Con la condena de la priora Toledo trascendieron testimonios de sus denunciantes

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Nogoyá.- Al cerrar el 2020, el Tribunal de la Sala I de la Cámara de Casación Penal confirmó la sentencia a tres años de prisión efectiva para Luisa Toledo, conocida como “María Isabel”, una ex madre superiora que sometía y torturaba a otras monjas en el convento de las Hermanas Carmelitas de Nogoyá, enclavado en la zona sur de la ciudad que funciona bajo la modalidad de clausura, cuyas religiosas no tienen contacto de ningún tipo con el exterior.

Hasta el año 2016, quien regenteaba a las monjas de clausura era Luisa Toledo, pero los abusos, sometimientos y torturas salieron a la luz en agosto de ese año cuando una de las religiosas logró escapar del convento y contó todo lo que en el interior sucedía.

Toledo fue condenada a tres años de prisión, por el delito de privación ilegítima de la libertad doblemente calificada, por uso de violencia y por su extensión en el tiempo, en perjuicio de dos religiosas, Silvia Albarenque y Roxana Peña.

Miguel Cullen, defensor junto a Guillermo Vartorelli de la religiosa, señaló que «la sentencia contiene contradicciones entre los hechos reales sustanciales y lo que termina decidiendo cuando aplica la norma, es decir se contradice en sus propios términos» planteando que el fallo no respeta la libertad de culto consagrada por la Constitución Nacional.

Luego de conocerse la sentencia, Silvia Albarenque fue quien habló recordando su paso por el convento de Nogoyá y contando de que manera impactó en ella conocer la condena de la ex monja.

“Recibir la noticia de la condena es sumamente sanador, más allá de que puedan parecer pocos tres años de condena para todo el daño que esta mujer hizo, es un daño que no se puede medir en el tiempo porque no solo lo hizo conmigo. Van seis jueces que de alguna forma están diciendo que estos hechos ocurrieron y fueron hechos delictivos que no tenían que ocurrir, que está mal que hayan pasado y es importante destacar esto porque la defensa se amparó mucho planteando que lo que pasaba en el convento, estaba dentro de las reglas y constituciones de la iglesia. Pero esto no es así, esta mujer extralimitó todos los recursos para fomentar miedo, infundir temor, manejarnos, dominarnos y someternos”, expresó Albarenque en medios nacionales y locales (TN y FM Zurich) reafirmando el concepto de que la sentencia significó un sentimiento liberador en ella: “veo todo lo que pasó y lo que pasa con respecto a situaciones de violencia y me siento muy identificada, siempre hablé con miedo y condicionada, sabiendo que decía la verdad pero con el miedo que hasta ese momento nadie me había escuchado, salvo el obispo que lo sabía desde tres años antes de que esto saliera a la luz”, recuerda Albarenque y cuestiona el silencio que guardó el obispo Juan Alberto Puiggari. “Estuve tres horas contándole lo que ocurría adentro a veinte días de haber dejado el convento, el obispo no hizo ni un gesto ni me dio siquiera una palabra, entonces me resigné a que tenía que naturalizarlo, hasta que todo salió en la prensa. En ese momento me sentí mas acompañada”, reflexiona y cuestiona como Puiggari se jactó en los medios diciendo “que todo lo que yo decía era una mentira, que el silicio era un alambrecito que apenas molestaba, pero dejó terribles cicatrices en nosotras”.

Silvia Albarenque ahora intenta llevar una vida normal, su paso por el convento no es una historia del pasado, sino que hasta la actualidad sigue dejando huellas en su personalidad. Al dejar los hábitos se sintió sola y cuestionada por la iglesia. “El único que me acompañó fue un ex sacerdote que me estuvo asesorando siempre, tuvo la excelente idea de que me hizo escribir todo lo que pasó para que yo pudiera hablar después, porque me costó mucho poder contar con mis palabras todo lo que pasó”, valora la ex religiosa, afirmando que hasta el día de hoy está con apoyo psicológico, “fue como estar en un campo de concentración e intentar salir a vivir una vida normal. Estoy rodeada de cariño y respaldada por profesionales, si no esto sería distinto, porque nos han denigrado hasta el punto de hacernos sentir que nacer fue una desgracia para nosotros. Era culpable de todo lo que pasaba en el convento, de las enfermedades que contraían las otras hermanas, yo tenía la culpa. La superiora hizo un trabajo conmigo como una gotera, día a día me fue agotando”, rememora.

Hoy Silvia está alejada completamente de la iglesia, y aclara que no solamente por lo que le pasó, porque luego de hacer la denuncia seguía yendo a misa, participaba de los grupos, “pero llegó un momento en que mi conciencia me interpeló y decidí no seguir perteneciendo a una institución que oculte tantos casos de abusos como algo sistemático. Incluso dentro de la misma iglesia me hicieron sentir muy culpable por hablar con la prensa”, afirma.

“Ese alejamiento me ayudó a mantener el equilibrio personal y mental, porque me infundían tanta culpa que ahora veo para atrás y me veo hablando con mucho miedo pese a tener toda la verdad. Cuando supe del abuso de los chicos en el Próvolo, ahí decidí separarme de la institución, porque estas cosas continúan pasando, se siguen ocultando y a los abusadores no los condenan, sino que los trasladan a otros lugares donde siguen haciendo lo suyo”, lamenta Albaranque y agrega que en ese momento dijo: “estas cosas no las puedo soportar más, por eso recalco que no me alejé solamente por lo que me pasó a mí, porque me di cuenta que desde mi lugar decía la verdad no por mí sino para que no siguiera ocurriendo. Hay que ver que si estos hechos no habrían salido a la prensa, esta mujer hubiera seguido siendo la superiora del convento”, reflexionó.

Hoy la ex religiosa, pese a su intento de vivir una vida de manera normal, tiene un peso en sus espaldas, como el silencio que guardó durante tres años, “me hizo sufrir la idea de que la otra denunciante de la causa soportara tres años más de tortura ahí dentro hasta que logró escaparse y eso me hizo sufrir mucho, porque yo tenía las herramientas para intervenir y no lo hice, pudiéndole evitar ese tiempo de tortura”.

Al ser consultada sobre lo que significaba un día en el convento de clausura, Albarenque, sin dudar, define a un día como una situación de mucho sufrimiento, “era sobrevivir constantemente, la esencia misma de estar todo el tiempo en clausura era difícil, no teníamos un recreo para salir a una plaza, no podíamos dispersarnos con un libro o con la tele, ni siquiera charlando con una de nuestras compañeras. Era solamente soportar y soportar”.

Pese a esto, Silvia no juzga a esa parte de la sociedad que no puede creer aún lo que pasó, porque es más fácil engañar a una persona que convencerla de que ha sido engañada. Por eso no cuestiona a quien no cree, “tengo la tranquilidad de haber dicho la verdad, no dije una sola mentira”. A la hora de dar un mensaje a aquellas jóvenes o mujeres que sienten el deseo de servir a Dios, Albarenque fue contundente: “a las jóvenes que quieran hacer lo mismo que yo, les digo que les van a mostrar algo antes de entrar, pero una vez que ingresen va a ser demasiado tarde y no van a poder salir. Yo recuerdo aún el grito de compañeras pidiendo por salir y aún están en el interior del convento. Ahí dentro es el narcisismo en su máxima expresión. Lamento informar a la sociedad que esto es así, es doloroso. Entré con toda la ilusión a los dieciocho años, dejando a mi novio en la puerta del convento para servir a Dios, pero sepan hoy que hay mil formas para hacerlo y no precisamente en ese lugar. Me da mucha tristeza recordar los depósitos llenos de comidas y ropas de abrigo, jamás dijeron “ya tenemos suficiente”, sin embargo afuera se sufren cientos de necesidades ¿Quién hace eso? ¿Quién vive así de donaciones de la gente?”, se preguntó.

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