María Grande- Este escrito que reproducimos a continuación fue publicado por Isaías Almada en sus redes sociales. Con su aprobación lo publicamos, a partir de la repercusión que tuvo en la comunidad su pensamiento trasladado a las palabras.

La vida puede ser sorprendente. Si no, basta con reparar en cómo estamos ahora y recordar cómo eran las cosas antes de todo. Sin ir más lejos, hace exactamente un año, el 20 de julio de 2019, y a esta misma hora, María Grande era una fiesta a cielo abierto con la celebración en simultáneo del Día del Amigo y la multitudinaria Fiesta de Disfraces de Bonche que además tuvo una «previa» -igual de exitosa- en la Plaza Centenario. Si hasta un viejo y querido amigo de todos nosotros, el Reloj Municipal, se atrevió a dejar de lado por primera vez su clásica solemnidad para ser protagonista destacado del festejo. Acostumbrado a acaparar las miradas de naturales y extraños, esa peculiar noche veraniega de invierno no fue la excepción.

Con su gran antifaz veneciano proyectando luces como si fueran ojos, una vez más, se llevó todos los flashes y les hizo saber a los vecinos que no estaban del todo convencidos todavía, que María Grande le decía sí, definitivamente sí a esa fiesta impresionante, planificada con precisión en cada aspecto; en función de la cual lo público y lo privado se integraban para que todo salga bien. Una celebración que en cada edición pudo ser disfrutada sin mayores excesos, porque la diversión y el disfrute son posibles sin violencia y nuestros jóvenes apuestan a eso a pesar de la «mala fama» que tantas veces la sociedad adulta -con toda intención- les confiere para lavar sus culpas y renegar así de la paternidad de muchos de los problemas sociales jamás resueltos, que los tienen precisamente a ellos como sus víctimas más perjudicadas. Una fiesta que además nos posiciona turísticamente junto a Termas e Interlagos, entre otros beneficios que no viene al caso mencionar porque no pretende ser éste un informe de gobierno.

Las epidemias matan el cuerpo y el alma. El coronavirus nos está recordando la importancia del contacto físico. En el Día del Amigo y al evocar celebraciones masivas valorizamos que el ser humano necesita tocar a sus semejantes, sentir su cercanía. Por desgracia, a veces, experimentamos esa necesidad sólo cuando se propaga una catástrofe. Cosa curiosa, aún con nuestras diferencias y divisiones a cuestas, todos los hombres somos hermanos en el sufrimiento. Y esto es así porque la verdadera grandeza del ser humano reside en su capacidad de amar. Los unos sin los otros no somos nada. Mujeres y hombres somos seres frágiles y dependientes, peregrinos en un mundo que ni siquisiera sabe cómo depurarse de nosotros sin tener que acudir a una glaciación. Somos seres inexorablemente concebidos para vivir en comunidad aunque con frecuencia nos cueste soportarnos.

Extraña relación la del hombre con sus símbolos. Hace exactamente un año, presencié un hecho curioso: algunos automovilistas disfrazados y otros de civil, al pasar por el Reloj le tocaban bocina! Esta noche se parece en muy poco a aquella pero si pasás en auto por nuestro característico monumento bien le podes dedicar unos bocinazos! Cada media hora el Reloj Municipal devolverá el saludo haciendo sonar su histórica campana, recordando a cada mariagrandense y a todo visitante desprevenido que él sigue ahí como desde hace casi setenta años: con antifaz o con su cara descubierta, en libertad plena o en cuarentena, en la noche de fiesta o en una de pandemia, en el luto que rogamos que no llegue y en los días felices que pronto volverán…

¡Feliz Día para todos mis amigos reales y virtuales que me acompañan en el imprevisible camino de la vida!

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