos eran los adalides de los derechos humanos. Comenzó un tiempo de corrupción y desmembramiento institucional.

Macri desde el otro extremo tiró una cuerda en una sociedad dividida. Me sumé con gusto, aunque con ciertas reservas que lamentablemente confirmé en el transcurso de su gobierno y que tuvieron que ver con una mirada pequeña de un equipo que no entendió las raíces de la clase media, que no entendió la transformación de las políticas públicas y que fracasó en materia económica, pero que reinventó a Argentina para el mundo, la hizo previsible, confiable, empezó a armar un federalismo serio y respetuoso, dio entidad de gestión a los gobiernos locales

¿Haber apoyado a Macri me hizo macrista? No. Y en su mayor momento de gloria, en una elección de medio término para elegir legisladores nacionales, con un puñado de amigos los enfrentamos para decir que no aceptábamos la alineación unívoca ni la prepotencia y que queríamos competir.

A partir de ese tiempo el gobierno de Macri, a mi juicio, perdió la oportunidad de salirse de la antinomia, de cerrar la grieta. En lugar de ello entronaron a Cristina y en el otro podio quedó Macri.

La coronada fue ella y la Argentina retrocedió de nuevo a donde estamos hoy.

El peor tiempo. Atravesados por una pandemia, con una pobreza que duele en los huesos, con miedo, incertidumbre, con un horizonte desconocido. Tenemos un gobierno que tiene una clara ideología, un claro rumbo, pero no lo admite, lo disfraza, recita progresismo y hace populismo, que está construyendo minuciosamente su perfecta democracia autocrática.

Me acuerdo de un episodio que para mí fue muy esclarecedor del rumbo latinoamericano: cuando asumió Néstor Kirchner yo era diputada nacional y miembro de la Comisión de Relaciones Exteriores. Una de nuestras funciones era recibir y reunirnos con los jefes de estado que llegaban. En ese marco, participé de una reunión en el hotel en que se alojaba Hugo Chávez. Lo primero que llamó mi atención fue la fuerte cadena de seguridad que había que ir sorteando para ingresar al salón. No éramos más de 15 personas en una mesa redonda de un salón sin ventanas. El comandante llegó cuando ya todos estábamos en un rígido silencio, impacientes. Llegó estruendoso y simpático, traje oscuro, corbata roja, zapatos relucientes, nos saludó afectuosamente uno a uno para luego sentarse en su sillón, diferente a todos los demás y comenzar a hablar. Habló más de una hora, nunca preguntó nada (eso me marcó una diferencia enorme con Fidel Castro, que nunca se cansaba de preguntar). Debo decir que salí aterrada de esa sala porque presentí el terrible destino que sobrevolaría la República Bolivariana de Venezuela en el delirio de Chávez. El comandante claramente expresó su necesidad de reformar la Constitución: dijo que al menos necesitaba 20 años para transformar al pueblo venezolano, porque al pueblo hay que guiarlo hacia lo que necesita. Claramente y sin ningún prejuicio, describió su espíritu autoritario como única herramienta para adoctrinar al pueblo para que siga su sendero de gloria.

Creo que nunca me voy a olvidar la convicción que percibí en ese hombre: sin lugar a dudas era un líder con un mensaje que estaba en las antípodas de la democracia y la república.

Así comenzó para mí la historia con los Kirchner y, cuando finalice mi mandato en 2005, había visto lo suficiente como para desear alejarme de la actividad política. Durante esa década no encontré nada que me representara y entonces volví de lleno a mi otro amor, el periodismo gráfico. Desde un lugar muy chiquito, insignificante diría, pero auténticamente mío, traté de mostrar ese nuevo orden de la política argentina.

Me ilusioné con Macri y con un radicalismo dispuesto a construir una alianza, aunque más no fuera electoral. Esa alianza se empezó a reflejar en el Parlamento, que adquiriría una nueva relevancia y que empezó a construir consensos.

Luego sabemos todo lo que pasó. Merced a nuestros errores volvió Cristina, mejorada y mucho. Ha profundizado sus creencias, ha perfeccionado las estrategias y sigue diciendo lo que muchos quieren escuchar. No la critico, incluso aplaudo sus afanes. Solo que no admito la falsedad y reclamo a este gobierno y sus seguidores que digan la verdad, que digan claramente cuál es el camino que están dispuestos a transitar. No pretendan, como Chávez, guiar en la oscuridad.

Ahora llega en medio de toda esta tragedia, con más de 100.000 muertos, con más de 40% de pobres, con una clase media ninguneada, golpeada y decepcionada, una elección legislativa que es crucial. No es que se acabe el mundo, pero podemos -si gana este gobierno- condenar al Parlamento a volver a ser una escribanía del poder de turno. Una escribanía que no cree en el consenso, que no respeta la pluralidad de ideas, que necesita condicionar la justicia a su modelo, y que obviamente descree de la división de poderes pero que -además- dice todo lo contrario

No es un cliché decir que no hay 2023 sin 2021. Es una realidad porque para un gobierno cuyo destino de gloria es el poder, un parlamento con mayoría propia es vital y desde ese lugar el camino que algunos todavía creemos posible para la Argentina se va alejar, quizás por mucho tiempo. Y en ese tiempo se diluye la oportunidad de varias generaciones.

En este escenario yo no quería que hubiera PASO: por primera vez en mi historia política no quería que confrontemos entre personas que tenemos las mismas ideas y los mismos anhelos.

Creí que se imponían los consensos. Creí que poco importaba acumular más o menos poder interno para medir quién tiene más o quién es más importante en una coalición que debe ser cada vez más abierta, integrativa y plural.

Da vergüenza el triste espectáculo que están dando por estos días los dirigentes políticos principales en la provincia de Buenos Aires -escenario decisivo en la elección-, mostrando sus pequeñeces de cartel, echándose culpas y descalificándose unos a otros. Necesitamos certezas, necesitamos sentido común, sensatez, ¿Tan difícil es?

Estoy convencida que hay una gran parte de la sociedad que necesita que asumamos su representación y para eso la única forma es ganar las elecciones legislativas de este año. Y para ganar hay que comprender qué quiere la gente y quiénes representan más cabalmente esa franja de la sociedad que piensa como nosotros, que quiere un país normal, una vida normal, que no quiere tener miedo.

Esa sociedad va a buscar a quien conoce porque conocer es necesario para tener confianza. Hoy necesitamos confiar. Por eso el radicalismo tiene que entender y aprender a mirar la sociedad desde fuera de las estructuras, ya que los pequeños compartimentos estancos de la política partidaria no le sirven a la gente.

Nuestra obligación es representar a esa franja de la sociedad que necesita una salida: Entre Ríos la va a aportar con Rogelio Frigerio, Marcela Ántola y Atilio Benedetti, si es que así lo dispone el voto de los entrerrianos.

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