Cuando se agrieta la tierra también lo hace el bolsillo del productor

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Es común en nuestro país de gurúes de la economía que recorren canales de televisión pero nunca las provincias, escucharles decir que “el más favorecido del año fue el sector agropecuario”. Volvimos a oírlo de Carlos Maslatón esta semana, cuando le preguntaron a quiénes les va bien en el marco actual de nuestra macroeconomía. Sucede que los Excel de sus notebooks permiten la libre interpretación sin obligación de verificaciones de campo.

Los que tenían soja acopiada y la exportaron a un dólar mejorado fueron los diez mayores exportadores del país, que jamás pierden. Pero en la chacra se gana y también se pierde feo cuando llega el turno. Alguien debería avisarles a los tecnócratas del análisis económico que cometen un error semántico cuando dicen “el agro”, involucrando también a los que se endeudan para comprar herramientas por la obligación de ser competitivos, y depositan fortunas en la tierra en espera a que la lluvia sea suficientemente generosa para, por lo menos, recuperar su inversión. “El sector agropecuario” es también el chacarero que explota un tambo con su familia y dos o tres empleados, el fruticultor, el ganadero, etcétera, que tras dos años de lluvias escasas en 2022 transitaron un año de sequía persistente que aún continúa y es la peor en un cuarto de siglo. Menos mal que el ministro Massa, el ministro Bahilo y el gobernador Bordet lo entienden y el jueves se hicieron presentes para prestarles ayuda a los pequeños productores, con fuerte apoyo a cooperativas para el mejoramiento de sus procesos agroindustriales. No es suficiente, pero es ponerse a la par del que está en problemas.

En 2020 hubo un déficit hídrico de 200 mm; en 2021 fue de 300 mm, y en 2022 el déficit fue de 600 milímetros. Esto pasa en una provincia minifundista como Entre Ríos, donde hace meses que se secaron los arroyos, las aguadas, y hay pozos semi surgentes que ya no entregan agua. Ni hablar de pasturas, quemadas por las heladas tardías y rematadas por la falta de humedad en el suelo. Ha sido un año perdido para la soja y el maíz, y ni qué decir de los cultivos de cobertura (pasturas) que no quedaron ni para semillas.

Lo anecdótico también puede ser referencial; esta semana un productor de la zona de Las Tunas (Dto. Paraná) que recorría su campo, halló que una cría caprina de pocos días de vida cayó dentro de una rajadura de la tierra quedando presa de ella. Algo pocas veces visto. Fue rescatada por el hombre antes de morir por insolación, y la foto que lo muestra refleja la dimensión de esa rajadura en una tierra sobre la que ya no se puede galopar por el riesgo de que el caballo pise dentro de una de ellas. Estamos ante una sequía que arrasa con todo. En periodos de falta de lluvias la superficie de terrenos ricos en arcilla, como los de Entre Ríos, se rompe en porciones delimitadas por grietas que pueden alcanzar hasta un metro de profundidad y su ancho en la superficie dependerá del nivel de sequía. La esponjosidad de nuestra tierra depende en parte de su contenido de agua y cuando no la tiene se comprime y agrieta. Actualmente los campos están surcados por rajaduras de una dimensión que hacía mucho no se veía, y cuando los campos se agrietan, también lo hace el bolsillo del productor, pero el ítem ‘tierra agrietada’ no es un elemento que intervenga en las fórmulas polinómicas con las que los economistas mediáticos hacen sus comentarios, metiendo en la misma bolsa a las explotaciones chicas y medianas con los grandes pools de siembra. Felizmente esta vez el clamor llegó a nuestras autoridades.

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