Nuestro adiós a la mateada grupal

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** La historia va cumpliendo sus ciclos. Todo se va y todo vuelve. Fueron unos adelantados los jesuitas en 1618, es decir cuatrocientos años atrás, en enseñarles a los guaraníes –gente de pasarse el día mateando a la sombra– a tomar mate cocido, genial invento para evitar que compartieran bombillas. Pero fueron inteligentes al no prohibirles totalmente el caá (matear con yerba) sino de proponerles un modo de no compartir una misma bombilla.

** En aquel entonces las cosas ya funcionaban igual que hoy en América. Poco o nada ha cambiado. Estaban, por un lado, los que cultivaban la tierra, desarrollaban el arte, la educación y las manufacturas, y por el otro los que gobernaban, dictaban leyes y escribían estupideces por twitter (bueno, algo parecido tendrían).

El mando era ejercido por el hidalgo Hernando Arias de Saavedra (más conocido como el flaco Hernandarias), a cargo de la gobernación del Río de la Plata y del Paraguay, desde que su suegro Juan de Garay había refundado Buenos Aires. Si alguien creía que el nepotismo –esto de nombrar parientes– es de hoy….  

** Por el otro lado, muy al norte, estaban los jesuitas que se encargaban de hacer producir la tierra, mejorar las especies cultivables, enseñarles a escribir a los nativos, a conocer y amar al Dios de Abraham, trabajar el hierro y la plata, carpintería, cocina, panadería, chapado en oro, vajillas, telas, manufactura de sombreros o instrumentos musicales.

Cómo sigue la historia    

** Corría 1618 y se lo vió a nuestro hidalgo Hernandarias muy vehemente, dando unas órdenes. Minutos después, desde un baluarte observó a cuatro colimbas bajo sus órdenes, avanzando a paso marcial mientras sostenían por sus cuatro orejas un cuero conteniendo 110 libras de yerba mate. Al grito de ¡Aaaltóp! se detuvieron en lo que es hoy Plaza de Mayo y le prendieron fuego. Por esos años la producción había crecido debido a las plantaciones instaladas por los jesuitas y el enemigo público del mate; nuestro hidalgo caballero; quiso advertir qué les sucedería a los haraganes que siguieran perdiendo el tiempo chupando esa porquería.

** ¿Qué hicieron en cambio los jesuitas? Argumentando el tema de la higiene y el contagio inventaron el mate cocido. Quizás también se proponían bajar el tiempo de consumo, pero aún así los materos demoraban demasiado en calentar el agua para matear. Hubo un cónclave sacerdotal por ese tema e inventaron el tereté. ¡Riñones!, como decía Balá señalándose el mate homónimo del mate verde. Marcaron la diferencia. Mientras un dictador pone el dedo en ristre y ordena que acabemos con tal o cual cosa, otro piensa y crea; no prohíbe sino que organiza e innova.

** El resultado de aquel intento por acabar para siempre con la insana costumbre del mate compartido, se puede ver hoy en cualquier parte. No se recuerda a dictador alguno que haya logrado hacerle olvidar al pueblo algo que el pueblo ama. Además, este resultado era esperable. Después de todo, los mil habitantes del pueblito eran gente como nosotros, o sea, gente de decir “se acata pero no se cumple”. Es lo que hacemos hasta hoy con las leyes del tránsito y tantas otras.

Cuatro siglos más acá                

**  Hernandarias fue enemigo declarado del consumo de la popular bebida. Cuenta Daniel Balmaceda que ya en 1592, en una carta, le buchoneó al rey de España sobre el “pernicioso uso de la yerba mate”. Consideró que la ceremonia de preparación y cebado demandaba mucho tiempo y fomentaba la desatención en las tareas y, más aún, la vagancia.

** En el puerto se lo llamaba “vicio abominable y sucio que es tomar algunas veces al día la yerba con cantidad de agua caliente”. Muchos españoles, y criollos también, no terminaban de aceptar que un grupo heterogéneo compartiera la misma bombilla, en tiempos de mal aliento. Mientras tanto los jesuitas ya mandaban partidas de yerba a Europa para contagiar el apestoso vicio en el viejo mundo.

** Durante su último periodo en el poder, Hernandarias volvió a sentar posición. En 1612 calificó de “vicio” a la hierba y prohibió su comercio en la ciudad rioplatense, cuya población no superaba los mil habitantes. Los castigos a los contrabandistas: multas de cien pesos a los españoles consumidores y cien azotes a los indios introductores. Hoy volvimos a las multas a quien desoye el protocolo de pandemia, y al azote psicológico para todo el mundo: haces esto o te mueres por un coronavirus.

** Cuatro siglos más acá se ordena a nuestros jóvenes no compartir el mate en las plazas, los parques o en las casas. Muchos pesimistas creían que la OMS o el gobierno argentino (es lo mismo) tendría menos suerte que Hernandarias. Sin embargo los chicos fueron acatando y se los ve a cada uno con su termo y su mate individual, nueva modalidad que elevó el consumo. A más mates circulando más cantidad de yerba que se vuelca; ergo, el consumo dio un salto y el precio también. El gobierno dirá que la gente consume más yerba porque la economía crece; doña Hipólita dirá que sus nietos se van a la cama con solo un mate cocido, porque para más no da. En fin, cada cual con su versión, que es la realidad que ve o quiere ver.

Ganó la individualidad                

** Lo cierto es que estamos asistiendo a un hecho histórico y lo queríamos registrar en el Mangrullo, que viene marcando cambios culturales desde hace décadas: la agonía y apagón del mateo social o grupal. Fin de una vieja discusión entre los que sostienen que bombilla compartida es compartir enfermedades, y los que replican que las bajas dosis de bacterias, virus o herpes que se trasladan con la bombilla, operan como vacunas provocando anticuerpos.  Lo único certero es que el mate individual es más higiénico y lo saben mejor los uruguayos, que siempre lo entendieron así.

** Unos asocian las bebidas alcohólicas –que inflaman a los pendencieros– con pasados momentos de alegría en familia. Otros en cambio asocian el mate calabacita en ronda, con un momento del día no necesitaba ser avisado, porque todos lo tenían incorporado instintivamente como un llamado familiar.

** En esa ronda se apagaban ambiciones y recelos porque cada mano que pasaba la calabacita desde la mano cebadora hacia su destinatario, se tendía como una invitación a la armonía. Por esto y por nuestros tíos y abuelos que nuestros recuerdos pintan con la pavita sobre una Carelli o Istilart cebando de apuro los primeros verdes del amanecer, queríamos referirnos por última vez al mate compartido, vencido finalmente por un mundo de individuales.

** Un aplauso para el cebador.

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