Bioconstrucción: manos a la tierra y acceso a la vivienda

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Foto: Flor Guzzetti

Por Jésica Bustos (Fundación EcoUrbano).- Arquitectura ecológica y sostenible. Desde hace por lo menos 50 años, existe una necesidad vital de reducir la huella ambiental que los seres humanos producimos en este planeta. Evaluar e intentar frenar los impactos negativos que conllevan nuestras actividades. El aumento de la temperatura media global, los índices alarmantes de contaminación de suelos, aire y agua, la escasez de recursos básicos y no renovables, apuntan a repensar los modelos actuales de explotación y la manera en la que desarrollamos nuestras vidas.

El desafío es pensar otras lógicas para habitar. Otros caminos posibles que den respuesta al acceso a la vivienda con el menor impacto ambiental posible y en un país donde el déficit habitacional alcanza a 3,5 millones de familias. Las técnicas de construcción con material naturales ganan terreno con el correr de los años y los avances en materia de investigación y optimización de recursos.

Bienvenidos a la bioconstrucción

La bioconstrucción es muy rica en ese sentido. Es una forma de arquitectura particular que busca la integración de las edificaciones al entorno. Para ello, se trabaja con adobe, paja, madera, bloques de tierra, cañas y hasta vegetación para recubrir techos. Incluso puede emplearse técnicas mixtas en las que se incorporan materiales reciclados como los neumáticos, el PET y el vidrio.

Además de los beneficios ambientales de este tipo de construcción, el trabajo con materiales naturales permite reducir los costos de obra y los energéticos, ya que la premisa fundamental es sacar provecho al máximo de los recursos y del entorno.

La permacultura es un término relativamente joven, que nació en Australia a fines de los años setenta. Se puede entenderla como una mirada amplia e integral que busca dar respuestas a las necesidades humanas sin destruir, contaminar ni agotar los recursos naturales. Construir o pensar nuevas lógicas a partir de los lineamientos de la permacultura implica un sistema integral, que incluye varias disciplinas como la ecología, la economía, el diseño y la arquitectura.

Diseñar pensando a largo plazo, en clave sostenible y amigable con el ambiente que nos cobija. De allí podría decirse que se desprende la bioconstrucción, un tipo de arquitectura que apela al trabajo con materiales de la misma naturaleza, que no alteren el entorno y que sean accesibles.

Manos a la tierra en minka

En la Costa Atlántica, en la ciudad bonaerense de Miramar, existe una cooperativa que se dedica no sólo a construir a partir de la tierra sino también a hacerlo pensando en ella. El equipo de trabajo de la Cooperativa Greda está formado por nueve miembros plenos y hasta siete colaboradores, que se suman de manera eventual en las distintas áreas de trabajo. Arquitectos, maestros mayores de obra, carpinteros y herreros, forman parte de un ambicioso proyecto comunitario que busca garantizar el derecho a la vivienda digna y de calidad.

Joaquín Castro, secretario y miembro de la cooperativa hace cinco años, explica que se organizan en asambleas mensuales y que la clave para que los proyectos crezcan, es la comunidad. “Hace 11 años que venimos de un proceso de autoconstrucción de nuestras viviendas, nacimos alrededor del barro, a partir del sueño de cumplir el derecho a la vivienda propia”, comenta.

Castro resalta la diferencia entre las estructuras de trabajo convencional y la que construyen en la cooperativa: “Todos los sábados nos damos una mano en la construcción de las viviendas y de esa manera compartimos saberes y experiencias, desarrollando el oficio”.

Es que una de las grandes diferencias entre este tipo de construcción sostenible y la convencional, son los métodos que se utilizan y el resultado virtuoso del trabajo en equipo. “La construcción en barro está ligada a un entramado social, a la construcción de redes incluso por fuera del vecindario”, advierte.

Allí, en el Parque Bristol de la ciudad de Miramar, tiene lugar el Movimiento Natural Minguero, que organiza jornadas de trabajo voluntario en las que las y los vecinos se acercan a circular los saberes y generar comunidad real, además de ayudarse a construir sus viviendas.

La minka o minga es un término propio de las comunidades originarias de nuestra América, utilizado para describir un sistema de trabajo colectivo y comunitario que cuenta con el compromiso individual de los participantes para garantizar un beneficio a favor del conjunto.

Pareciera que lo que destaca a este tipo de construcción sustentable no es el qué sino el cómo. Castro, profundiza sobre este tipo de organización y explica que “la minga es una herramienta llana, sin jerarquías” mediante la cual “se desarrollan lazos solidarios y se construye tejido social”. Es por esta razón, que, para la cooperativa, “a partir de la construcción del derecho a la vivienda es que se construye comunidad y al mismo tiempo, se accede a ese derecho”.

Las construcciones naturales se construyen a partir de materiales locales, de bajo costo, resultan eficientes y sostenibles. Sus techos verdes refrescan la casa en verano y conservan la temperatura en invierno, al tiempo que mejoran la calidad del aire del ambiente debido a la capacidad que tienen las paredes de barro para regular la humedad. El abastecimiento energético depende del proyecto: puede conectarse a la red eléctrica convencional o abastecerse con paneles solares.

En cuanto al impacto ambiental de la construcción convencional, Castro señala que este tipo de construcción con barro disminuye notablemente la huella ambiental ya que “los materiales orgánicos hacen que los residuos que se generan por la construcción sean mucho menores o reutilizables” porque parte del trabajo artesanal que realizan, permite recurrir a elementos reciclados para la construcción de la vivienda y bajar los costos de construcción.

En bioconstrucción, multiplicar no es estandarizar

El método natural permite hacer viviendas en cualquier terreno, siempre y cuando se sigan los lineamientos de esta particular manera de entender el todo como un engranaje que sólo funciona, si se atiende al mismo tiempo cada parte.

Castro explica que en bioconstrucción “no se puede pensar dos casas iguales en territorios totalmente diferentes”. “Esa es la gran diferencia entre la construcción industrial y la construcción natural —precisa—. La primera propone hacer la misma casa frente al mar, en el medio del desierto o arriba de una montaña. En cambio, la construcción natural te plantea que observes el entorno para construir en armonía con él.”

El método de trabajo de esta cooperativa permite que los proyectos que se llevan adelante hagan convivir las técnicas ancestrales con la arquitectura convencional, porque entienden a la construcción natural “desde la lógica de la mixtura” entre «lo que es la arquitectura convencional con lo que es la arquitectura tradicional en barro».

En ese sentido, detalla Castro, se permiten utilizar elementos industrializados propios de cualquier obra o materiales de reciclado como botellas, pero principalmente se sustentan con tierra cruda y paja. En el caso de la reutilización de las botellas plásticas o de vidrio, se pueden utilizar en el interior de la mezcla de barro para ganar volumen, como elementos decorativos para el ingreso de luz, además de aportar cierta aislación térmica y acústica.

¿Se puede pensar en proyectos masivos y a gran escala a partir de esta técnica? La respuesta es sí, pero atendiendo los pilares fundamentales del trabajo con la tierra: la sostenibilidad, la comunidad, los materiales y el bienestar. Castro explica que «no puede haber ambientalismo ni permacultura ni intento de transformación de la realidad sin estar anclado en la sociedad», ya que «la inserción social y el trabajo comunitario es fundamental como tejido de red social para la vida cotidiana».

En Argentina existe legislación que habilita la construcción con materiales naturales en varios municipios de distintas provincias como Chubut, Rio Negro, Neuquén, Buenos Aires, La Pampa y Salta. En 2010, el municipio de Luis Beltrán, Río Negro, fue el primero del país en sancionar una ordenanza en materia de bioconstrucción. Le siguieron, Colonia Barón (La Pampa), San Martin de Los Andes (Neuquén), Bariloche y El Bolsón (Río Negro), Tornquist y Mar del Plata (Buenos Aires), El Hoyo (Chubut), Cachi (Salta). En 2015, Santa Rosa (La Pampa), se convirtió en la primera ciudad capital de una provincia en habilitar esta técnica de construcción.

Casas vivas, albañiles de la tierra

Matías Maiza es albañil y forma parte de una sociedad de trabajo de Trenque Lauquen, Buenos Aires, llamada Albañiles de la Tierra. Formada en 2013, se dedican a la construcción de viviendas bioclimáticas hechas con adobe. “Los materiales siempre son del lugar, por lo que se adaptan a la zona donde se va a construir. Antes de hacer una vivienda se hacen pruebas y esto permite realizar una casa en cualquier parte aplicando diferentes técnicas”, detalla.

Para Maiza, todo es ventaja y es un convencido de que este tipo de construcción “invita a la creatividad, a la autoconstrucción, al aprendizaje, a la inclusión” y que no se necesita ser un experto para preparar el material, aunque sí son necesarios los conocimientos básicos de construcción.

En este sentido, Castro afirma que una de las desventajas que tiene esta disciplina, si se la mira desde la óptima de la construcción convencional, es el tiempo de secado. Las obras de barro trabajan a otro ritmo por lo que es necesario “aplicar el método constructivo natural más acorde para ajustar el proyecto al espacio donde se planea construir”.

Pero advierte que la desventaja más grande es la cultural, porque estamos “atravesados por la era del cemento que tiene solamente un siglo, entonces hay un prejuicio muy grande con la construcción en tierra”, sobre todo en “los sectores populares donde el ladrillo es aspiracional”.

A pesar de ello, la bioconstrucción puede tratarse de una solución a la falta de acceso a la vivienda digna. En cuestión de costos, es más económica que la construcción convencional, por lo tanto, más accesible a los sectores más vulnerables. “Si uno contrata un constructor tenés un 30% menos de gastos que en construcción convencional. Y si tenés la mano de obra, los costos se abaratan muchísimo más, alrededor de un 60 o 70 por ciento, según el estilo de construcción que se quiera hacer”, señala Maiza.

Desde esta mirada holística de la arquitectura ecológica, pareciera que existe una conexión indiscutible entre lo que se desea y lo que se logra realizar, atendiendo al proceso de transformación no sólo del espacio a habitar sino también de la persona que ejecuta el plan. Para Maiza, la bioconstrucción «aporta a la paz del mundo porque es una manera de respetar el medio ambiente y es una forma de valorar lo que nuestros ancestros hacían. Eso conecta mucho con el corazón humano».

«La vivienda no hay que pensarla como una cajita de té emplazada en un territorio. Desde la lógica de la bioarquitectura, orgánica, no se piensa solo paredes hacia adentro de la casa sino como parte de un espacio integro, donde se va a desarrollar la vida familiar. Por eso se busca contar con un lugar para cultivar alimentos, un espacio lúdico con una buena orientación respecto del sol, una buena orientación respecto de las características atmosféricas del espacio, para bajar los requerimientos de energía. Generar viviendas de calidad», completa Castro.

El barro en la academia

La bioconstrucción que crece cerca de las comunidades, se traduce como bioarquitectura en la academia, donde la vuelta a los materiales naturales también está en construcción. Por ejemplo, la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires ofrece un curso de posgrado en arquitectura sustentable desde 2016. Por su parte, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), a través de su Programa de Tecnologías Sustentables, acompaña y fomenta proyectos territoriales de bioarquitectura que hagan uso de materiales naturales. Entre esas tareas, el área del INTI proyectó un salón de usos múltiples experimental basado en los principios de la bioarquitectura, cuyo contenido y planos se pueden descargar de forma libre.

Carolina Gutierrez es arquitecta, albañila y tallerista. Trabaja bajo la premisa de que es necesario deconstruir el oficio y la profesión, por lo que se hace imprescindible hablar en términos de géneros. “Todo lo que se hace en la arquitectura y la construcción, se rige por las formas patriarcales y persigue un fin meramente capitalista. La habitabilidad de los espacios, la calidad constructiva, la dignidad del trabajo, los cuidados de la vida de quienes construyen y de quienes habitan luego, queda relegado a la ganancia monetaria y la rapidez de la materialización”, advierte.

En este sentido, hecha luz sobre la formación profesional y el recorrido atomizado que deben realizar tanto estudiantes como profesionales para poner sobre la mesa como opción, la alternativa sustentable de la bioconstrucción. “La academia también necesita deconstruirse. Durante la carrera solo hay materias electivas que tratan la sustentabilidad, pero de bioconstrucción nunca se habla. Hay algunos referentes de esta técnica, pero se dedican a la investigación de posgrado. El barro está mal visto”, señala.

Y en este sentido, así como la construcción natural irrumpe en el esquema convencional del cemento como única opción, es que se plantea la necesidad de un cambio de perspectiva a la hora de pensar soluciones habitacionales para el conjunto de la sociedad.

Gutierrez afirma que lo que puede dar respuestas al problema del acceso a la vivienda digna será la capacidad de “desarmar la división sexual del trabajo y compartir los saberes de la arquitectura y la construcción” sumado a la generación de “confianza suficiente para salir del letargo de acción en el que nos puso el patriarcado respecto de los trabajos productivos, para conseguir nuestra autonomía económica y animarnos a construir”.

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