(Por Esteban Seimandi).- Ayer estuve en un congreso de publicidad y escuché un montón de conferencias sobre el futuro. Escuché con atención a un orador que dijo que el 30% de los latinoamericanos comen una sola vez por día. Y que un cuarto de ese 30% tiene un smartphone. Escuché sobre robots que iban a reemplazar, desplazar y crear trabajos nuevos. Escuché que los países que tienen más robots, paradójicamente, tienen el menor índice de desocupación. Escuché sobre cambios en las leyes laborales. Escuché cosas increíbles como, por ejemplo, que hay un traductor que no utiliza diccionarios para descubrir el significado de las palabras, tan sólo busca la lógica y encuentra el sentido por el contexto. Es decir, que puede traducir cualquier idioma. Eso significa que en cualquier momento se caerá el muro que separa oriente de occidente y accederemos a una cultura que, hasta ahora, nos es absolutamente ajena.

Estoy en un café tomando un agua porque ya tomé dos cafés en lo que va del día. Y estoy tomando agua en un café porque perdí el tren que me llevaría al trabajo. Porque el tren pasó antes. Dos minutos antes, según mis cálculos. Entonces tengo que esperar veinticinco minutos hasta que llegue el próximo. Tal vez en Japón esto no sucede. Tal vez hay robots que hacen llegar los trenes a horarios. Ni antes, ni después. O tal vez es la gente.

En el congreso de ayer escuché con atención sobre los trabajos nuevos que se van a crear y que ni siquiera adivinamos. Escuché que, en Argentina, un 60% de los puestos de trabajos podrían ser reemplazados por máquinas en un futuro medianamente cercano. En Etiopía, el 83%. En USA, el 50%. Nadie se salva de los robots. Pero también escuché que habían cálculos mucho más optimistas. Porque a los robots hay que entrenarlos. Y programarlos. Y construirlos. Y esos eran las estimaciones más obvias y sin imaginación.

Quién sabe qué otros trabajos aparecerán en los que serán indispensables los seres humanos.

Estamos acostumbrados a que una calculadora sea mejor que nosotros a la hora de multiplicar. Nos costó que nos ganara al ajedrez. Hoy nos gana al Go, que es muchísimo más complejo que el ajedrez. Algún día nos va a ganar a la hora de crear sonetos. No falta demasiado tiempo para que suceda. Ya hay un robot que inventa Rembrandts. No los copia, los inventa. Y los pinta. Perfectos. Nos iremos acostumbrando a eso.

Max Tegmark dice que no necesariamente reemplazarán a los trabajadores menos capacitados o los trabajadores manuales. Siempre será más difícil reemplazar a los que necesiten un contacto humano. Es más probable que se reemplace a un matemático que a un masajista.

Pero nos gusta trabajar. No podemos evitarlo. Queremos hacer algo. Siempre encontramos trabajos nuevos.

Vuelvo a mi tren adelantado dos minutos, que obligaría a un conductor de trenes japonés a renunciar con deshonra o a suicidarse con un ritual ancestral. O a la creación de un nuevo trabajo. En Japón, si cometés un error grave en el trabajo, podés contratar -de tu bolsillo- a un empleado que te reemplace para asumir la culpa y pedir perdón a tu jefe. Eso es un trabajo nuevo inimaginable. El jefe puede humillarlo, deshonrarlo y despedirlo sin que a vos te afecte en nada, excepto en tu bolsillo. Porque no debe ser muy barato.

Otra cosa que no es barata es contratar actores para simular que son familiares tuyos. Una mujer japonesa, por ejemplo, contrató un actor para que hiciera de padre de su hija y le pagó por más de cuatro años. El señor hizo de padre amoroso y protector y finalizó su papel con un amistoso divorcio. Sin tenencia de la niña, por supuesto. La mujer le sigue pagando, pero simplemente para que haga de padre ausente.

No me imagino muchos robots capaces de hacer estos papeles.

Hisako Koyama nació en Tokio en 1916 y tuvo la suerte de que su padre quiso darle una educación, algo raro en esa época, donde las mujeres solo estaban destinadas a la casa y a criar hijos. Hisako se graduó del equivalente al secundario en la década del 30.

Su padre también fomentó el interés que ella sentía por los astros.

Durante la Segunda Guerra Mundial, su pasatiempo favorito era salir a la calle durante las alarmas de bombardeos porque, con los apagones, las estrellas eran más visibles. Así dibujaba sus mapas estelares.

En 1944, Hisako empezó a observar el Sol con un telescopio que le había regalado su padre.

Cuando tuvo listo su primer dibujo de lo que ella creía que eran manchas solares, se lo envió al profesor Issei Yamamoto, presidente de la sección solar de la Asociación Astronómica Oriental, quien le agradeció su observación y le confirmó que, en efecto, eran manchas solares.

Eso la animó a seguir con sus observaciones. Siguió observando y dibujando con obsesiva precisión el sol y sus manchas durante casi cincuenta años, hasta principios de los 90, aún después de haberse retirado. En total, dejó unos 10.000 dibujos de manchas solares.

Es tan descomunal su trabajo que hoy resulta imprescindible para el estudio de todos los astrónomos del mundo, que han establecido sus dibujos como el canon de la observación solar. Es el trabajo más importante en este campo en los últimos 400 años.

Algunos aventuran afirmar que su trabajo es de una importancia equivalente al de Tycho Brahe, el máximo observador del cielo antes de la invención del telescopio.

Pocos fueron tan obsesivos, consistentes, y rigurosos como Hisako Koyama.
Y no era un robot. Era solo una chica a la que dejaron estudiar. Ni más, ni menos.

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