Cartas escritas en papel

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Hace tiempo me crucé con un amigo en la calle, de esos bohemios que intentan preservar cosas a pesar del paso del tiempo, le gusta la música de los ’80, el deporte, el vino y las charlas que añaden más de lo que quitan. Me dijo que se estaba escribiendo cartas con otros amigos que ya no estaban en el país. Algunos desde el final de la secundaria, otros al término de su carrera de grado, pero todos valoraban esa comunicación y la sostenían casi como un ritual.

Esa confesión me disparó varias ideas mientras aquel hombre seguía contándome de la suya, recordé aquellos buzones gigantes que había en la ciudad, ya fuera en la vereda del policlínico o frente a la placita del Quinto Cuartel; las cartas que nos hacían escribir en la hora de Lengua al hogar de ancianos, y las hojas que rompí antes de escribirle a alguna enamorada del barrio, sin tanto protocolo.

Ese último sentimiento confieso que hacía estragos en las estructuras gramaticales de un joven heredero del oficio periodístico, que ni siquiera había empezado la secundaria pero ya le escribía a sus compañeros las cartas para sus noviecitas. Llegaría el momento de intentar conquistas desde el propio puerto y esa hora no siempre me deparó venturosos vientos.

Las cartas tenían su encanto, porque hasta a las dedicatorias por la radio había que llevarlas escritas. Era como un sello de comprometida decisión. Ese tiempo también permitía entregarse a las lecturas, tenían otro sentido los diarios íntimos, o una agenda donde proyectar futuro. Escribir era sinónimo del comienzo de algo.

Pasados los años, supe que en una Unidad Penal de la provincia estaban desarrollando un proyecto de escritura de cartas, y me pareció una excelente idea, porque escribir con papel y lápiz, luego pasarlo en lapicera —cuando ya tenía el okey de la conciencia, o del cometido del mensaje— significaba todo un proceso de internalización de emociones, y externalización de significados, que habilitaba un replanteo del propio presente.

Hoy con tanto dispositivo a la mano, borramos con naturalidad una idea por otra… todas parecen tener el mismo valor. Lo mismo cuando enviamos una catarata de mensajes con la espontaneidad de un recurso que nos permite eso, no pensar demasiado lo que escribimos, pareciera que detenerse a elegir contenidos para mejorar la comunicación es tan cuestionable como poco original.

Pero la velocidad no era el atributo de la carta, mucho menos si había que contar algo nuevo, poner en situación a alguien de un problema, y por más quilombo que se armara después, la carta no era la culpable; más bien era una forma elegante de anticipar, morigerar, pero con fuerte carácter de sinceramiento, era también la validación de nuestro pensamiento: ‘es la letra de él/ella’, de eso no hay duda.

Hoy con tanto perfil falso, ni cuando uno de tus contactos te escribe ofreciéndote dólares le crees, primero porque la mayoría no los tiene, y segundo porque seguro lo hackearon. Andá a hackear la firma de tu vieja, sólo había un par de iluminados en el curso, y uno iba conmigo. Cobraba por su delineada actividad, y al término del día se lo veía sonriente en el kiosco del recreo, disfrutando su Palito de la Selva, Jirafita de Bazzoka o chocolate Misky sin el menor remordimiento.

Escribir en papel, leer sobre ese formato por varias hojas antes de sacar una conclusión (claro, porque la carta se resolvía al final, como todo bien libro) u organizar una oración para hacerle entender a otro algo, parecen cosas del pasado. Uno siente nostalgias de ese entonces, donde envío y recibió cartas con el mismo entusiasmo y nerviosismo. Seguro hay miles de cartas dando vueltas al mundo en este momento, recordé esto también cuando leí algunas de Malvinas por estos días, tan movilizadoras como cercanas; por todo eso, no dejemos de poner en puño y letra aquello que pensamos, quizás algún día puede ser un libro, un proyecto, un consejo, lo que ustedes quieran. Escribir sobre el papel en blanco es tanto un desafío como una premisa que para completarla necesita de nuestras ideas. ¡Vivan las ideas!

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