** El camino hacia esa utopía llamada felicidad está adoquinado por días amargos, dulces, planos, insulsos, grises, brillantes, chicos, grandes, vacíos, profundos, ganados, perdidos… Memorables u olvidables.

Por lo general recordamos una cantidad terapéutica de días felices. Le llamo así a una dosis suficiente para curarnos de esperanza. Las fechas de algunos quedan en los documentos de identidad de nuestra descendencia, otros en fotografías, y más atrás en el tiempo quizás en una buena nota del colegio, nuestra primera bici, o cuando nos regalaron un perrito.

** También hay días que nos traen su propia gran alegría que no necesita sustentarse en fechas. Éstas alegrías quedan como los “me acuerdo de…”, sin mayores precisiones. Los días memorables afloran en la superficie de vez en cuando, generalmente a raíz de estímulos externos, por ejemplo cuando miramos una fotografía o conversamos con amigos de similar edad, con quienes la nostalgia es un buen comodín para evitar el tema inútil de la política, que por lo general deviene en conversación de sordos.

** Esta semana, cuando una vez más sonó el teléfono negro en mi domicilio y nadie lo atendió porque “seguro es una encuesta”, volvió a mi memoria aquella mañana cuando me instalaron el primer teléfono de línea. ¡Qué ganas de contárselo a todo el mundo! El número era de tres cifras y con eso bastaba en la época. El 341, sin código de zona ni nada. Pelado.

** En ese acto me convertía en privilegiado miembro de una cofradía que desde su domicilio podía conectarse con otros contertulios de todo el país, siempre y cuando supiera esperar las horas necesarias para que saliera la comunicación, que se solicitaba a una operadora u operador que la pedía a Paraná, luego Paraná a Buenos Aires y Buenos Aires a Corrientes capital por ejemplo, si ese era el destino de la llamada.

El nombre y número del titular quedaba registrado en una guía a la que tenía acceso todo ciudadano de buena y mala voluntad que deseara auscultar sus páginas.

¿Qué pasa operadora? 

** La llamada podía tardar horas en concretarse y nadie tenía la seguridad de que la persona intermediaria no escuchara la conversación. Complicado para narcotraficantes (palabra que el “progreso” acuñaría décadas más tarde) y cónyuges en situación de trampa.

** Y una década más tarde aquel segundo teléfono negro, en mi casa de familia y a cinco años de haberlo solicitado, marcó otro día feliz. Es el mismo aparato aunque bastante más sofisticado, que hoy se siente ignorado en su amargo destino de inutilidad, sacudido eventualmente cuando llama un robot (se llama IVR – Interactive voice response) para una encuesta en las horas más insólitas y que, igual que hoy, no atenderemos. A las encuestas las responden, por lo general, las personas radicalizadas en materia política, furiosamente interesadas en expresar sus odios contra uno u otro encuestado. Sospecho que lo hacen como catarsis.

** De ahí que estamos empantanados en materia de medición de candidatos a seguir jodiéndonos la vida. Aunque todo cambia en el país, no varían demasiado las mediciones de opinión cuando se pregunta por candidatos probables o por la situación presente. Pasa que las encuestas no se hacen por teléfonos celulares sino sobre un reducido universo de burgueses que aún conservan los viejos teléfonos como una reliquia sobre un mueble de la casa, que solo prestan alguna utilidad sobre los escritorios de oficinas. Teléfonos a cuyo encuentro debemos ir, porque se mantienen ajenos a esta nueva cultura donde todo viene hacia nosotros.

Sucedía apenitas ayer                 

** No tanto tiempo atrás, miles de argentinos se pasaron años esperando recibir un teléfono de línea que nunca obtuvieron. A fines de los 80, solo una de cada tres familias tenía teléfono en casa y los públicos recién llegaban a nuestros pueblos del interior, haciéndonos sentir que finalmente éramos alcanzados por la prodigiosa mano del mundo moderno.

** En 1989 había unas tres millones de líneas en el país, mayormente en oficinas, cantidad que hizo colapsar las comunicaciones de larga distancia.

En relación con cantidad de habitantes y algunos años más adelante, en la década del 90, solo 1 de cada 10 argentinos tenía teléfono fijo. Al finalizar el siglo, ya privatizado el negocio telefónico por decisión de Menem y con la tecnología inalámbrica en pleno desarrollo, 1 de cada 5 pasó a tener un teléfono fijo.

** En la actualidad, nuestro país lidera el ranking sudamericano de los excesos tecnológicos, con unos 62 millones de dispositivos móviles sobre 44 millones de habitantes. Hay casi 1,5 celulares por habitante, esto incluye a cada bebé recién nacido y a cada abuelo de cien o más años. A través de ellos tenemos acceso a todo, al punto de caer en el triste engaño de creer que teniendo un iPhone no necesitamos más nada en este mundo.

Un game para los nietos           

** A menos que tengamos una tía anciana que nos quiera mucho, los teléfonos fijos domiciliarios ya no suenan ni cuando hemos olvidado de pagar la factura. Todos nuestros acreedores nos piden el número del móvil. Hacia ellos llegan no solo los avisos de mora, también el cordial recordatorio de un vencimiento al día siguiente. ¿Habrá titulares de teléfonos fijos menores de 40 años?

** La pregunta viene a colación de las IVR, donde la voz de una señorita nos hace preguntas y vamos marcando números como respuestas. ¿Siguen preguntándoselo siempre a los mismos que conservamos los teléfonos de línea? Además, jubilados de mínima seguro que no son. Una luca mensual por ese servicio les representaría el 8% de su jubilación.

** Le hicimos la pregunta a un encuestador amigo, y si bien nos comentó que últimamente se ha comenzado a llamar a celulares para estudios de mercado, ese sistema está en pañales. Las consultas presenciales (el que te para en la calle para preguntar) implican un altísimo costo, salvo cuando las hacen consultoras de pequeña estructura como la de nuestro amigo, que solo trabajan en zonas o provincia. Desde la CABA llaman a los fijos mediante sistemas, llegando a un universo muy puntual y reducido.

** Ellos tienen sus técnicas para hacer la lectura sobre los cambios que en estas consultas surgen, es cierto. Encuestar es una ciencia compleja y cuenta con especialistas, pero cambien pronto, porque muy pocos adultos se levantan en la casa cuando suena el viejo y amargado teléfono negro. Corren los chicos en edad de aficionarse a los juegos digitales, porque para ellos es un game. Les hacen preguntas y le meten play en cualquier tecla. Por eso todavía aparecen con chances algunos inchanceables.

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