Victoria.- Todas las particularidades que hicieron al asesinato de Fernando Báez Sosa están teñidas por el código de la violencia. La violencia ejercida en manada (en este caso por rugbiers). “Y la violencia se utiliza para someter al otro. La violencia marca un arriba y un abajo”, dice la psicóloga Stella Cístola.

Alguien encima, sometiendo, y otro debajo, siendo sometido. Todo esto no es algo lejano. No es algo que pasa ‘allá’ y que es raro ‘acá’. En este sentido, Cístola sostiene: “Esto acá en Victoria se da, no con rugbiers, pero se da. Esa diferencia de poder se da y se puede aplicar, por ejemplo, a la violencia de género”.

Comportamiento de manada

No siempre es fácil salvar al individuo. En general, es más sencillo adoptar una conducta gregaria y formarse en base a los códigos de la manada. Cada manada tiene sus propios códigos. Cada individuo interacciona diferente frente a estos códigos.

“Evidentemente, en este grupo de rugbiers hay rituales y códigos que la manada lleva adelante. «Podemos pegar más, podemos romper más, podemos mostrarnos más», en este caso se trata de un exhibicionismo machista. Todo se fue entramando por una cuestión de pertenencia, de poder, de la elite y de la fuerza”, explica. A este respecto, la psicóloga aclara que el rugby en Victoria no significa lo mismo que, por ejemplo, en Rosario o Buenos Aires, ya que acá se busca la inclusión y fomentan otro tipo de valores.

Pero no se trata solamente de los rugbiers. “Acá también tenemos que pensar como cuestión preocupante la violencia. Hace poco estuve charlando con madres cuyos hijos comienzan a ir por primera vez a los cumpleaños de quince. Me preocupé porque estamos hablando de adolescentes de 14 años que tienen el consumo de alcohol como algo habitual y los padres tienen que contratar en las fiestas seguridad privada por las peleas que se arman”, cuenta.

Llegado a este punto, la psicóloga se detiene para especificar algo. Comenta que el alcohol no hace violenta a una persona, sino que le quita los frenos inhibitorios. Señala esto para mostrar que, si bien el consumo excesivo y a temprana edad de alcohol no es favorable, tampoco sirve fijarlo como último responsable del problema. Está claro, entonces, que el problema es la violencia y los códigos que hacen a su entramado.

El rol de la educación

“Hay que repensar y educar sobre cómo tomarse el éxito, el fracaso, los triunfos y las frustraciones. Debemos formar personalidades con mayor tolerancia a la frustración, con chicos que puedan frustrarse sin caer en consumos problemáticos o acciones violentas porque no se bancan un no. Todo esto es parte de una educación integral, y en esa educación integral hay muchos actores”, dice.

“Yo le preguntaría el entrenador si no le llamaba la atención cómo reaccionaban esos jóvenes frente a las victorias o las derrotas. Le preguntaría, también, qué pasa con las divisiones inferiores del club, qué comportamientos tenían ellos con los más chicos. Seguramente debe haber miles de indicadores, pero no trabajamos sobre la prevención y terminamos actuando sobre la tragedia”, desarrolla.

“Tenemos que tratar de identificar qué violencias vivimos desde lo cotidiano. Una vez identificadas, las tenemos que decodificar e intentar elaborar estrategias para superarlas. No podemos naturalizar la violencia. No tenemos que dejar pasar los problemas que generan los códigos violentos, los excesos, las ausencias y las autoridades debilitadas”, indicó.

Por último, Cístola remarcó: “No olvidemos que la violencia es una ambición de poder. El violento, cualquiera sea, tiene ambición de poder. Un violento quiere someter al otro. En el caso de Fernando, sus asesinos no se frenaron porque el someter no tiene límites y el mayor sometimiento es la muerte”.

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