El espíritu de la libre empresa se palpa en la actividad agrícola

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Por Manuel Alvarado Ledesma.- Muchos en la Argentina actúan como seguidores de Carl Schmitt, para quien era imprescindible la existencia del «enemigo».

Según Schmitt, el combate del enemigo no significa reconciliación, ni progreso y, mucho menos, fraternidad humana.

Así, el reconocimiento del enemigo permitiría la construcción de la propia identidad política.

Tener al enemigo sería entonces fundamental para la reproducción del amigo.

Afirma Schmitt que la noción amigo-enemigo constituye la esencia de la política, y ésta se basa en una relación de oposición caracterizada por la hostilidad.

Con relación a la actividad agraria, a buena parte de la dirigencia política le resulta muy fácil vender buzones tales como «oligarquía vacuna», «concentración de la tierra», «poderes concentrados» o «el yuyo».

Esta actitud puede provenir del pensamiento de Schmitt o, simplemente, de una enorme ignorancia.

Y es sencilla de instalar puesto que la población argentina está desmesuradamente concentrada en Buenos Aires y el Conurbano, donde la mayoría poco o nada sabe de lo que sucede en el interior o en el campo.

La realidad agrícola es muy diferente a lo que muchos todavía creen, o quieren creer.

Por ejemplo, la estancia, como tal, no existe prácticamente más, especialmente en el área de producción de cereales y oleaginosas.

Tras una mayor competitividad, la estancia fue ingresando a la red, como forma de reducir los costos de transacción. Pero… ¿Qué es la red? Puede definirse como el espacio productivo (y no necesariamente geográfico) donde opera un buen número de empresas ligadas contractualmente.

El objetivo es optimizar los costos de producción, guardando al interior de su propia estructura de capital las tareas más rentables, y tercerizando aquellas que pueden realizarse al exterior, a menor costo.

En buen romance: algunas (o quizás, ninguna) cosas las hago yo, y otras las contrato.

La preparación de la tierra, las siembras, las aplicaciones de pesticidas, los sistemas de labranza y de cosecha, el transporte, son algunos de los ejemplos de servicios cada vez más externalizados. Y de esta forma se va conformando la red.

La red opera mediante contratos y bajo la dirección de una empresa emisora (central) que da órdenes, controla y determina la forma de producción a través una suerte de «tabla de conversión y de tareas».

Puede darse el caso, también, de una empresa emisora cuyo capital esté conformado únicamente por las relaciones necesarias para formar la empresa red y nada más.

Las nuevas tecnologías abren el camino a nuevos servicios.

Hoy hay monitores de rendimiento con mapeo satelital que graban la velocidad de avance y otras informaciones para realizar trazabilidad de las operaciones de cosecha.

En el rubro secadoras y silos, la industria puede recurrir al uso de sensores y softwares que controlan y automatizan algunas funciones de las plantas de acopio, tratando de preservar la calidad de los granos.

En suma, el nuevo cuadro de tendencias abre oportunidades para aquellos que estén dispuestos al riesgo y a emprender.

No es totalmente necesaria la posesión de capital. Lo imprescindible es el espíritu de empresa.

Se trata de un mundo colaborativo que, día a día, por los avances tecnológicos, abre puertas para el desarrollo de nuevas formas de organización donde los emprendedores -tan alejados de los espacios burocráticos de las grandes urbes- siguen impulsando el desarrollo, pese a las dificultades del contexto
político.

El mundo avanzado conoce (y en cierta forma, envidia) esta realidad, que debería ser motivo de orgullo para la Argentina.

Y los resultados están a la vista. Como ejemplo, válido es remarcar el enorme ingreso de divisas por exportaciones agrícolas. Industria argentina, sin duda.

(*) – Manuel Alvarado Ledesma es economista, consejero académico de la Fundación Libertad y Progreso.

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