(Por Jorge Nicolás Lafferriere).- A menudo se difunde la idea, incluso entre algunos cristianos, de que el tema del aborto es una cuestión de moral puramente individual. Este planteo puede ser abordado desde distintas perspectivas. Por un lado, se utiliza el argumento para pretender justificar la legalización del aborto, bajo la falsa premisa de que la legislación no debería inmiscuirse en este tema individual y se debería permitir que cada persona decida lo que prefiera en torno a realizar o no un aborto. El problema que subyace a esta justificación del aborto radica en soslayar que abortar supone violentar el derecho a la vida, que es un derecho humano fundamental. Pero el otro abordaje del planteo se vincula con la cuestión social. Pareciera que legalizar el aborto no tendría ninguna consecuencia a nivel social.

Pues bien, en relación a este argumento, me parece bueno recordar cómo los tres últimos Papas han resaltado la importancia de defender la vida por nacer como parte decisiva de la cuestión social.

Juan Pablo II: la analogía con la cuestión obrera

En su encíclica sobre el Evangelio de la Vida, san Juan Pablo II enfatizaba la importancia de la legalización del aborto como problema social. Para hacerlo, en 1995, trazaba la analogía entre la cuestión obrera de fines del siglo XIX y la defensa de la vida de fines del siglo XX:

“Así como hace un siglo la clase obrera estaba oprimida en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tomó su defensa con gran valentía, proclamando los derechos sacrosantos de la persona del trabajador, así ahora, cuando otra categoría de personas está oprimida en su derecho fundamental a la vida, la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma valentía, a quien no tiene voz. El suyo es el clamor evangélico en defensa de los pobres del mundo y de quienes son amenazados, despreciados y oprimidos en sus derechos humanos ». Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como son, concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía callar ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial” (EV 5).

Benedicto XVI: el antinatalismo y sus consecuencias para el desarrollo

El tema es retomado y profundizado por Benedicto XVI en su encíclica Caritas in Veritate (2009), poniendo de resalto la conexión entre defensa de la vida y desarrollo: “Uno de los aspectos más destacados del desarrollo actual es la importancia del tema del respeto a la vida, que en modo alguno puede separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos” (n. 28).

Para Benedicto XVI, esto nos obliga “a ampliar el concepto de pobreza y de subdesarrollo a los problemas vinculados con la acogida de la vida, sobre todo donde ésta se ve impedida de diversas formas” (n. 28).

El eje central del pensamiento del Papa está puesto en las consecuencias del difundido antinatalismo: “en varias partes del mundo persisten prácticas de control demográfico por parte de los gobiernos, que con frecuencia difunden la contracepción y llegan incluso a imponer también el aborto. En los países económicamente más desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis, contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas veces se trata de transmitir también a otros estados como si fuera un progreso cultural. Algunas organizaciones no gubernamentales, además, difunden el aborto, promoviendo a veces en los países pobres la adopción de la práctica de la esterilización, incluso en mujeres a quienes no se pide su consentimiento. Por añadidura, existe la sospecha fundada de que, en ocasiones, las ayudas al desarrollo se condicionan a determinadas políticas sanitarias que implican de hecho la imposición de un fuerte control de la natalidad. Preocupan también tanto las legislaciones que aceptan la eutanasia como las presiones de grupos nacionales e internacionales que reivindican su reconocimiento jurídico” (n. 28).

Pero el problema del antinatalismo no se reduce a una cuestión de cantidad de personas económicamente activas. El Papa llamaba la atención sobre el impacto social del aborto: “La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social. La acogida de la vida forja las energías morales y capacita para la ayuda recíproca. Fomentando la apertura a la vida, los pueblos ricos pueden comprender mejor las necesidades de los que son pobres, evitar el empleo de ingentes recursos económicos e intelectuales para satisfacer deseos egoístas entre los propios ciudadanos y promover, por el contrario, buenas actuaciones en la perspectiva de una producción moralmente sana y solidaria, en el respeto del derecho fundamental de cada pueblo y cada persona a la vida” (n. 28).

El Papa Francisco: la cultura del descarte en clave humana y ecológica

El Papa Francisco ha demostrado desde el inicio de su pontificado una preocupación constante por la difusión del aborto. También su aproximación al tema considera la perspectiva social, citando el n. 28 de Caritas in Veritate del papa emérito Benedicto XVI.

Francisco toca el tema del aborto en su documento programático, la exhortación Evangelii Gaudium. Allí señala que “entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades” (n. 213).

Entre las consecuencias que tiene la legalización del aborto se encuentra el debilitamiento de los derechos humanos. Para el Papa, si se cae la convicción de que cada ser humano es siempre sagrado e inviolable, “no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre” (EG 213).

El tema de la vida aparece también en la encíclica Laudato Si’ sobre la cuestión del medio ambiente. En este punto, retomando las ideas de Benedicto XVI en Caritas in Veritate, dice Francisco: “No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades: «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social»”. (Laudato Si’, n. 120).

Una de las novedades del Papa Francisco es denunciar que el aborto contribuye a una cultura del descarte, que es un problema “que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura” (LS 22). Y en la base de esta cultura del descarte está la “cultura del relativismo”, pues “si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres? Es la misma lógica del «usa y tira», que genera tantos residuos sólo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita. Entonces no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes para evitar los comportamientos que afectan al ambiente, porque, cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar” (n. 123).

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