Elon Musk confirma que las redes sociales son los nuevos medios masivos en manos de los nuevos multimillonarios

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Por Mauricio Cabrera.- Si antes nos quejábamos del poder que alcanzaban los medios masivos en cada país, a los que solíamos señalar en Latinoamérica como monopolios y como armas del propio sistema, ahora hemos de preguntarnos qué son las redes sociales.

Lo digo porque para mí es cada vez más claro que Facebook, Twitter e Instagram son para Elon Musk y Mark Zuckerberg lo que para los grandes magnates habían sido los grandes medios de comunicación tradicionales.

A través de las redes sociales, y aunque en este caso ocurra amparados por la producción de terceros, el mundo acude a una selección algorítmica diseñada para satisfacer las agendas de empresas que lo mismo pueden perseguir estrategias corporativas que atender agendas personales.

Lo que se ve en las redes sociales es tan plural como que cualquiera tiene la capacidad de publicar contenido enmarcado en ciertos códigos de comportamiento.

Y hasta ahí la premisa parece más sana que la de los medios de siempre teniendo la exclusividad para decidir qué funciona y qué no.

Pero en la práctica la imposición de una agenda determinada en medios tradicionales a partir de la exclusión de contenidos ajenos a esas prioridades y propósitos no es tan distante a la distinción que desde el algoritmo mismo se puede hacer para que el contenido que se vea en las redes sociales sea el que representa lo que esa plataforma desea.

En una entrevista de Alex Montiel, influencer mexicano que encarna al Escorpión Dorado, con Roberto Martínez, host de Creativo, ambos hablaban sobre la capacidad que tienen las plataformas de acelerar el crecimiento de un creador a partir de sus propias prioridades más que del verdadero impacto que las publicaciones que éste tuviera ante una audiencia determinada.

En las redes se hace viral aquello que a las propias redes les interesa, ya sea como lavado de cara reputacional o como negocio.

Muchos de los creadores que hoy consideramos exitosos en plataformas como Tik Tok o YouTube, en realidad no tuvieron tanto talento como buen timing para ponerse a crear el contenido que la plataforma quería para cuales fuera que fuesen sus intenciones.

No es que en algún punto muchos tiktokers optaran por dar las noticias en la plataforma, sino que desde el propio Tik Tok se decidió que para sacudirse esa imagen que simplificaba su poder iba a empujar a unos cuantos a estar ahí.

La chispa de crecimiento puede encenderse sin la venía algorítmica, pero que esa inercia se consolide sí está relacionado a que encaje con lo que los intereses de negocio empaquetados en forma de dictadura algorítmica terminen demandando.

A las redes sociales, como a los medios en su generalidad, se les puede señalar de poner por encima el negocio antes que el interés y bienestar de la audiencia.

Aunque Tik Tok se encuentra en fase de desarrollo de sus distintas fuentes de monetización, a todos queda claro lo que una red con millones de usuarios registrados puede hacer con tal de hacer negocio.

Como Facebook cuando optó por volver al funcionamiento habitual pese a haberse demostrado que tenía forma de reducir la proliferación de las teorías de conspiración tras la derrota electoral de Donald Trump.

O como Twitter que pudiendo silenciar todos aquellos trending topics que llaman a la cancelación, incluso incluyendo términos ofensivos, alienta la participación masiva para que sus usuarios sigan enganchados a la plataforma.

Las redes, a diferencia de los medios, tienen un alcance global y multigeneracional.

Son armas de viralización e influencia masiva que representan un poder deseable para cualquiera.

Mark Zuckerberg lo fue descubriendo en el camino.

Igual que Jack Dorsey o Evan Williams.

Pero todos ellos cuando menos tuvieron el mérito de haber creado estos monstruos tecnológicos con la capacidad de permear en la opinión pública a grado tal que cuentan con la capacidad de establecer prioridades sociales.

Elon Musk, en cambio, no ha tenido más que comprar uno de los juguetes más extraordinarios de promoción con los que se puede contar hoy en día.

Hasta antes de tener el 9.1% de Twitter, Elon ya movía las acciones de empresas y el valor de criptomonedas con un solo tuit.

Donald Trump cometió el error de haber sido sólo un usuario más de la plataforma, aunque fuera como presidente de Estados Unidos.

Elon, en vez de exponerse a esa fragilidad que acabó con el poder público de Trump en digital, ha decidido convertirse en el accionista con mayor porcentaje accionario de Twitter.

Con 9.1% de las acciones. con valor cercano a los 2 mil 900 millones de dólares, supera con creces el 2.25% de las acciones de Jack Dorsey.

Pero ese no es el factor clave, dado que comulgan en intereses y dado que en su momento Musk publicara este meme mostrando al nuevo CEO de Twitter, Parag Agrawal tirando por la borda a Jack Dorsey.

El verdadero juego de poder pasa por el modo en que Elon representa un nuevo golpe hegemónico en el tablero frente a Elliott Management, el grupo que ha invertido mil 200 millones de dólares en acciones de Twitter y que a su llegada apurara la salida de Dorsey al cuestionarle su mayor involucramiento en Square y la falta de resultados financieros.

Elon no es solo afín a Jack Dorsey, sino también un defensor del libre discurso.

Como lo hizo al cuestionar la suspensión definitiva del perfil de Donald Trump cuando éste se negaba a reconocer su derrota en la elección presidencial frente a Joe Biden.

Ese mismo discurso, unos días antes de que todos recibiéramos la noticia de su llegada como el mayor accionista en Twitter, conformó la encuesta con la que dejó ver su interés por invertir o crear una nueva red social.

Preguntó a sus más de 80 millones de seguidores si consideraban que Twitter estaba adhiriéndose de forma rigurosa al principio de libre discurso.

Un 70% dijo que no, la respuesta que Musk estaba buscando.

Elon Musk, como Donald Trump en su momento pero el primero mejor colocado como visionario y profeta de nuevas generaciones, entiende que con Twitter ha adquirido una herramienta propagandística, un motor político que podría incluso significar una nueva oportunidad para Trump en caso de empujar que su perfil fuera reactivado y un aparador para seguir jugando con los mercados financieros.

El anuncio de su llegada ya representó un 26% de incremento en el valor de las acciones de Twitter.

Apenas llegó, Elon ya es miembro del board, él mismo se encargó de asegurar que estará muy activo y que impulsará los cambios que considere pertinentes.

Desde su segundo tuit del día en que el mundo supo su nueva jugada, Musk se ha mostrado más que abierto a jugar con el nuevo poder que tiene, como lo muestra la aparentemente inocente encuesta sobre la conveniencia o no de tener un botón para editar un tuit que más tarde coincidiría con el propio Twitter oficializando que está haciendo pruebas, pero aclarando que nada tuvo que ver la encuesta de Elon.

Twitter en manos de Musk es como cualquier medio de comunicación en manos de cualquier magnate.

O incluso peor.

Porque a los magnates de los medios no se les idolatra tanto como a Elon Musk.

Emilio Azcárraga no tiene 80 millones de seguidores detrás dispuestos a comerse el mensaje que sea de Musk.

Jeff Bezos, aunque multimillonario, no goza de la misma aprobación que Elon Musk.

Y a estas alturas queda claro que el Washington Post, con todo y Amazon detrás, no es equivalente a Twitter.

Musk se ha hecho de una red social sobrevalorada en alcance.

Musk se ha hecho, por otro lado, de la red social más influyente en materia política e informativa.

Mark Zuckerberg, en cierto modo Jack Dorsey y hasta ahora cualquier gran accionista público de las redes sociales, habían sido cautelosos para evitar una confrontación ideológica abierta a gran escala.

A lo más que se han atrevido, y eso cuando la presión fue demasiada, fue a silenciar a Donald Trump.

Pero con Musk como el nuevo rey de Twitter, esa diplomacia habitual de las redes parece reventarse.

A los medios y periodistas nos toca reconocer y advertir a la audiencia que las redes son también maquinarías políticas y de promoción.

Que las redes son una especie de nuevo poder que oscila entre el gobierno universal, por su naturaleza global, y el medio de comunicación con poderes nunca antes vistos.

Frente a lo peligroso de las redes sociales en manos de individuos con agendas específicas, se consolidará aún más la necesidad de apartar para los seres humanos espacios seguros de convivencia, información y reflexión.

Mientras que con Musk continúa derribándose la idea de las redes como espacios en las que todos valemos lo mismo, entre la Web 3 y la conformación de cada vez un mayor número de comunidades que escapan de las redes sociales para reunirse en espacios comunitarios menos afectados por los algoritmos, como Discord o Telegram, queda claro que la mayor independencia como creadores y consumidores estará en esos espacios.

Los medios masivos fueron durante años megáfonos de magnates.

Las redes sociales son esos nuevos megáfonos.

Más poderosos, más universales, más peligrosos.

La de Musk contra Elliott Management y contra los socios que puedan enfrentarse a él será una batalla entre particulares con consecuencias públicas.

Las redes sociales o deben ser vistas y aceptados como medios de comunicación o como plataformas de propaganda política.

En cualquiera de los dos casos queda claro el cuidado que hemos de tener al lidiar con ellas.

El libre discurso es un derecho universal, pero también la campaña con la que Elon Musk pretende hacerse con el control de Twitter.

Por cualquier cosa, más vale que como sociedad vayamos desarrollando nuestros propios espacios.

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