Luis Jacobi (Director periodístico de Paralelo 32).- Quizás sea ésta que estamos viviendo, la única vez que, en tiempos de paz, el mundo entero se detuvo por una misma causa y habla un mismo idioma. Nos apagaron la música y se acabó el frenético baile durante un largo momento. Se detuvo la humanidad y no es una metáfora; verdaderamente el músculo duerme y la ambición descansa. Es como si una fuerza superior hubiese puesto su temible dedo en el botón para resetear al mundo. Y aunque este reinicio nos lleve algunos meses más, no desesperemos; en el tiempo de la historia universal representa apenas un nanosegundo.

Entre paréntesis: No podemos presumir que todo el mundo conozca el significado de resetear, que viene de reset, digamos entonces que la palabra es utilizada en informática y en idioma inglés significa reinicio, o bien, la reposición hacia un estado inicial, una vuelta al principio o bien un nuevo comienzo. En nuestro lenguaje timbero y alegórico es el clásico “barajar y dar de nuevo”. Se hace un alto, se baraja, se reparten los naipes y aunque previsibles, porque provienen siempre del mismo maso, saldrán cartas distintas. Si, también para mal, porque si lo miramos desde el perfil de la economía, lamentablemente muchos quedarán mal parados al salir del reinicio. Pero así es el juego, pase lo que pase gana la banca (los bancos) y los jugadores casi todos pierden.

Y por la simbólica irreverencia de “El Barba”, transferimos nuestra culpa a Miguel Ángel y su obra en la Capilla Sixtina 508 años atrás.

Dicho aquello, retomamos. Lo que nos queda por ganar en este reseteo global por causa de un enemigo común, es que estamos aprendiendo que es posible vivir de un modo y estilo del que nos creíamos incapaces.

Hemos sido forzados a una pausa útil para salirnos de lo ‘normal’ y pensar más en aquellas cosas en las que pensábamos menos. Forzados, no por obra y gracia de la naturaleza sino por quienes diseñaron y patentaron el coronavirus en 2018; realidad que todavía no alcanzó la difusión suficiente pero la tendrá con el tiempo. Se dice que es desconocido pero en un envase de cloro que se vende desde al año pasado en EEUU, se lee claramente, entre otros usos, que también combate el “human coronavirus” (coronavirus humano). O el fabricante tenía la bola de cristal o estaba bien informado.

Y en cuanto a lo que nos queda por desesperar, el coronavirus revienta la burbuja imaginaria de que los seres humanos somos invencibles y omniscientes, que todo lo podemos controlar, y eso hace sentirnos vulnerables, en un mundo controlado solo por unos pocos thinking tanks (tanques del pensamiento).

Si “los de a pié” aprendemos algo en estos días, por lo menos obtendremos alguna ganancia. En el mundo anterior al coronavirus éramos algunos miles de millones de mortales que veníamos en tropel. Los gurúes del desarrollo enseñaban que el que se detiene, retrocede. Si uno bajaba los brazos o se detenía, se lo llevaban puesto. Fue distinto esta semana porque, habiendo parado casi todos a la vez, hay menos riesgo de caer bajo los pies de los demás.

No hay dudas que esa alocada carrera retornará próximamente, lo que hará la diferencia son aquellos que aprendieron a discernir cuál tiempo puede considerarse perdido y cuál ganado. Ojalá yo mismo lo aprenda.

Comenzamos a tomar conciencia que la vida del prójimo vale tanto como la propia. Solo por estos días somos un peligro para los seres que amamos y los vemos a ellos como peligrosos. Eso duele y el dolor también produce cambios.

¿Qué pasará en el día después del reseteo? Veremos. La clave es que el mundo no retome la misma ‘normalidad’ que tuvo, porque nada habrá mejorado.

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