Por Rodolfo Barra (23 de octubre 2020).- Pasaron muchas décadas desde que Raúl Prebisch denunciara el fenómeno del “deterioro de los términos del intercambio”, sintetizando así una grave falla del mercado: los países productores de materias primas debían entregar cada vez más bienes a los países manufactureros para la obtención de la misma cantidad de productos industriales. Esta forma de desigualdad entre los pueblos, con fuerza expansiva sobre la desigualdad de las personas, mezclada con resabios imperialistas, fue también desenmascarada por Paulo VI en la encíclica Populorum progressio (“Sobre el progreso de los pueblos”), clamando por la reversión de ese sistema relaciones internacionales en el que “Los pueblos pobres permanecen siempre pobres y los ricos se hacen cada vez más ricos” (Pp, nº57). Tampoco en el ámbito internacional el “derrame” que ilusionó a Adam Smith fue suficiente.

La situación no ha variado sustancialmente, a pesar del tiempo transcurrido. Pero no siempre el “deterioro” se hace sentir en el intercambio, sino en el “buen gobierno” de las naciones pobres. Es que el “deterioro de los términos del intercambio” no es un proceso constante. El barril de petróleo a casi 150 dólares y la tonelada de soja a más de 600 unidades de la misma moneda durante la primera década de este siglo, significó un gran beneficio para los países exportadores de commodities, en muchos casos lamentablemente desaprovechados por políticas demagógicas y de “populismo asistencialista”, muy especialmente en nuestros países latinoamericanos.

Aquellos tiempos de bonanza nos dieron la La posibilidad de elegir entre la pobreza y la prosperidad, como tituló Vargas Llosa a su aguda reflexión publicada en La Nación del 28 de septiembre pasado. La gran corrupción, destaca el autor, es una de las causas del fracaso de muchas naciones. También, podemos agregar, el “gramsciano” dominio mediático y académico ejercido por una izquierda llamada “progresista”, que ha logrado estigmatizar cualquier alternativa de gobierno que no sea la populista, con especial incidencia sobre los países cultural y políticamente más débiles. Hoy la condena por “políticamente incorrecto” la sufre el término “neoliberalismo”: basta acusar a un pensador, dirigente o gobierno de “neoliberal” (sin importar cuanto podría discutirse tal encasillamiento) para someterlo al escarnio y al ostracismo cultural. La cuestión es que, entre la pobreza y la prosperidad, hemos elegido la pobreza.

¿Cómo explicar un comportamiento tan necio, casi suicida? Las tendencias y acontecimientos sociales (lo mismo que los individuales) difícilmente puedan explicarse en razón de una sola causa. Aun así, parecería que el populismo, que podemos denominar “asistencialista”, por su principal metodología, o “latinoamericano”, por su ubicación geográfica, carga con una grave responsabilidad en lo que hace a la necia elección.

Es difícil definir al “populismo”. Lo cierto es que existe un populismo tipo europeo, o “norteño”, predominantemente de “derecha”, y otro, más de calor latino, de “izquierda”. Podemos arriesgarnos a señalar, con trazo grueso, las notas que más los identifican. El primero se caracteriza por la inflamación de bajas pasiones, inconscientes xenofobias y racismos y egoísmos sociales (de civilizaciones que legal y anualmente matan a centenares de miles de niños por nacer no es posible pretender acogedora solidaridad con los inmigrantes, siendo la inversa también válida). El segundo, el latinoamericano, en el empleo de fórmulas “aggiornadas” del viejo “pan y circo” (claro, que sin siquiera fuerza para proteger la subsistencia de la Nación, como en cambio pretendian los emperadores romanos, aunque allí también el populismo llevó al desastre).

La cuestión del populismo, que es también fuente de inequidad social, ha sido especial motivo de análisis en la tercera encíclica de Francisco, Fratelli tutti (“Todos hermanos”, Ft), destinada seguramente a ser una piedra angular de la Doctrina Social de la Iglesia. Intentemos un rápido resumen comentado del mensaje pontificio.

Las políticas populistas, sean de izquierda o de derecha, reflejan una actitud de desprecio hacia los más débiles (F.t., 155) y una degradación del concepto de Pueblo, y junto con ella de la misma democracia (F.t., 157).

No es fácil definir la noción de pueblo. Esta expresa un conjunto superador de la suma de sus componentes (F.t., 157) unidos por lazos culturales, históricos, religiosos, y también por un “proyecto común” (F.t., 157 y 158) generalmente, podemos agregar, formando parte de un mismo ordenamiento jurídico y por tanto bajo la conducción de una autoridad también común. Desde esta perspectiva, Pueblo y Nación comparten la misma naturaleza.

El Pueblo no es una realidad superadora de la persona. Por el contrario, si bien la persona se realiza plenamente en su Pueblo, éste, como toda otra creación humana, existe, se realiza en la historia, para ayudar al propio bien personal. Es que el bien del Pueblo es el Bien Común y el Bien Común es para y por el bien de todas y cada una de las personas que componen el Pueblo (también los inmigrantes, residentes ocasionales, y otras categorías con o sin vocación de integrarse en el Pueblo, pero aportantes al Bien Común, por su trabajo y por su propia diversidad). Lo popular es lo hecho en bien del Pueblo y por tanto la vocación popular –para el bien del Pueblo- debe ser la clave de todo sistema económico, amén de ser su “anclaje” en la realidad.

El populismo es a lo popular lo que la demagogia es a la democracia, es decir, su versión degenerada y degradada. El Papa Francisco, en Ft, 159 a 161, ha identificado a esta perversión con párrafos más que esclarecedores. El líder popular no tiene porqué ser populista. Este, a diferencia del primero, transforma lo popular en “insano populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder” (159). Tal problema se agrava cuando la popularidad, así degenerada, se funda en la alimentación de vicios culturales graves, como el racismo, el nacionalismo cerrado (podríamos decir “nacionalismo de capilla”, en lugar de “nacionalismo de catedral”) la persecución de los más débiles como forma de generar en la “clientela” una falsa sensación de fortaleza que oculta o disfraza la propia debilidad generada, a la vez, por el mismo populismo (cfr. F.t., 159), en un continuo círculo vicioso.

El pensador francés Rosanvallon -«El siglo del populismo»- desarrolla una suerte de modelo o “anatomía” del populismo, que disecciona en cinco elementos constitutivos: “una concepción del pueblo, una teoría de la democracia, una modalidad de la representación, una política y una filosofía de la economía y un régimen de pasiones y emociones”. La primera exige la construcción de “grietas” entre “ellos” y “nosotros” (“ellos” pueden ser los de derecha o los de izquierda, los inmigrantes, los de la raza tal o cual, etc.). La concepción de la democracia, siempre según Rosanvallon, se apoya en tres elementos, la preferencia por la democracia directa (p.ej.,»la sacralización del referéndum»), “una visión polarizada e hiperelectoralista de la soberanía del pueblo que rechaza los cuerpos intermedios y se propone domesticar a las instituciones de carácter no electoral (como los tribunales constitucionales y las autoridades independientes)…”. La “concepción populista de la representación se vincula a la preeminencia otorgada a la figura de un ‘hombre-pueblo’”, en una suerte de encarnación todopoderosa. En el aspecto económico se destaca el «nacional-proteccionismo. Por último, la “cultura populista” se asienta sobre una exacerbación de las emociones y pasiones en general irracionales, como el “complotismo”, el “expulsionismo”, en las distintas variantes racistas y xenófobas.

Precisamente el populismo necesita, no de un Pueblo que se exprese y sea a la vez conducido hacia el Bien Común por sus dirigentes democráticamente elegidos, sino de una “clientela”, es decir de un grupo dependiente, sea del fanatismo como de la dádiva, o de ambos a la vez.

Sostiene Francisco el nº161 de la F.t.: «Otra expresión de la degradación de un liderazgo popular es el inmediatismo. Se responde a exigencias populares en orden a garantizarse votos o aprobación, pero sin avanzar en una tarea ardua y constante que genere a las personas los recursos para su propio desarrollo, para que puedan sostener su vida con su esfuerzo y su creatividad. En esta línea dije claramente que ‘estoy lejos de proponer un populismo irresponsable’. Por una parte, la superación de la inequidad supone el desarrollo económico, aprovechando las posibilidades de cada región y asegurando así una equidad sustentable. Por otra parte, “los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras»” (con citas de Evangelii gaudium, 1105-1106). El mero asistencialismo sin desarrollo económico sustentable es causa de atraso social y envilecimiento personal.

Es que “no existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo”, clama Francisco en F.t., 162.

La pobreza populista y la pobreza liberal-capitalista se tocan en sus extremos.

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