(AP Photo/Michael Sohn)

Hace tiempo cruzaba por casa en bici un churrero, religiosamente a las 14:00. Lo identificaba por lo desafinado de una melodía que intentaba sacar desde su ‘corneta’, o como se llame el instrumento de viento que usaba. No sé si fueron las altas temperaturas o la carencia de papeles bromatológicos, pero lo cierto es que el flaco no sonó más. Casi como una canción que pasa de moda, el verano se lo llevó puesto.

Ahora pasa un heladero, también utiliza una armónica o música clásica para llamar la atención, y vaya si lo consigue. Lo crucé el otro día cuando tomaba el colectivo desde Rosario. Acá lo espera una bici con un canasto y una gigante caja de refrigeración donde lleva los helados para repartir por los barrios. “Solamente el sábado voy a la costanera”, me dijo cuando le pregunté si vendía en la playa.

Curiosamente, esos trabajos de ocasión eran potestad de aquellos que se rebuscaban el mango los fines de semana, pero no tengo registro que valiera la pena venir desde Rosario para implementarlo. ¿No hay victorienses con piernas y ganas de hacerlo? Parece que no. Y cuando la necesidad es grande, no hay pan duro según dicen. ¿Cuánto ganará alguien que, además de pedalear la ‘city’ toda la tarde, debe coronar la jornada con el abono del pasaje en un interurbano?

En la playa o en la costanera siguen firmes los vendedores ambulantes de tortas fritas, bolitas de fraile y churros, usan canastos y el trato es afable, casi como el de alguien que no pide, ofrece un servicio paso a paso. Descubre de ese mantel a cuadros los más ricos manjares, frente al que está aprontando el mate, al que cambió la yerba, al que esté. Quizás hasta se crucen con el heladero, y compartan la experiencia del día.

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