Por: Guillermo H. Espinosa

La crisis del pensamiento de izquierda en Argentina y en el mundo no es un tema reciente, se ha analizado y escrito bastante, pero es una materia que no se agota, siempre brinda la oportunidad de un nuevo análisis.

La ideología de izquierda no ha encontrado su lugar en el siglo XXI y existen distintos factores que agudizan esta situación.

Pero primero es necesario definir claramente los principales conceptos que enmarcan y diferencian a las ideologías de derecha y de izquierda. Estos conceptos, pueden variar infinitamente en su significado, es decir cualquier persona que se vuelque a analizar estos términos puede elaborar su propia definición y ésta ser tan valedera como la de cualquier otra, sólo basta mantenerse dentro de cierta coherencia argumentativa. Personalmente también he ido construyendo con el tiempo mis propias definiciones, que considero, sintetizan de forma bastante clara esta diferencia.

Ambos términos, antagónicos en su esencia, parten de una raíz básica. Es decir que tanto el pensamiento de izquierda o de derecha se construyen a partir de las diferencias de cómo nos relacionamos con el otro, con el vecino, con el prójimo.

El pensamiento de derecha se relaciona o valora al otro a partir de lo que aporta a la organización social que es el Estado. Cuanto más aporta, para la ideología de derecha, más valorado se es como ciudadano. No sólo aportes económicos, se valoran también aportes sociales, culturales, artísticos, deportivos, espirituales, etc. Pero para aquel que no aporta nada, la ideología de derecha no se guarda ningún recelo y lo considera poco menos que un parásito social.

La ideología de izquierda en cambio se relaciona con el otro a partir de un enfoque pedagógico, didáctico, ilustrativo, esclarecedor. La persona con pensamiento de izquierda es un educador en esencia, busca explicar, aclarar, enseñar al otro, abrir la mente. El pensamiento de izquierda se ha abocado históricamente a dilucidar o desenmascarar la “súper estructura de poder que esconde o disimula la explotación del hombre”. A denunciar la organización jurídico-política que es el Estado como la institución que gestiona el poder por medio de leyes hechas por y para la clase opresora y dominante. A acusar al Estado como una herramienta de dominación. También se ha abocado a desenmascarar el discurso justificador y legitimador de la opresión. Ese discurso ideológico, que es una visión sesgada a la medida de los intereses de la clase dominante, que se expresa en la religión, el arte, la filosofía, la moral y demás formas de la conciencia.

Pero en la actualidad, el pensamiento de izquierda ha abandonado en parte esos planteos marxistas básicos del Materialismo Histórico, para refugiarse como opción para su supervivencia en atender y asumir como propias las reivindicaciones de los distintos “movimientos sociales”, cuyas luchas ecologistas, medioambientales, pacifistas, feministas, estudiantiles, antirracistas, sexuales, de pueblos originarios, etc., distan mucho de la lucha “de clases”, sustrato tradicional de los partidos izquierdistas en su concepción original.

Todos estos temas de los cuales se ocupa actualmente la izquierda, son muy valorados y valorables en todo sentido, pero comete el error de seguir abordándolos desde la misma óptica tradicionalista, y los conflictos o contiendas de que se ocupe, por más variados que sean, siempre terminan teniendo el mismo supuesto común origen, una interminable explicación y una extravagante solución.

También los medios de difusión del conocimiento utilizados en la actualidad a través de por ejemplo las redes sociales, no generan el marco ni el espacio para que el pensamiento de izquierda logre desarrollar sus argumentos, cuando todo es más rápido, más acotado, el pensamiento de izquierda encuentra imposible desarrollar la capacidad de síntesis que se amolde a los nuevos formatos.

Así pues, la izquierda debería redefinir su terreno de juego, de estrategia y reconciliarse con la historia. Fue esa imposibilidad de evolucionar y adaptarse a los cambios sociales la que se llevó por delante a los esclerotizados partidos comunistas. El turno llega ahora a los partidos socialistas, volcados por la fuerza a la irrelevancia política.

En síntesis, el pensamiento de izquierda está en crisis y no hay razón para negarlo, no es la primera vez que esto ocurre ni será la última, tampoco se puede hablar de que esta crisis empuje un resurgir de la derecha, que por su lado tiene también sus propios problemas.

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