Tener ganas de estornudar y no conseguirlo es una sensación bastante incómoda, que muchas personas solucionan con algo tan simple como mirar hacia el Sol durante un momento. En cuestión de segundos, ese estornudo que se había quedado a medio camino sale de forma estrepitosa, aliviando la picazón de nariz y la incomodidad. Sin embargo, otras personas son incapaces de conseguirlo, por más que centren la vista en el astro rey.

El motivo es que este fenómeno, conocido como estornudo fótico o síndrome autosómico dominante de irrupción compulsiva heliooftálmica, es algo que no ocurre a todo el mundo, sino a un 15%-25% de la población, quizás un poco más, según algunas encuestas informales. ¿Pero a qué se debe exactamente?

Tan involuntario como siempre

En general, el estornudo es un reflejo involuntario, que se da como respuesta a cualquier factor que provoque irritación en la nariz. Se genera una señal que viaja hasta el cerebro, indicando que “algo va mal”. Una vez allí, se desencadena una respuesta, consistente en la liberación violenta de aire, a través de la nariz y la boca. Así se consigue que el posible agente perjudicial que estaba causando la irritación salga rápidamente. Hasta aquí, estaríamos ante el origen de cualquier estornudo, resultante de procesos alérgicos y catarrales, entre otros.

Resulta muy diferente el caso del estornudo que tiene lugar después de mirar al sol. Además, es especialmente curioso, porque se da en este caso, pero no al mirar el fuego. De hecho, esto es algo que ya llamó la atención de Aristóteles en el capítulo dedicado a la nariz de su libro Problemas. En él, se preguntaba por qué el calor del sol da lugar a un estornudo, pero no hace lo mismo el calor del fuego. La respuesta, como él aún no sabía, es que la razón no está en el calor, sino en una especie de cortocircuito nervioso, provocado por la luz.

Lío de nervios

Los pares craneales son una serie de nervios, agrupados en doce pares, que nacen en el cerebro o el tronco encefálico y se extienden hacia distintas partes de la cabeza, el cuello, el tórax y el abdomen. Cada uno de estos pares, que se califican mediante números romanos, del I al XII, tienen funciones muy variadas. Son dos de ellos los que están implicados en el reflejo de estornudo fótico, concretamente el V, también conocido como trigémino, y el II, llamado también óptico. El primero percibe información sensitiva procedente de la cara, mientras que el segundo es el encargado de transmitir información visual al cerebro. Tienen por lo tanto tareas diferentes, pero en algunas personas los reflejos mediados por ambos interfieren entre sí. Por eso, cuando el nervio óptico percibe la luz, se genera una respuesta mediada por el trigémino, que normalmente se encarga de responder a los estímulos de la nariz.

Existe otra teoría, que apunta a que el lagrimeo que se produce cuando miramos directamente a la luz solar podría llegar hasta la nariz a través del conducto nasoocular, generando el reflejo normal del estornudo.

Cosa de familia

No todo el mundo puede estornudar al mirar hacia la luz, pero quienes lo consiguen puede que tengan más casos similares en su familia. Esto se debe a que va acompañado de una herencia autosómica dominante, como bien indica su nombre más largo. La palabra “autosómico” hace referencia a que el gen implicado se encuentra en uno de los cromosomas no sexuales, mientras que “dominante” indica que basta con heredarlo de uno de los progenitores para que se exprese. De lo contrario, se le calificaría como recesivo.

De hecho, al ser tan frecuente entre familias, algunas personas creen que se trata de un fenómeno común, que se da en todos los seres humanos, ya que crecen observándolo en su círculo más cercano.

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