(Por Santiago Miraglia).- “El director le pide a un periodista que pretendía ingresar al diario, que escriba un editorial sobre Dios. «¿A favor o en contra?», responde el cronista”. Y listo. Ése es el chiste con el que nos divertíamos muchos de los que estudiamos periodismo. De hecho, luego de un tiempo me enteré que no era precisamente un chiste, sino una anécdota verdadera muy conocida del otro lado del charco, en Rosario.

Las interpretaciones y reacciones ante el “chiste” del editorial son varias. Algunos se enojan rápidamente y dicen que los periodistas somos unos mercenarios; otros llevan su furia al límite queriéndonos forzar a beber cicuta, y nos acusan de sofistas porque la historia refleja que los periodistas pueden, con sus palabras, engañar a la población para que piense que Dios es bueno o malo, de acuerdo a las conveniencias del medio.

Pero no todas las exégesis son condenatorias. Los más románticos prefieren reírse de todo lo anterior junto y remarcar que la anécdota, en realidad, muestra la astucia y perspicacia que se requiere para ser un buen periodista, o quizás se refiere a que hay temas que objetivamente no pueden probarse y existen sobre ellos dos bibliotecas opuestas.

Ahora bien, ¿qué significa ser buen periodista? La mejor definición sobre lo que debe ser el periodismo la escribió un poeta. “Quiero llorar porque me da la gana / como lloran los niños del último banco, / porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, / pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado”, escribió Federico García Lorca. ¡Y qué verso flamígero! Ése es el trabajo del periodista: sondar las cosas del otro lado.

¿Buscadores de la verdad?

“La única verdad es la realidad”, dijo Perón. Hay que reconocer que esa frase es bastante cierta. De lo anterior se sigue que el periodista debe mostrar la realidad (pues entonces dirá la verdad). Sin embargo, aquí la continuidad del análisis se vuelve tortuosa, porque en la práctica todo es mucho más incierto.

Por ejemplo, en Internet se suele leer una oración disfrazada de axioma que dice: “Si una persona dice que llueve y otra dice que no, el trabajo del periodista no es dar voz a ambas, sino abrir la ventana y ver si llueve”. La cita anterior es muy bonita, pero también simplista, como filosofía de sobrecito de azúcar.

Y es esa mentalidad de epigrama a la que estamos tentados los periodistas en la actualidad. Ese cerco de 140 a 280 caracteres. Ese piar interrumpido.

Lo que ocurre es que a veces (muchísimas veces) la cuestión es más compleja que eso. Es decir, si los hechos muestran que hubo un accidente de tránsito y un hombre resultó herido, ya está, ahí terminó el tema, ésa es la realidad y punto. No obstante, en general los tópicos que se abordan en las redacciones son más complejos que el ejemplo anterior y la conclusión del tema depende de aspectos sociales, culturales, económicos, axiológicos, y un largo etcétera.

El periodista tiene que estar ahí, molestando, viendo de un lado y de otro, siendo consciente de que no hay una ventana que abrir para que ésta nos muestre la verdad. En medio de ese pandemonio desatado se desenvuelve el periodista, que tiembla y siente, y piensa en base a lo que siente y siente en base a lo que vive, como cualquiera. La búsqueda de la verdad es, entonces, una empresa quimérica que se queda en eso, en la búsqueda.

Tampoco se trata de renunciar a todo. El ejercicio profesional responsable requiere esa tentativa de búsqueda en el plano filosófico y, también, esa capacidad analítica para observar lo que es ignorado.

Tengo una última frase. “Un periodista termina de aprender el día que lo están velando”. Ésta es menos conocida, pero no menos cierta. Me la dijo un profesor que, ya habiendo transitado mucho más de la mitad del camino de su vida, decidió aprender la lengua de Dante. Por mi parte, me la repito como único mantra.

Ya no sé si esto es un comentario a favor o en contra del periodismo. No sé si es una expresión de deseo. Sí sé que el 2 de junio de 1810 se fundó la Gazeta de Buenos Aires y que su primer número se publicó el 7 de ese mes. Esta última fecha fue elegida como el Día del Periodista por el Primer Congreso Nacional de Periodistas, celebrado en Córdoba en 1938. Sé que ésta es una excusa para seguir reflexionando. Después de todo, sólo para eso están las fechas.

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