Cosas típicas pero no por ello menos desagradables

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Por: Don Victoriano II

El tema es así, por un instante alguien piensa que irá a la playa, tomará tereré a explotar, jugará al tejo, vóley, fútbol uñero, incorporando sorbos y sorbos de agua que no llegará a transpirar con la misma relación con la que bebe. Pero si su contenedor urinario todavía le quedaba resto, tendrá una breve charla con el dueño del barcito para que le entregue prudencialmente las cervezas más frías, a discreción, para que finalizado el picadito, se pose sobre la oscura arena y mientras abraza a su persona favorita, degusten esa lata bien frappé al caer el atardecer. 

La imagen es casi de película, icónica de estas abrazadoras tardes, salvo que, en ese preciso instante, donde todo parecía estar perfecto, él siente una irrefrenable necesidad; ‘orinar’. Mira para todos lados, como extrañado de su condición de mortal: todos vamos al ñoba, y sale disimuladamente con rumbo a ese espejo de agua que antes contemplaba con parsimonia mientras su brazo se plegaba para que la mano acercara la cerveza fría a su boca. ‘Se mea’, y este hecho es visible en su retracción de pelvis, casi se dobla de ganas y allá va…

Mira a la derecha, sí a esa otra pareja que antes contemplaba de espaldas ¡y ahora nota que lo reconocieron!, y bueno, ya está echada la suerte se dice para sus adentros; ahora gira su cabeza en dirección contraria mientras relojea una vez más la cola del baño: dos tristes lugares para liberar esa tensión, no dan abasto. La retracción de la pelvis es más aguda. Sigue…

Ingresa a la ya húmeda superficie, eso enciende las alertas aún más; es como si lo invitaran a soltar amarras, a dejar ese contenido mililítrico que lo aqueja. Pero aún nota que tiene varias miradas clavadas en su extraño comportamiento, pero ya fue y no se puede volver de estas decisiones sin consecuencias.

Ya decidido, ensaya meter una mano, y la otra, se le viene a la mente haber escuchado que ayuda a bajar la temperatura corporal de a poco, pero su objetivo es otro; ahora hace como si se refresca el pelo, pero la furia ya es incontenible. Va a explotar, pobre. Ahora busca arrodillarse, casi en penitencia por el hecho aberrante que está por cometer. Y segundos después aparece esa cara de alivio inconfundible. El agua se calienta por algunos instantes, mientras los chicos se alejan de allí; él permanece inmóvil, casi estoico porque esa liberación exige quietud, casi una posición zen, y segundos después, sale casi como Rambo o Chuk Norris del agua, con cara de ‘soy yo’ el hijo de Jorel —Superman, digamos. Pero en realidad es un triste pillo que se meó.

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