Noviembre siempre nos jugó en contra

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** Si hay que pagar una multa por repetición, pagaremos con tarjeta, pero no me privaré de decir una vez más, como en tantos noviembres gastados, que en cada 1º de noviembre pisamos una cáscara de banana (otros una patineta que el gurí abandonó displicentemente en su camino) y salimos disparados sin control, manoteando como quien busca un sostén en el aire, mientras apretamos dificultosamente entre los dedos la lista de lo que nos falta hacer, hasta rebotar ruidosamente contra el almanaque del año siguiente. No hay escapatoria, a pesar de que el universo colabora ofreciéndonos días más largos aquí en el hemisferio sur, no son suficientes para tupir la inexplicable aceleración de los días en esta parte del año.

** Parece mentira pero haber empleado la palabra almanaque ya obliga a una explicación, sobre todo porque con frecuencia nos enteramos que esta columna es leída por jóvenes y adolescentes, por recomendación de sus padres. Entonces, el almanaque vendría a ser una aplicación (App) que se colgaba en un muro, que en tiempos de mis abuelos era ilustrada por Molina Campos y servía para contar los días de la semana. Para cambiar mes a mes, no te digo que bastaba un touch con el dedo índice, pero igual era fácil. Había que unir índice y pulgar tomando una hoja y levantándola para plegarla hacia atrás. Ya ves, en el mundo digital no hay nada nuevo. Cuando usabas tu cuenta de Facebook que hace tiempo abandonaste, solías “colgar fotos en tu muro”.

** Y deberías estar familiarizado con el nombre de Florencio Molina Campos (ilustrador y pintor costumbrista argentino -1891/1959). Es el hombre que pintó magistralmente y con humor un mundo que ya no existe y que gracias a él recordamos con una sonrisa, porque una y otra vez reaparece ante nuestra vista. El 21 de agosto circularon muchas de sus ilustraciones al cumplirse el 130 aniversario de su natalicio, y en el Día de la Tradición las recircularon los que piensan que la tradición argentina se reduce a las costumbres criollas que inspiraban al gran Florencio. El próximo miércoles 19 se cumplen 62 años de su última pincelada.

Ver el mundo con ojos de Molina Campos  

** El año está perdido y la nostalgia nos acecha a los argentinos y al mundo, por varias razones que preferimos pasar por alto. La nostalgia tiene mucho de aquello de reflotar recuerdos de la infancia que creíamos inexistente pero hallaron el disparador adecuado para asomar en la superficie. Mencionar a Molina Campos y recordar sus imágenes de gauchos que no pintó como eran sino como sus ojos quisieron verlos, nos recordó un momento, un minuto, tan lejano que nos asombra que aún exista.

** Molina Campos aún no había fallecido -o estaba en eso- cuando sucedió este episodio. A pocas cuadras de mi casa había un rancho habitado por don Matasiete, un criollo flaco y muy entrado en años que solía montar un oscuro al que tampoco le sobraban kilos. Lo recuerdo inevitablemente cuando me inspira Molina Campos. Al artista lo conocí en casa de mis abuelos del campo, donde jamás faltaba un almanaque con la firma de él al pie. A esa edad ya me atraía la palabra escrita. Allí se leía el nombre del auspiciante del calendario y el nombre del autor de las imágenes. Y al gaucho de mi recuerdo no lo conocí, solo lo vi pasar y con eso me bastó.

Un recuerdo lejano y difuso     

** Cierto día don Matasiete detuvo el pingo para saludar a mi padre y le comentó que era el cumpleaños de su novia. Si para un gurí del siglo pasado, de unos 8 años de edad, ya era una gran novedad que un ‘anciano’ hablara de una novia, se sumó que mi padre le preguntara ¿y qué le piensa regalar? ‘Un par de alpargatas’, respondió el hombre y yo me tiré una carcajada de vida corta, porque bastó la furibunda mirada de mi viejo para que cambiara mi rostro paralizando hasta el último músculo. Solo mi padre y don Matasiete sabían que para un hombre como él y una mujer de su edad y condición, un par de Alpargatas era un obsequio que se agradece, bien recibido, y quizás el único que se adaptaba a sus sufridos pies.

** Anotación al margen: La marca Alpargatas se convirtió en sustantivo, como Virulana, como Adidas y tantas otras. La fábrica Alpargatas patentó en Argentina su calzado con suelas tejidas en yute y vendió millones con las marcas Rueda y Luna. Aún se las fabrica y de vez en cuando son tendencia en la moda ¿podés creer? Se pueden conseguir en Mercado Libre por 2.490 pesos (nada barato el regalo de Matasiete).

** “El finau Bondiola me sabía contar que en sus tiempos se iba en alpargatas a las bailantas de patio. Se usaban las más nuevas y quedaban en casa las de batalla, a las que a cada rato había que mocharles los bigotes con la tijera de tusar caballos”, nos comenta don Leoncio cuando indagamos en sus conocimientos ancestrales. Los bigotes se formaban a medida que se iban cortando las fibras de yute y se abrían porfiadamente hacia afuera. Había que tirarlas o “hacerlas tirar” con algunos recortes.

Felices Fiestas      

** No hace falta explicar que el Mangrullo de hoy se despistó para el lado de la cultura popular y la nostalgia, no por elección sino para evadir el tema del día. Usted ya sabe. Mañana se vota y las susceptibilidades políticas están al palo. Más vale hablar de un tiempo cuando la dignidad reinaba en las personas y hubiesen elegido una pala o una escoba en la mano antes que una tarjeta de plástico especulando con lo que les pueda dar papá Estado. Y los políticos no se las pasaban echando culpas, sino pensando en cómo construir un país digno de sus posibilidades.

** Pero bueno, si seguimos la veta de buscar culpables, eso de no querer agarrar la pala seguramente es culpa de nuestros ancestros. Fueron ellos los que nos decían: “Estudie m’hijo, una lapicera pesa menos que una pala”. Tanto repetirlo, tanto mentar la pala por generaciones, hasta que finalmente lo que lograron con eso no fue que estudiáramos sino que le tomáramos aversión a la pala. Salió mal. Y si algo sale mal, busquemos al culpable. 

** Ya basta de memes diciendo que para desconcentrar las marchas de los que piden aumentos para los planes, bastaría arrimar un camión y descargar palas, lo que provocaría un desbande. Todo cambia. Hoy correrían a levantar esas palas para vendérselas a un chatarrero. La necesidad tiene cara de hereje.

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