Hablemos de movimiento y motricidad

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Según Meinel (2004) motricidad es: “la totalidad de los procesos y funciones del ser humano, también en la regulación psíquica (se incluye la psicomotricidad) que tiene por consecuencia el movimiento”.

Por consiguiente, la motricidad comprende los procesos neurocibernéticos, así como los contenidos de conciencia y los factores subjetivos, no visibles desde el exterior, pero cuya presencia es imprescindible para que el movimiento sea posible. Por su parte, el movimiento es sólo el aspecto visible de esa totalidad de procesos, su resultante multidimensional.

Es a través de ambos: motricidad y movimiento, que el sujeto intenta adaptarse al medio resolviendo las situaciones que se le presentan. Sólo considerando la relación dialéctica entre ambos conceptos es posible tratar de superar la concepción dualista desde la cual la Educación Física debería centrar su atención en lo visible: el movimiento.

Actualmente se afirma que el movimiento es apenas la punta del iceberg que constituye la motricidad, manifestación de un sujeto como totalidad. La motricidad se puede observar a través de dos tipos de manifestaciones: la conducta motriz y la acción motriz (Parlebas, 2001). La conducta motriz es la manifestación motriz de un sujeto particular; a través de ella se pueden inducir las tres áreas de la conducta: lo intelectual, lo socioafectivo y lo psicomotriz, entendiendo que esta última es la que predomina durante la clase de educación física. En cambio, la acción motriz es la manifestación motriz de un conjunto de personas, sin reparar en cada una en particular, sino rescatando los elementos comunes en la ejecución de todas ellas.

¿Por qué entonces es importante la motricidad? Propongamos como una aproximación que es la base para la creación de conexiones neuronales. Crear espacios que favorezcan la motricidad es una responsabilidad de los padres y los educadores del movimiento.

En ocasiones, por miedo al dolor o a los riesgos del movimiento (sobre todo en adultos mayores) limitamos nuestra motricidad a la casa o a lugares conocidos y habituales. Evitamos que nuestros hijos jueguen en ámbitos riesgosos, por ejemplo, infinidad de veces les impedimos trepar a los árboles de la casa; sin embargo, esas acciones contribuyen a ampliar las conexiones neuronales, o no deteriorarlas, si volvemos al primer ejemplo de sostener la movilidad en lo cotidiano.

Hoy hay niños que no saben cómo lanzar una piedra al agua, porque su motricidad cotidiana no pasa por el movimiento desafiante de intentar esa exterioridad, si de premisas habláramos, remontar barriletes debería ser parte de esa motricidad, que exige correr, mirar el entorno, sostener con cuidado la piola y por qué no, dejarse caer, experimentar el límite del equilibrio. Partimos de un análisis muy teórico para terminar en algo cercano, pero siempre hablamos del mismo tema.

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