El maestro no solo educa sino que está comprometido con un mundo mejor

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(Raúl Pedemonte – Paralelo 32) El Día del Maestro es una fecha para reivindicar la labor de los docentes en las escuelas. También es para recordar y valorar los motivos que les hacen ir todos los días a las aulas siendo la vocación el punto de inicio, el compromiso social más allá de la transmisión de conocimientos y el  rol profesional  que la caracteriza y distingue como formador de ciudadanía.

En el contexto de una mirada prospectiva, ser maestro significa disponer de sabiduría para discernir, de humildad para comprender y estar atento a lo que vive el alumno, de hacerse solidario con él, de ser formador de ese corazón que espera para llegar a ser «corazón de educando».

El maestro sabe que su tarea no es nada fácil; hay realidades complicadas en el aula, en la escuela, que provienen de situaciones familiares, de la sociedad que nos toca vivir y que requieren establecer una relación personal, generosa, comprensiva  y afectiva con el alumno y poder decirle, «contá conmigo».  Es el  maestro que ama porque da todo lo que tiene.

Orientar la mirada a los nuevos desafíos y avanzar decidido en estos tiempos de cambio que nos sorprenden  y nos sacuden, centrados muchas veces por la intolerancia, la falta de recursos, el egoísmo, la soberbia, la superficialidad y la banalización, allí está el maestro para saber dar a sus alumnos razones para vivir en la solidaridad, la pertenencia e identidad cultural, la formación continua y el acompañamiento que ayude a revelar el sentido pleno de la vida humana con todas las posibilidades de hacerla cada día más digna.

Ser maestro es una  tarea de enorme responsabilidad que se asume con pasión, con orgullo, con la ilusión de brindarse todo cada día por los alumnos, enseñando y aprendiendo con ellos en el camino del estudio, la responsabilidad, la superación de los errores y dificultades, el respeto mutuo, el compañerismo, la equidad, la toleración, la alegría de compartir, la fortaleza de saber perdonar y ayudarlos a ser «buenas personas», creando en ellos la cultura del trabajo, la capacidad de trabajar en equipo, de emocionarse, jugar, divertirse participar y arrancar de cada uno de ellos la belleza que está en lo íntimo de su ser, consciente de que la educación es la mejor herramienta para la transformación social.

Mestro y educando es un vínculo que no se puede separar «porque solo esa relación» personal, única, generosa y afectiva, resiste la prueba del tiempo y se convierte en fuente de conocimiento.

El maestro está llamado a ser luz en el camino de la construcción de una existencia con sentido. Que su tarea continúe iluminando sin cansarse los senderos de la infancia y juventud generando espacios educativos en clave de diálogo para la búsqueda, la pregunta, el planteo de tantas incertidumbres y los saberes que se transmiten en la escuela. Que haya lugar para lo pluralidad de ideas, la libertad, la creatividad, el juicio crítico, la solidaridad y ser comprensible en lo que se busca transmitir.  En definitiva, que el maestro siga dejándose afectar humildemente por la realidad de sus alumnos, especialmente los que viven en situación de pobreza y vulnerabilidad, sabiendo que está comprometido en la construcción de un mundo mejor.

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