(Por Maya Baldoureaux-Fredon, periodista de RFI).- «Flucker es el embajador de las ballenas del Mediterráneo y del trato que se les da», así lo afirma el fotógrafo marino Alexis Rosenfeld, tras fotografiar al rorcual común agonisante en julio. Cuenta que cuando lo vio notó «que estaba muy delgado y cubierto de parásitos que aprovechaban de su debilidad». También vio que «nada con dificultad y respiraba una sola vez por minuto».

Los científicos del Mediterráneo conocen a Fluker desde hace muchos años. Lo han encontrado en el santuario marino de Pelagos, una zona protegida entre Italia, Francia y Mónaco donde viven 1.300 rorcuales comunes según el WWF. Se distinguía por su aleta caudal («fluke» en inglés) amputada. «Perdió parte de su aleta al golpear un barco. Nosotros lo conocimos en 2006 y lo vimos dos veces ese año. Tiene una historia muy singular ya que muchos animales guardan cicatrices de su encuentro con humanos pero un rorcual amputado de esa manera es muy poco frecuente», explica Denis Ody, responsable del programa de cetáceos del WWF en Francia.

Ya no puede alimentarse

Fluker perdió el resto de su aleta caudal en agosto de 2019. «Los veterinarios creen que se enredó en un cable o en una malla abandonada y eso le cortó la circulación», cuenta Ody. «En ese momento pensamos que iba a morir en pocas semanas. Pero por sorpresa lo volvimos en ver en 2020. Desafortunamente, sobrevive con sus reservas propias ya que no puede alimentarse», agrega.

El rorcual común, el segundo animal más grande del mundo después de la ballena azul, usa su cola para poder propulsarse y se alimenta de pequeños camarones llamados krill al filtrar el agua cuando nada.

Se sabe que las principales causas de heridas mortales para estos cetáceos son las colisiones con barcos de pesca y el enredarse en mallas de pesca abandonadas. «El santuario Pelagos es una zona con muchos flujos marítimos. Este tráfico aumenta cada año en un 4% y esto va a volver imposible la convivencia con los animales» alerta Denis Ody.

Entre 10 y 40 rorcuales mueres en accidentes al chocar con navíos en el Pelagos. El WWF propone como solución limitar la velocidad de los barcos en esa zona a 10 nudos, es decir a unos 20 kilómetros por hora. Para eso se necesita un marco jurídico por parte de los gobiernos de Italia y de Francia. «Debe reconocerse el santuario Pelago como una zona marítima vulnerable», explica Ody.

Un solo consuelo

«También promovemos el uso de sistemas anti colisión que permita a los barcos detectar la ubicación de los animales para poder esquivarlos», cuenta. Un instrumento que desarrolla el WFF y otras ONGs de defensa del medio ambiente marino.

Piden también que se organicen campañas de recyclage de mallas de pesca usadas y que se promueva el uso de aquellas fabricadas con materiales biodegradables.

El único consuelo que pueden esperar ahora los defensores de la biodiversidad marina con respecto a Flucker es saber que cuando los cetáceos fallecen, sus cuerpos acaban a más de 1.000 metros de profundidad y ese vestigio deja en el mar un oasis de vida que puede durar más de un siglo.

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