Don José Burgardt, acompañado por su esposa doña Juliana Zingraf (Foto: Paralelo 32)

Crespo- Está próximo a finalizar el año del 40º aniversario de los festejos del Centenario de la llegada de los Alemanes del Volga a nuestro país, que se desarrolló desde el 4 hasta el 26 de febrero de 1978. El largo recorrido inició en Entre Ríos con actos en Colonia Alvear (sede Valle María), Crespo, Lucas González, Gral. Ramírez, Gualeguaychú. El periplo continuó por Juan José Castelli (Chaco) y desde allí a Alpachiri (La Pampa); después San Miguel, Guatraché, Winifreda y colonias; siguió por Buenos Aires, en Coronel Suárez más cinco localidades menores y las colonias, Olavarría y Colonia Hinojo.

Una banda procedente de Ravensburg, Alemania, la Max Martin Capelle, con diez músicos y la cantante popular (jolderin) Charlotte Muller; la orquesta de los Wendlers Buben (Aurelio Wendler, Pepe Machovec y Rolando Spreáfico); el maestro de ceremonias del Centenario, Luis Jacobi; el traductor Roberto Lambrecht; tres invitados supervisores: Guillermo Müller Gross (Crespo), Eloy Elsesser (ex intendente de Ramírez y miembro del Consejo Directivo de la asociación nacional) y Guillermo Plem, hicieron el recorrido a bordo de un ómnibus de Mercedes Benz Argentina, cedido por la empresa. Todos éstos, vale la aclaración, lo hicieron ad honorem, como un aporte más a un logro por el cual habían trabajado con dos años de anticipación. También viajaban con esta delegación, procedentes de Alemania, el doctor Mattias Hagin y su esposa.

En tanto el presidente de la Asociación Argentina de Descendientes de Alemanes del Volga, Víctor Pedro Popp, junto a su esposa Berta (“doña Nena”), viajaban con algunas horas de antelación en un Ford Falcon recién adquirido y conducido por su propietario don José Burgardt, acompañado por su esposa doña Juliana Zingraf.

Memorias del viaje

Don José, próximo a cumplir 85 años, y doña Juliana (82), recibieron a Paralelo 32 en su domicilio, donde rememoraron aquel viaje para ellos inolvidable. “Me hice la promesa que al Chaco nunca más volvería” -afirma la señora, en relación a las elevadas temperaturas de febrero.

Todo surgió en una fiesta donde el matrimonio se encontró con Víctor Popp, quien le preguntó a José si lo llevaría en su auto hasta el Chaco, La Pampa y Buenos Aires, donde además de Entre Ríos, se realizaban los festejos; porque debía estar unas horas antes para organizar los últimos detalles.

“Yo paraba por ahí la oreja y escuchaba de un viaje, ya estaba contenta” –dice sonriente doña Julia.

Don José aceptó el desafío y primero participaron de los actos en Gualeguaychú. “Llegamos a la tardecita, nos llevaron al Hotel Alemán donde pasamos la noche. Ahí ya estaba la orquesta de Alemania, de 10 personas y una mujer que cantaba, en total eran once, los Wendler y otra gente de Crespo”. Al día siguiente de aquel acto comenzó el verdadero periplo por rutas de tierra, broza y ripio, de nuestro país.

“Volvimos y enseguida partimos para el Chaco. Ahí hacía calor”- dice don José, quien por unos quince días fue el chofer del presidente de la Asociación Argentina de Alemanes del Volga. Nadie lo reemplazó en el volante y realmente fue una gran odisea aquel viaje en un auto nuevo pero sin el confort del aire acondicionado de hoy día, en pleno febrero, con mucho calor y también en noches de intensas lluvias. Porque era necesario viajar de noche para cubrir enormes distancias en pocos días.

“Don Popp iba con mi esposo adelante, y las mujeres, Berta (pero todos le decían doña Nena) y yo íbamos atrás, tomando mate y charlando. Llegamos a la tardecita a Juan José Castelli (Chaco), después de más de diez horas de viaje y cuando bajamos del auto un calor terrible, mosquitos que nos querían comer. Me prometí que nunca más volvería al Chaco”- afirma doña Julia. Allí tuvieron la oportunidad de ver cómo vivían los pueblos originarios, a la intemperie, en el monte, escenas que marcaron su vida y les permitieron descubrir otra realidad de nuestra Argentina. “No sabíamos que existe un mundo así. Fue lo más chocante” -cuenta la señora.

– ¿Conocían el camino, eran tiempos donde no existía el GPS?

_Don Víctor parecía que se conocía todas las rutas del país, iba indicando por dónde ir, cuando venía una curva, un puente, era como el GPS que ahora tienen los autos. Tenía un mapa y conocía mucho, porque viajaba mucho.

“Cenamos, nos alojamos en un hotel. Nos dieron un dormitorio con aire acondicionado, ya había ese adelanto, menos mal, y al otro día fue el festejo en la plaza (con la presencia del gobernador, Gral. de Brigada Facundo Serrano. NdeR). Estaba parada –recuerda doña Julia- y sentía que algo corría por mis piernas, pensaba ¿son hormigas?, era la transpiración que me corría hasta dentro del calzado. Después hubo un almuerzo y baile y cuando terminó todo salimos directamente al sur, a La Pampa, treinta y dos horas de viaje. Llovía esa noche, tronaba, refucilaba. En total participamos en 15 festejos en todas las localidades donde se fue”.

– ¿Tenían asfalto o todo el recorrido fue por caminos de tierra?

_Eran caminos de tierra, broza y ripio, pero nunca quedamos empantanados. No había tanto peligro como hoy, había menos tránsito, marchaba a 130/140 km por hora.

– ¿Pararon a dormir?

_No, a dormir no. Solamente en las estaciones de servicio. Don Víctor se sentaba atrás y dormía. Doña Nena y yo le dábamos charla a José para que no se durmiera.

Manejó todo el camino. Llegamos a la mañana y siempre teníamos que andar rápido porque don Víctor tenía que tener todo organizado para cuando llegara el colectivo y la orquesta. Cuando llegamos a La Pampa, él y doña Nena se fueron al acto y nosotros nos quedamos a dormir porque después había que seguir viaje.

Durante los festejos, en las cenas y baile que había en todas las localidades, nosotros cenábamos y nos íbamos a dormir, no nos quedábamos al baile, porque José tenía que estar descansado para seguir viajando al día siguiente.

Como anécdota de los festejos, donde se encontraron con gente de distintos puntos del país y también del extranjero, cuenta que “en todas las localidades a las que fuimos encontrábamos Burgardt. No sabíamos si éramos o no parientes”.

El recorrido continuó por La Pampa y luego en Buenos Aires (pabellón de la Soc. Rural Arg). “En Coronel Suárez estuvimos tres días parando con una familia de apellido Schwindt. Ahí aprovechamos a lavar la ropa y planchar”.

Distancia e incomunicación

El Falcon anduvo por caminos polvorientos, de mucha tierra, pero también pantanosos cuando la lluvia se hacía presente. “En San Miguel nuestro guía fue un sacerdote, padre Godfried, y lo primero que hizo la comisión que estaba esperándonos fue llevarnos al cementerio donde están los antepasados, y se hizo una linda ceremonia. A la ida había un tierral que cerrábamos la ventanilla, pero después llovió y al otro día fuimos a otra localidad, el sacerdote quedó empantanado y no participó más”. Se acobardó.

Eran tiempos donde pocos tenían acceso a un teléfono y a la comunicación fluida que hoy en día está al alcance de todos. “Teníamos a los tres chicos solos en casa, la mayor de 18, la otra 17 y el varón 16, y pobrecito se enfermó, contrajo neumonía –dice doña Julia-. Menos mal que vivía mi suegra en el mismo patio, ésta es la casa paterna –acota- y lo socorrió, lo llevó al médico. Me enteré cuando volví, ¡si no me podía comunicar! Nadie supo nada en quince días. También tenía a mi abuela que no estaba muy bien cuando me fui, volvimos a fines de febrero y el 31 de marzo falleció”.

Fue un viaje larguísimo, y aunque don José no controló el kilometraje, sumando las distancias entre los distintos puntos, no recorrió menos de cinco mil kilómetros. “Parábamos a cargar combustible, nada más, ni siquiera una goma pinchada. Fue un viaje larguísimo, pero lindo, no me olvido nunca de eso” – cuenta doña Julia, que además recuerda los hermosos espectáculos en todos los lugares que dieron la orquesta alemana y Los Wendler.

En el camino quedaron anécdotas graciosas, como la noche que durmieron en un colegio de religiosas, pero también el grato recuerdo de haber hecho un itinerario que nunca habían imaginado en su vida ni volvieron a repetir.

Familia de carpinteros

Por aquellos tiempos don José Burgardt era propietario de una floreciente industria metalúrgica, habiéndose iniciado en la fabricación de aberturas de aluminio hacia fines de la década del 60, siendo el primer fabricante de este tipo de cerramientos en la ciudad de Crespo y una amplia zona.

“Trabajé 20 años en madera, porque todos los Burgardt eran carpinteros. El abuelo vino de un pueblo llamado Pfeifer, de Rusia (territorio que posteriormente fue la República de los Alemanes del Volga) y trajo el oficio. Llegó a la Argentina con un cofre con las herramientas para ejercer el oficio, que aún hoy la familia conserva con su nombre grabado, Peter Burgardt” – cuenta don José.

Una gran alergia al aserrín, a pesar del uso de barbijos, llevó a don José al consultorio del Dr. Miguel Oneto, cuando recién había llegado a Crespo. “Tenía su consultorio en calle Moreno, frente a la cooperativa –recuerda- y me dijo ‘mirá José si podés conseguir otro trabajo, hacelo’, yo no te puedo ayudar. Me chorreaba todo, continuamente, tenía que estar con una toalla, de noche me faltaba el aire” -cuenta.

“Aberturas sabía hacer, pero no sabía trabajar aluminio” -afirma. Así fue como se contactó con una persona de Paraná que lo instruyó. “Cuando dijo voy a dedicarme a las aberturas de aluminio –acota doña Julia- yo dije ¿y quién va a comprar? Pensé en las ollas. Me parecía que eso no podía ser, y tuvo un éxito bárbaro”.

Las primeras barras de 6 m de aluminio las compró en Santa Fe y era don José Waigel quien se las acarreaba en su camión hasta Crespo. “Tenía que traer vidrios también, los coloqué y entregaba las aberturas completas. Mayormente la llevábamos a distintas zonas: Nogoyá, Lucas González” -detalla don José, quien trabajó cuatro décadas en la fabricación de aberturas de aluminio, de las que fue precursor en la ciudad.

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