Crespo.- Héctor ‘Pelusa’ Oriol es hijo del intendente Félix ‘Negro’ Oriol y empleado por más de 40 años en la Municipalidad. En una amena entrevista con Paralelo 32 desgranó recuerdos de su época de niñez, de la intendencia de su padre, que pasó a la posteridad como un hombre austero, honesto y desprendido, a la hora de ayudar al prójimo. El entrevistado recordó que su “nunca tuvo nada porque si le pedían algo, él lo daba. Ambición material: cero. Cuando estuvo de intendente había créditos hipotecarios y le decían que los usara para hacerse una casa, no quiso para que ‘no hablaran al pedo’, decía. Nunca tuvo casa. Después, cuando venía alguien a pedirle un mango, se lo daba. Mi padre era muy suelto de mano”.

De Cataluña a Crespo

–  ¿De dónde es originario el apellido Oriol?

— Creo que es catalán. Según mis tíos, mi bisabuelo que no recuerdo cómo se llamaba, llegó en barco. Se casó con una chilena y se vino a la Argentina. Tuvo varios hijos, mis tíos abuelos, a  uno lo conocí. Me decía mi abuelo, Juan Oriol, que uno de sus hermanos fue gerente de ‘La Franco Inglesa’, la farmacia más grande de Buenos Aires en su tiempo. No hay muchos Oriol, un día se me dio por mirar la guía telefónica de Buenos Aires y creo que eran cinco. Llamé a uno, para ver, le pregunté a una mujer que me atendió y me dijo que ellos eran Oriol uruguayos. Quedó ahí en esa conversación y nunca más investigué.

–  ¿Tenía otros familiares?

—  Al hermano de mi abuelo lo conocí porque habíamos ido a Buenos Aires a buscar el cajón de un tío que había fallecido hacía cinco años y habían avisado que se debía sacar el cadáver del cementerio porque lo iban a incinerar o a una fosa común. Papá, que justo era el intendente, nos mandó a buscar el cadáver con una camioneta Baqueano que le había comprado el gobernador Uranga. Le había comprado también un acoplado para recoger basura y un tractor 411. Fuimos con mi abuelo y con Florián Waigel, casado con mi tía, padre de la doctora Gloria Waigel. Florián habló con el encargado del cementerio; primero le dijo que no se podía trasladar el cadáver si no era con coche fúnebre. Al final, le dijo ‘mire, como somos del mismo partido (radicales intransigentes que luego serían el MID, N. de R.), se los dejo llevar’. Había que identificar el cajón y mi abuelo dijo que tenía unas marcas en las manijas hechas con agujereadoras. Entramos a una pieza donde había como seis u ocho cajones y encontramos el cajón con esas marcas y lo trajimos.

–  ¿Cómo se dedicaron a la música Ud. y su hermana?

—  Ella aprendió guitarra y enseñaba. Yo no sabía música. Yo hice ‘un poco de ruido’ con la batería y las tumbadoras con Osvaldo Chiappesoni. No estudié música. En esa época no había buenos equipos de música y sonido. Osvaldo consiguió un buen equipo gracias a Gasparín, músico muy conocido de esas épocas, años sesenta. Fue a comprar a los Decoud. Conocí también la suerte de conocer a los hermanos Anconetani, que hacían acordeones. El hermano más chico tocaba la batería pero no sabía tocar el acordeón, a pesar de que hacían los mejores acordeones. Fuimos a Buenos Aires porque se nos había roto un equipo. Eran como los años 65 o 66. Fuimos con Decoud, nos arreglaron el equipo, pero no teníamos micrófonos. Nos preguntaron si teníamos micrófonos y les dijimos que eran muy caros. Nos dieron un micrófono Shure, el mejor, hasta ahora imbatible. Nos dijeron que por ser amigos de Gasparín ‘llévenlo y me lo pagan como puedan, si son amigos de Gasparín, no hay problemas’.

Oriol intendente

–  ¿Cómo llegó su padre a la intendencia?

—  Se dio cuando se hizo la separación en el radicalismo entre Frondizi y Balbín. Apareció el MID, Movimiento de Integración y Desarrollo, frondizista (Primero fue la Unión Cívica Radical Intransigente, UCRI, el nombre cambió a MID más adelante, N. de R.) Cuando fue Raúl Uranga de gobernador por los desarrollistas. Hoy estamos tapados en noticias de corrupción. Uranga fue otro tipo. Durante la campaña, Uranga vino a Crespo y paró en casa de papá. El Diario de Paraná, que era radical, llegaba al mercadito de papá, que estaba donde hoy es Musimundo. No iba al kiosko de Miranda, que era peronista y no vendía El Diario.

–  ¡¿Eso era una grieta?!

—  Sí, pero hay algo gracioso. Llegaba El Diario con 4 o 5 ejemplares al mercadito de mi viejo. Pero él venderlos, cero. Los regalaba. Le caían clientes pidiendo ‘prestame El Diario, negro’. Y se lo daba. Venían Pedro Berg, Molinero del juzgado, el ‘zorro’ Valenzuela. Venían a ojear y leer El Diario en la verdulería. Ellos eran radicales. Mi papá ganó la elección de 1958 cuando Perón mandó a votar a Frondizi. No había viceintendente en ese momento.

La campaña electoral

–  ¿Se acuerda cómo hizo la campaña?

—  Uranga vino, llegó y a la noche iba a hacer un mitin político. Se hizo un acto frente a la biblioteca que estaba en la esquina de Belgrano y San Martín. Le pusieron un palquito desde la Municipalidad y habló. ¡Don Raúl tenía una verborragia! Podría haber levantado a los muertos. Era un tipo de mucha facilidad de palabra, muy convencedor y muy honesto.

–  ¿Cuánta gente podía juntar en un acto político?

—  Pocas personas, unas 50 o cien. A la noche mi mamá me dijo ‘vos vas a dormir en el suelo, porque le vamos a dar tu cama a don Raúl’. Porque don Raúl no tenía ni para pagar un hotel. El que le hacía un afiche de campaña o un volante, es porque era un amigo y le pagaba la impresión. Él no tenía nada, lo que tenía puesto. A la mañana se tomó una pava de mate amargo y se pusieron a conversar. Después se fue. Ese día lo llevaron a la casa de otro correliginario en Seguí, ‘Goyo’ Battisti, que era del partido también. Se quedaba en la casa y seguramente después lo llevaron a Viale. Así hizo la campaña.

–  ¿Iba acompañado por más gente?

—  No, viajaba solo. Porque iba a casa de los amigos, vehículo no tenía. Era abogado y se dedicaba a la política. Se manejaba de esa manera, con honestidad, no como ahora que les pagan las campañas.

–  ¿Y su padre qué patrimonio tenía?

—  El mercadito, nada más. La casa donde vivíamos era alquilada, en Avenida Belgrano casi San Martín. En mi casa siempre había gente. Por ahí aparecía el ‘gringo’ Aguilar, que también era del partido radical.

Trabajador municipal

–  ¿Ud. donde trabajó?

—  Estoy jubilado y fui municipal. Entré en 1960 cuando estaba mi viejo en la intendencia. Pero no entré por él, que no quería que se hablara que había ‘acomodado’ un hijo. Pero fueron Popp y Silvano Márquez, que era secretario, los que le insistieron que me pusiera como contratado quincenal. Al cabo de un año pasaba a efectivo. Con Florencio Mernez en la misma fecha nos nombraron efectivos en 1961. Éramos como 30 y pico de personas, no había nada en la Municipalidad, plata tampoco había porque no existían ingresos como hay ahora.

–  ¿Qué actividades hacían los municipales?

—  Se arreglaban las calles porque había una motoniveladora que había sido comprada en el gobierno de facto de Rosso. Había un tractor y mi viejo llevó un camioncito Ford A que tenía para transportar cosas. Había un camión atmosférico. Por eso, cuando hicieron una compra en la provincia, Uranga le dio a mi viejo un Baqueano, un Tractor 411 nuevo y un acoplado para recolectar los residuos. Antes se hacía con dos charrés con caballos la recolección. Hasta que llegó ese tractor 0 ky el acoplado. ¡Pasamos al frente!

–  Mucho más no se hacía: residuos y arreglo de calles.

—  Y yo saqué todos los ligustros que había en la plaza Sarmiento. Se hizo la vereda en la plaza con diagonales y el busto de Sarmiento al medio.

–  ¿Había muchas posibilidades de hacer cosas?

—  Sobre el municipio, no viví la parte contable de adentro, pero desde afuera se pueden decir muchas cosas. Ahora, cuando vos entrás tenés que documentar todo. Tenés leyes, decretos y ordenanzas que cumplir, no te podés desviar. Pasó con otra administración, que fuimos hasta Mendoza para comprar una maquinaria en remate. Y cuando volvimos del Tribunal de Cuentas de la Provincia les dijeron que habían cometido una falta muy grave, una municipalidad no podía comprar en remate. Todos tienen solución para todo, pero si uno va a la Municipalidad debe ajustarse a la ley y tener en cuenta las consecuencias.

Recuerdo de Héctor Seri

–  Su padre terminó la intendencia con un golpe de Estado en 1962, que bajó los gobiernos del presidente Arturo Frondizi y el gobernador Raúl Uranga. ¿Se acuerda como fue esa situación para su padre?

—  No tengo la situación en la memoria. Lo que sí recuerdo es que cuando lo sacaron, quedó el camioncito de mi padre en la Municipalidad. Cuando cambió el gobierno, le retuvieron el camión un par de semanas; tuvo que buscar un abogado y mostrar papeles, hasta que pudo rescatarlo. Él lo usaba para traer de Paraná sus verduras y cosas para la verdulería; lo hicieron transpirar hasta que se lo dieron. Yo me fui al servicio militar cuando el golpe de Estado. Al ser empleado efectivo me podían esperar un año; en ese lapso estuvo Héctor Seri al frente de la intendencia. Hubo nuevas elecciones en 1963 y ganó Ignacio Gottig, el ‘flaco’. Él le avisó a mi padre que me diga que vuelva a trabajar en la Municipalidad. Cuando fui a verlo me dijo: ‘Mañana podés volver, tenés tu puesto’. Yo ya había hecho la colimba en Crespo. Después, cuando entró don Héctor Seri, en 1983, me llamó un día porque quería hablar conmigo. Se acordó que en el 62 cuando estaba en la colimba, me quiso echar. ‘Yo te pido disculpas por aquellas discusiones’, me dijo. Habían pasado 20 años. Yo le dije: ‘No se preocupe, don Héctor; yo no guardo rencor a nadie; no es mi personalidad’, le dije. Y de ahí nos hicimos muy amigos. Cuando Héctor entraba a la Municipalidad, si no saludaba ‘¡dale lao!’, porque venía muy enojado con algo. Una vez mandó una suspensión de treinta días a dos o tres empleados ‘haciendo tiempo’ en una oficina. Después le pidieron que les rebaje la suspensión y la bajó a 15 días. Lo que tenía Héctor es que era muy arrebatado. Cuando algo veía mal, enseguida ‘ensillaba el picaso’ y se ponía a discutir. Pero, capaz que a los dos o tres días, razonaba, pensaba y cambiaba de parecer.

–  De arrebatado, una vez ordenó replantar con hormigón un árbol seco que alguien había sacado de la vía pública. (risas) Ordenó usar hormigón para que no lo sacaran más.

—  (risas) Es cierto. Se había comprado una máquina para triturar adoquines, usada pero buena. Don Héctor se había enamorado de la máquina; ordenó que le guardaran esa máquina en el galpón. Cuando se acordaba, protestaba: ¡¿Dónde está la máquina, dónde está trabajando?! Me la tapan de noche’. Estaba enloquecido con esas máquinas. Tenía esos ‘arranques’, pero después razonaba.

Mosaicos para la plaza

–  Su padre tenía una fábrica de mosaicos. Hizo una obra indispensable con la vereda alrededor de la plaza. Le ‘pegaron’ diciendo que los mosaicos los había vendido él. Pero esas cosas no prendían en el pueblo porque se sabía que no se hizo rico con esa vereda.

—  El tipo que hizo las baldosas era Minini, de Diamante. Lo que hacía mi padre no alcanzaban para la vereda. Los mosaicos fueron de Minini en la obra. Los colocó Ángel Stekar y la obra fue por licitación.

–  Se hacían a mano los mosaicos y se necesitaban muchos para las veredas de la plaza.

—  Entraban en una hilera cinco mosaicos por metro; la vereda eran cuatro cuadras de dos metros de ancho. Eran miles de mosaicos. Se hacía un mosaico a la vez. Para hacer un mosaico se necesitaba un molde de hierro, se le pasaba un paño con kerosen y aceite de lino, se espolvoreaba con portland seco; se echaba una mezcla húmeda, se le ponía la tapa arriba y se presionaba con una prensa grande. Después se sacaban del molde, se ponían los mosaicos de canto, se esperaba 24 horas, luego se ponían en una batea con agua otras 24 horas y al otro día se sacaba y estaba listo el mosaico. Eran como tres días para hacer un mosaico. Así se hicieron las cosas.

–  ¿Qué dependencias tenía la Municipalidad cuando estuvo su padre?

—  El viejo edificio en calle 25 de Mayo y nada más. Era una casa de familia y atrás estaba el corralón para las maquinarias. Con esa Municipalidad entré. Después se hicieron un montón de cosas más: el Centro Comunitario, el obrador de Barrio San José, el vivero. Muchas dependencias. El intendente que siempre destaco porque creo que fue el que más hizo fue don Antonio Seimandi. Él hizo todas las obras de Crespo: el Hogar de Ancianos, el edificio municipal que reemplazo la vieja casa, el asfalto de las calles.

El camión atmosférico

–  ¿Qué obras quedaron de la etapa de su padre?

—  No recuerdo otras obras. Pero se compró otro camión, viejo, para hacer un regador más grande en las calles de tierra. Había un Ford A con un tacho de dos mil litros para regar. Le mandábamos el escape al tanque para hacer presión y que saliera un chorro de cuneta a cuneta. Era el sistema que teníamos. ¡Qué presión tenía! Cuando vino el otro camión, ya se puso una bomba de presión como debía ser.

–  Como no había cloacas tenían un camión atmosférico

—  El camioncito tenía una bomba a mano; me tocó muchísimo bombear a mano para sacar aguas servidas de los pozos negros. Con eso podíamos hacer cuatro, hasta ocho viajes por día. Pero Crespo se iba extendiendo. Hablamos con don Federico Diel, que nos dijo que había una bomba mecánica con un motor. La pusimos en el Ford A que se dejó de usar como regador para pasar a atmosférico. Con eso, más o menos, podíamos cumplir el servicio un poco mejor. Pero cuando se rompía esa bomba, debíamos volver a la bomba a mano. El problema era bombear a mano cuando se debía tirar cincuenta metros de manguera para llegar a un pozo al fondo de un terreno.

Quien es

Héctor Fernando ‘Pelusa’ Oriol nació el 22 de noviembre de 1941, está por cumplir 77 años, es jubilado y trabajó como mecánico en la Municipalidad de Crespo desde comienzos de los sesenta hasta la década pasada. Se casó con Catalina Jacob y tuvieron dos hijos, Gabriel y Marcela, y tres nietos. Es hijo de Félix ‘el Negro’ Oriol, quien fue intendente de Crespo entre 1958 y 1962, falleció en 1982. Su madre era Emilia Mayer y tiene una hermana.

Sacks, el constructor de automóviles

‘Pelusa’ Oriol conoció de chico a Eleuterio Sacks, quien fue un famoso armador de vehículos originales, a partir de ensamblar chasis, motores y moldear las chapas. El entrevistado comentó: “Hay una fama sobre Eleuterio Sacks en automovilismo, que aparentemente había hecho cosas que no hizo nadie. La historia de los automóviles que armó es anterior a los años sesenta, porque yo habré tenido 14 o 15 años. Eleuterio armaba todo: compraba el chasis, el diferencial, la caja de cambios, el motor. Iba a Buenos Aires y los buscaba de Warnes. Por ejemplo, compraba el chasis de un Chevrolet 38 o 40, lo armaba y después hacía la carrocería sobre ese chasis con el motor y lo demás. Le moldeaba las puertas y el capó. Era un chapista excepcional. Tenía una prensa. Con su habilidad y con un martillo moldeaba las chapas. Recuerdo que tenía un catálogo de Estados Unidos con cuatro o cinco hojas en colores, donde había imágenes de autos Ford, por ejemplo, con cuatro o cinco modelos distintos. De ahí sacaba modelos para copiar. Yo vi que tenía una matriz para la moldura de la puerta. No era tan difícil hacerlo porque los modelos eran rectos, en ángulo. Lo que más difícil parecía ser era curvar el capó y el techo. El hacía todo el tapizado de los asientos; también hacía las instalaciones eléctricas y demás. Porque era sumamente inteligente. También reparaba motores.

–  ¿Circularon muchos autos hechos por él?

— Calculo que hizo unos tres o cuatro, seguro. Quizás, una o dos camionetas. Alcancé a ver una camioneta que hizo para un estanciero de Nogoyá. El hermano de Eleuterio vivìa a media cuadra, Bonifacio, tenía un galpón. Eleuterio trabajaba solo y tenía un ayudante, Pubi Berns. Hizo dos camionetas Skoda con diferencial articulado.

A continuación, Oriol agregó: “Todo esto fue antes del sesenta; después se fueron al Frigorífico Santa Elena. Lo llamaron a Sacks para hacer el mantenimiento de las maquinarias. Lo visitamos unos años más tarde con don Oscar Goette, que era secretario municipal, cuando estaba don Antonio Seimandi de intendente. Fuimos a un vivero a buscar arbolitos para el lado de Guayquiraró. A la vuelta pasamos por Santa Elena para charlar con Eleuterio, que también era radioaficionado. Ya tenía un negocio de venta de repuestos y los hijos se instalaron con un taller mecánico. Los hijos Micky y Carlos trabajaban en el taller. De Micky recuerdo que fue telegrafista en el correo. Eleuterio también armó un televisor. Estábamos un sábado a la tarde escuchando un audio de Canal 7 cuando empezó. Eran las voces de Guillermo Brizuela Méndez y Pinky (famosos animadores de la época, N. de R.). Sacks decía que el sonido era más difícil de captar que la imagen. Así armó un televisor. Había revistas como mecánica Popular, Hobby, Radiopráctica, que traían cosas muy prácticas como hacer un armario o tapizar un sillón. De esas revistas sacó los datos para hacer el televisor. Fue a Buenos Aires y se trajo tubos, lámparas y los demás componentes y se armó el aparato”.

Recuerdos

+ “Por aquellos años cincuenta el que trajo el primer televisor fue don Simón Gurovich. Lo ponía en la vitrina de su comercio, en la esquina de San Martín y Belgrano. Nos parábamos en la esquina desde afuera a mirar. Si algún gurí hacía mucho ruido o molestaba, le bajaba la persiana y se acababa la diversión de ver la televisión. Para vender, después, el que trajo los primeros televisores fue Francisconi”.

+ “Pompeo Dorato daba cine antes de construir el salón, que ahora ocupa Mueblería Fontana en calle San Martín. Ponía una pantalla de lona mirando hacia la vereda. Mucha gente no pagaba entrada y se quedaba en la vereda. Yo era chico y con algunos mirábamos de afuera, porque se veía la película reflejada en la pantalla, pero con imagen invertida, de derecha a izquierda. Era un espacio abierto, después Dorato hizo el salón. Después del cine se hacía baile, era lo más normal”.

+ “Habían mandado desde la Municipalidad el atmosférico a Viale, que no tenía camioncito atmosférico. Le limpiaron el pozo a un hotel. Cuando terminaron y se fueron la gente les hacía señas y parecía que los saludaban. ‘Qué gente buena, todos nos saludan’, se dijeron los municipales que fueron, Jacinto Udrizar y otro empleado. Cuando llegaron a Crespo vieron que habían enredado la soga de la ropa y arrastraron todo el camino las sábanas del hotel. Ellos no se dieron cuenta. Creían que la gente los saludaba, pero era que les hacían señas por la soga que iban arrastrando”.

+ “En mi juventud había algunas pocas fuentes de trabajo. Una era FAGA, Fábrica Argentina de Galvanizados y Anexos, que hacía baldes galvanizados, de Víctor y Federico Diel. Estaba en la esquina de Belgrano y Sagemüller. Ahí trabajaba mucha gente”.

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