(P. José María Aguilar – Especial para Paralelo 32).-  Desde la década del 90 me preocupa el corrimiento del varón-padre de las relaciones en la familia y en la sociedad.

En aquellos años se hablaba de la post-modernidad y en la primera década del siglo XXI de cambio epocal: estos son indicios de que la cultura está cambiando y es la oportunidad de dar una nueva configuración al varón-padre.

No tengo respuestas certeras, sólo intuiciones que quiero compartir, aunque esté influenciado por un cierto patriarcado clerical, como dicen algunos.

Me gusta partir de una realidad común, o sea de todos: nacemos hijos, existimos como hijos; nacemos de una relación, existimos por una relación. La persona humana es un ser en relación.

Detenerse a pensar en nuestra realidad de hijo no es frecuente, no existe en la sociedad celebrar el día del hijo, aunque se esté proponiendo. No nos entendemos si no resolvemos nuestro ser hijo. La relación con nuestros progenitores es fundamental para encarar luego la relación con los hermanos, con la esposa o el esposo y fundamentalmente con los hijos. En estas relaciones a veces hay mucho dolor, sufrimiento, que hay que enfrentar y comprendernos desde allí también. No nos entendemos como hijos sino es a través de nuestros progenitores y aquí radica la importancia de reflexionar sobre el padre.

Desde el punto de vista de la cultura que hemos heredado, en la cual “vivimos, nos movemos y existimos”, citando a San Pablo en Atenas, el mandato de la sociedad a los varones/padres es muy exigente en cuanto tienen que demostrar a los demás el éxito-potencia en lo económico, en lo social, en lo intelectual, sin tener en cuenta lo afectivo, lo íntimo y lo doméstico. Algunas feministas dicen que estos mandatos no cumplidos llevan a la violencia de género (entre ellas Rita Segato). No podemos separar al varón del padre.

Volviendo al tema de las relaciones, Luigi Zoja, psicoanalista junguiano, dice en su libro El gesto de Héctor, que el padre siempre tiene que adoptar al hijo cuando éste nace para hacerlo suyo, en contraposición con la madre que tiene una relación unitiva desde el embarazo. La relación del padre, en cambio,  siempre es desde fuera. Para mí este punto fue muy revelador en mi condición de no haber engendrado hijos, me sentí en igualdad de condiciones. Esta observación de Zoja nos habla entonces de un modo psicólogico, cultural de ser padres, de entablar una relación con aquellos que “adoptamos” como hijos y con sus madres y viceversa. La paternidad es una tarea que lleva toda la vida desde la concepción del hijo.

Creo que es importante la educación de los varones para lograr cambios en su identidad de género como en la paternidad (acá constato que la educación está más que nada en manos de las mujeres). ¿Cuáles serían los aspectos y valores a educar? Hay mucho, señalo sólo uno que creo que es raíz de los demás: formar para ser responsables, hacernos cargo de las relaciones a lo largo del tiempo.

En lo evolutivo, la primera relación es la de pareja: hacerse cargo de esa relación, exclusiva y excluyente de otras en el mismo nivel. Cuando se puede hacer cargo de la relación con esta mujer en concreto, fluye el hacerse cargo del hijo que ha engendrado y que no siente, sino por medio de los dichos de esa mujer/madre.

El nacimiento y los primeros tiempos del hijo lleva al varón a sentirse medio inútil, ya que no puede alimentarlo, es nuevo en estos trabajos. Por eso el surgimiento de las llamadas “nuevas masculinidades” favorecen la actividad compartida: estar con el bebé, con el niño, el juego, el disfrute y el fortalecimiento del vínculo (el español F. Vidal en su libro “El Día del Padre…”, publicado el año pasado, nos muestra la ternura del faraón Akhenatón con sus hijas e hijos testimoniada en las piedras esculpidas)

En la adolescencia y primeros años de la juventud, el hijo pone un distanciamiento para afirmar su identidad y al padre le cuesta buscar un nuevo modo de seguir presente  según las necesidades del hijo. Cuando los hijos toman caminos distintos, es el padre que se aleja no sólo del hijo, sino también de la madre: no hay “padres del paco”. ¿Será porque a partir de los patrones culturales se sienten impotentes?

Pero como la paternidad es relacional, del otro lado se encuentra la filiación: el hijo puede rescatar a su padre. Es toda una aventura que transité en mi vida personal. La personalidad del padre, la educación recibida, los tiempos de trabajo, la esposa/madre en la casa encargada de los hijos puede poner distancias. El hijo, al tomar conciencia  puede dar la vuelta y buscar al padre, sacarlo del anonimato o hacerlo más presente en la vida. Creo que en la adultez ya se da una amistad y complicidad que termina con el cuidado al propio padre (F. Vidal nos pone el ejemplo de Confucio que basó la educación de su hijo en la piedad filial).

Hoy hay muchas mujeres y varones que no tienen una buena relación con su papá, también las niñas y los niños.  Esta constatación no debe llevarnos a silenciar la paternidad, sino al contrario a recrearla como sociedad.

Deseo que el próximo domingo sea un Domingo Feliz, para los papás, para las mamás y para todos nosotros los hijos: todos involucrados en la “paternidad”.

 

(*) José María Aguilar es párroco de la Parroquia San Roque, de la ciudad de Victoria.

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