Nogoyá (Mirko Reinoso – Paralelo 32).- Un nuevo agosto ha llegado y la tradición se vuelve batalla. Por fuera de cualquier autoridad de salud y de los comités de emergencia sanitaria, los habitantes del litoral en su mayoría fieles a su creencia pagana, son capaces hasta de llegar a decir que este 1º de agosto es el golpe final al coronavirus, que “el bicho” no podrá hacerle frente a la costumbre ancestral de los tres sorbos de caña con ruda en ayunas.

Más allá del folclore que encierra y quizás superstición, con la multiplicación de los medios se expandió también esta costumbre que fue de pocos pero crece y se expande, lo cierto es que la caña con ruda se ha vuelto un producto de alta demanda en las últimas semanas. Incluso aquellos descreídos del rito pagano, hoy deciden sumarse a la causa para dar batalla al virus desde la tradición litoraleña.

Pero más allá del tinte desafiante de este día, que se espera con aristas similares a la final de un partido de fútbol, queda un sabor amargo en la comunidad. Y ese sabor amargo, justamente no es por el brebaje de la caña con la hierba, sino que responde a la ausencia del momento compartido, porque de eso se trataba más que nada.

El 1º de agosto todavía no conocía los rayos del sol, pero ya en las oficinas públicas y por toda la ciudad andaban aquellos repartidores de caña. Que eran docentes, jubilados, albañiles, políticos, pero entrado el mes de agosto, por un día asumían un nuevo oficio y se hacían distribuidores de la bebida popular.

Cada uno con su receta, la que relataba orgulloso ante quien la bebía como la había preparado. La miel, la cáscara de naranja, la canela o si era ruda macho o hembra eran variantes para el sabor y el maceramiento de la bebida.

Cualquier autoridad de la Organización Mundial de la Salud, si viera nuestro rito estaría asombrada y lo consideraría un factor de alto riesgo para el contagio del coronavirus, pero nosotros jamás lo vimos así. Si eran diez personas en una obra, el repartidor de la bebida ofrecía siempre del mismo vaso. La caña pasaba de  mano en mano, de boca en boca y era como tener un alta médica con nuestra madre tierra.

Más allá de la pandemia que nos castiga, corresponde en este día recordar y tener presente a Don Oscar Beltramino. Un gaucho de los de antes, que defendió hasta sus últimos días los ritos y tradiciones del pago. Siempre anduvo con varias botellas de caña con ruda recorriendo el pueblo e incluso, entrando a las nueve décadas cuando sus piernas ya no le respondían, se las ingenió y montó un pequeño bar en el garaje de su casa que solo abría el 01 de agosto.

A Don Cresta, el propietario del bar que se encontraba al borde de la vía del ferrocarril en Villa 3 de Febrero, que no solo vendía la botella de caña sola, sino que se tomaba el trabajo de preparar el brebaje en cantidad y ofrecerlo como un producto más en su comercio.

Vinoteca Don Atilio, que en la última década además de ofrecer la caña, organizaba peñas musicales para celebrar el día de la madre tierra.

Y por el año 2012, quien escribe estas líneas recibió, de manos de otro defensor de las cosas nuestras, un texto al que recurrió ocho años después y creyó pintoresco realizar una comparación con la realidad.

Ramón “Coco” Acosta ya no está entre nosotros, fue conductor radial de programas de folclore y chamamé, conocedor de nuestra música y costumbres, y en su texto decía “entramos en agosto y hay que seguir “apechugando”, a pesar que a muchos no les agrada el frío, continúan las temperaturas bajas finalizando las vacaciones de invierno, con docentes calentitos, con días de paro y padres con temperaturas elevadas por falta de clases”, dejando en evidencia que los conflictos docentes también podrían ser parte del paisaje tradicional del inicio del mes de agosto.

“Lo cierto es que el ‘mes de la guadaña’, dice Acosta en su texto, “se encuentra entre nosotros y hay que tratar de afrontarlo de la mejor manera posible, abrigándonos mejor, “echándole algo más al cinto” como decían nuestros abuelos. Pero los más precavidos, ni bien pisaron agosto, habrán hecho la prevención para todo el año, tomándose la consabida copita de caña con ruda, arrimada por la amabilidad de Don Oscar Beltramino o del Alcides Muñoz, por mencionar a algunos de los más conocidos en la distribución de tan esperado brebaje, no solamente curativo de enfermedades del cuerpo como resfriados gripes, dolores de huesos, sino también ahuyentador de maleficios, males de ojo y otras yerbas”, menciona el texto.

Y el cierre de la misiva de 2012, nada alejado de la realidad de 2020, dice: “nos guste o no, con sus fríos y sus heladas, con nuestras carencias y nuestras angustias, agosto está entre nosotros y que sólo es parte de esta estación, que como decía aquella frase famosa que acuñara hace varios años algún político, lo importante es que hay que pasar el invierno”, cierra Acosta.

Se podría hasta definir como triste, esta suerte de destino del pueblo argentino que siempre nos dijeron que la benevolencia viene después, que después que pase todo esto, la cosa va a cambiar.

Pese a esto (y por suerte) la tradición está intacta, nuestra generación ancestral hoy revive un poquito en cada sorbo de caña con ruda, por supuesto que cada uno desde su casa y en su propio vaso. Si es el último round para el coronavirus como parafrasea algún meme, no lo sabemos y más vale no descuidar el protocolo para evitarlo, pero si podemos asegurar como decía la gran Mercedes Sosa, que la cultura es lo único que puede salvar a un pueblo.

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