Victoria.- Un amigo que confecciona barbijos junto a su novia me confesó recientemente que está agotado de marcar, cortar, estampar, bordar, y coser a un promedio de 150 por semana. Cada lote es empaquetado y entregado rigurosamente para que uno de sus clientes más demandantes: los directivos de las escuelas, lo repartan a tiempo entre el personal docente y no docente.

En esa informal charla calculó haber entregado más de 1.500 entre el año pasado y los que lleva vendidos en el presente, donde seguramente esa cifra crezca aún más. La razón sin dudas es el retorno a la presencialidad burbuja, y la exigencia de muchas instituciones escolares de su obligatoriedad en el uso, todo el tiempo, hasta en el recreo. Sí, no es broma.

Por estos días también empezó a circular un documento del cual no pudimos constatar su veracidad, que consigna a entidades que han visto amenazado su prestigio como la OMS — luego de las acusaciones de falta de difusión temprana de la pandemia en Europa y EEUU— quienes habrían sentado posición contra del uso obligatorio del barbijo, que ante la falta de insumos médicos devino en cubrebocas, tapabocas, mascarillas, etc. dio algo de laburo a gente como mis amigos, para rebuscarse unos pesos con la confección artesanal, y otros con más espalda económica, directamente montaron un negocio de la sanitización.

Respirar dióxido de carbono de forma prudencial no es algo saludable, si usted tiene pensado dejarse estos elementos varias horas al día. Menos para salir a hacer deportes, o caminar por lugares abiertos sin aglomeraciones de todo tipo. Pero si hay algo que desaconsejar o promover, ahí está su médico, que teóricamente le va a sugerir lo que avala el COES local.

Ahora, volvamos a tierra firme, a nuestras escuelas, y plantemos bandera de particularidades y diferencias que existen en los distintos niveles educativos, por ejemplo: ¿Será aplicable esto de evitar el contacto con los niños que van al jardín de 4 o 5 años? Imagínese la escena de una niña llorando, por el motivo que sea, ese docente tiene que evitar al máximo el contacto social… y ni hablemos de la premisa de ‘A compartir…A compartir’, que tanto se les graba en canciones y juegos. Ahora será: ‘A no compartir…lalala!”

Vayamos ahora a lugares no equiparables con las grandes matrículas escolares, sí, al Quinto Cuartel por ejemplo. Y no me venga Doña Rosa con eso de estigmatizar gente. Hay una realidad le guste o no, en las escuelas emplazadas en barrios tan típicos de las Siete Colinas, los padres llevan a los chicos hasta la puerta, todos vienen sin barbijos, y al tocar la puerta del establecimiento, el gurí saca de su bolsillo uno de los dos tapabocas que se les exigen, y ¡Ahora sí está cumpliendo con lo que el Estado manda!

Saben qué, en Italia donde la pandemia hizo estragos en la población mayor—también por su alta expectativa de vida—la larga espera por la prometida vuelta a la normalidad hizo que la sociedad reclame la presencialidad escolar, por las razones atendibles que provoca la falta de contacto, el espacio mismo que representa la escuela, la amistad, el ‘no entiendo’ y mis padres no me saben ni pueden o tienen tiempo para explicar, no tengo lugar en la casa para un aula silenciosa, etc.

A las pocas semanas de cursado, debieron volver atrás por la subida exponencial de contagios. ¿Puede pasar lo mismo aquí con los niveles primario y secundario? No podemos asegurarlo, pero esos datos son para pensar en opciones que se han traducido en menos horarios de corrido, menos personas en espacios cerrados, todo menos.

El tema es que si pasara algo grave, un pico de enfermos contagiados por el virus del COVID 19, ¿Qué estrategias hay para asegurar la virtualidad? Por el momento, no pasan de anuncios y promesas de conectividad asegurada, material multimedial que ‘se va a generar’, y… que no se te rompa la compu, porque con el stock de materiales reducido por inflación, todo vale cinco veces más de lo que cualquier hijo de vecino puede afrontar.

Ni hablar de esas escuelas emplazadas en barrios como el 4º Cuartel, y el mencionado 5º Cuartel, y parte del 1º Cuartel, donde no es novedad que allí se concentra gran parte de las familias que conocen mejor que nadie lo que significa “luchar”, y la educación entra en ese combo por más que la palabra ‘público’ diga lo contrario. En muchos casos porque han vivido en carne propia esa situación y con esto tampoco estamos estigmatizando.

La realidad, indica que en las escuelas de la periferia el acceso a la tecnología (como vínculo docente – alumno) es un problema que toca lo pedagógico, y la educación lo ha tenido como estrategia sin considerar su impacto en la gran diversidad que conforma la población escolar y sus familias.

El barbijo, alcohol, y demás elementos de higiene no son una solución al COVID 19, ni la medida preventiva por excelencia, junto con el distanciamiento crean la ilusión de zona segura (verde) o como se la quiera bautizar. Lamentablemente, los directivos enfrentan este escenario junto a su comunidad educativa con lo que tienen a la mano, ellos no saben tampoco qué hacer si todo se sale de límite, pero entienden que el 2020 fue un año de aprendizajes muy extraños, difícil de medir con la vara de la efectividad conductista o Tyaloriana.

Sin embargo, ahí están, poniendo el cuerpo de nuevo a la situación, y miles de niños también lo intentarán, sobreponerse a ese desarraigo escolar que busca opciones dentro de un abanico de posibilidades inciertas y que no aseguran la continuidad. ¿Tapabocas sí o no? Bueno, seguramente genere tantos temas como ese posteo que hace poco inundó las redes sociales, y donde se bromeaba sobre los inconvenientes que generaría su extravío, el que los esconde como broma, el olvido que nunca está exento, las cargadas por los motivos, y tantas otras situaciones como esos que les queda chico, grande, les dobla las orejas, o no se les entiende un ‘joraca’ cuando intentan atravesar ese paño a la par que va ganando en humedad y sofocación.

Reconozcamos, son incómodos, y a los chicos les molestan tanto que se los ponen como su motricidad fina les permite, igualmente es el menor de los problemas que enfrentan en la ‘vuelta al cole’, al menos tendrán ese tiempo de sociabilidad que tanto necesitan, y que este virus también les quito.

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