Lo que regalan nuestros adolescentes en los cumpleaños de sus amigos

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Un regalo, presente, una ‘chuchería’, son demostraciones de afecto que hemos aprendido a valorar desde la infancia. Incluso la figura de los padrinos viene atada a ese mercantilismo obligado de no olvidarse de los ahijados, ¡algo le tenés que comprar! y así se va alimentando la vidriera mental de esos peques que, con esos antecedentes, empiezan a elucubrar qué pedir: para el cumpleaños, Navidad, Reyes, y el infaltable Día del niño, o de las infancias más acá en el tiempo.

Sin embargo, algunos de esos ‘nenes/as de antes’ se empiezan a revelar a la clásica forma de regalar a partir de una ingeniosa tendencia que empieza a ganar adeptos entre los adolescentes. Fue hace poco, y casi por accidente, que noté cómo los amigos de mi hija le ponían ojos, nariz y boca a una papa. Lo primero que vino a mi mente fue: ¿Estará teniendo una regresión infantil? No, y si así fuera, ¿todo el grupo la estaba experimentando?, pero lejos de padecerla la tomaban con buen ánimo, y hasta le pusieron pelo con una lana que encontraron por ahí. “¡Quedó buenaso!” dijeron.

— ¿Para qué es eso? Pregunté casi con miedo a una respuesta que me descolocara aún más.

— “Es el regalo para fulanito… ¡y tenemos más! Les van a encantar”.
Bueno, me dije para mis adentros, mientras descartaba que el papá de fulanito fuera verdulero o algún rubro por el estilo.

Para los 14 de mi hija, la incógnita empezó a develarse: reunión típica de adolescentes, música al palo, carcajadas, golosinas, fotos, y de regalo: un paquete de ¡Polenta! Tomá pa’ vo’. Si hubiera sido un kilo de morrón, tal vez podría haber incurrido en otra hipótesis, pero Polenta, era demasiado para mi heurística sabatina. Además, a ella si algo no le gusta es la polenta. “¡Claro papá, por eso me regalan, nos divertimos pensando en un regalo que no tenga que ver con algo típico!” y que si bien tiene un valor de mercado, “el regalo es lograr que el otro al verlo le resulte divertido”.

Así las cosas, de pronto, había una nueva conceptualización de esta forma de valorar a otro en su día. Una razón que daba a entender cuánto importa esa persona en situaciones de grupo, que lo ligan a una comida, una serie, una actitud, acciones que solamente ellos entienden y deben explicar para que no parezcan regresiones a la niñez o despertares tempranos de algún trastorno cognitivo asociado a su cotidianeidad.

“Un regalo tradicional salía ‘x’ pesos; con lo que juntamos fuimos a tal lado, compramos…esto, aquello, y esto otro, vinimos a casa y lo modificamos para que sea especial para esa persona. Por eso nos viste adornando la papa la otra vez”, me aclaró para derribar cualquier duda.

Eso de lindo, bueno y barato se les había hecho teoría, al punto que la valoración de esos regalos mostraba cuánto conocían los gustos de ese cumpleañero/a, sino que además, estaban dispuestos a crear un regalo sobre la base de cosas mínimas, porque la intención es lograr la expresión, la risa, el absurdo convertido en centro de una experiencia.

Recuerdo que mi tía ‘Pancha’ le hizo una muñeca de trapo a mi hija más grande, ella había tenido ya varias decenas de muñecas, pero esa era especial. No solamente la había hecho esa mujer que solía cuidarla ocasionalmente por las noches, sino que la había cocido especialmente para ella, no era un objeto de mercado, estandarizado, seriado, igual a todos, o a algunos cientos de miles, era única e irrepetible.

Se acuerdan cuando sus hijos les hacían dibujos y con las primeras letras les escribían cuánto los querían, ¡bueno, esto es muy similar! No tiene que ver con cuánto cuesta, sino en lo que representa brindarlo al que lo entrega.

Quizás no todo esté perdido, sobre todo cuando los adolescentes (que en definición les falta tal o cual cosa para ser adultos) nos enseñan el real valor de las cosas.

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