Belgrano: A los que siembran odios, diles aunque me aclamen, que ellos me han olvidado

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Por Raúl Pedemonte (Instituto Belgraniano de Rosario)

Es cierto que los momentos cruciales que vive el país por la crisis sanitaria, económica y social generada por el Covid-19, están signados por el dolor, la incertidumbre y la profundización de las desigualdades, pero también por la esperanza de realizar un cambio de paradigma donde la democracia cumpla con su ideal de construir un país común, con desarrollo equitativo y sostenible que conjugue el pluralismo de los diversos sectores de la sociedad civil en un proyecto que incluya a todos, una vez superados los efectos más graves de la pandemia.

El objetivo de la democracia es dar importancia a los requerimientos de los ciudadanos y el pleno funcionamiento de las instituciones de la República. También, la búsqueda de consenso sobre el futuro de un sistema político, económico y social agotado mucho antes de que nos azotara la peste del coronavirus.

La recuperación definitiva de la Argentina sólo estará asegurada si se definen correctamente los objetivos estratégicos de mediano y largo plazo orientados a un propósito real y tangible de coincidencia nacional. Entre esos objetivos debe ocupar un lugar superior y prioritario el que se refiere a la necesidad de que los argentinos interpretemos y valoremos el ejemplo de sacrificio, austeridad, abnegación, desprendimiento y amor a la patria que nos legó Manuel Belgrano.

Belgrano, hombre con ideas, con pasión, con heroísmo, con ejemplos y actitudes traducibles en conductas cotidianas, de gestos serenos y firmes de dignidad moral y construcción ciudadana, fue actor y protagonista de las ardorosas luchas épicas que se libraron en defensa de la libertad e independencia nacional, escribiendo páginas memorables para la historia de la Argentina naciente y también para la consolidación de los valores morales que alimentan el crecimiento espiritual de una Nación.

¿Quién fue este hombre?

En 1920 cuando se cumplió el centenario de la muerte del Manuel Belgrano, en la Universidad de Buenos Aires Ricardo Rojas pronunció una oración que por su valor histórico, contenido literario y ejemplo de civismo para todos los hombres y mujeres que aman la libertad, me parece oportuno reproducir algunos de sus párrafos más salientes al evocarlo en el bicentenario de su paso a la inmortalidad:

«Allá, junto a un altar abandonado de los viejos cultos de América, se me apareció la sombra del patriarca…
Me dijo que sus manos vagaban todavía sobre nuestra tierra: que su misión no había concluido, que le esperaban duros tiempos de prueba a los argentinos. Entonces, una mansa voz comenzó a hablarme de esta manera:
Yo amé a los extranjeros que a mi patria llegaban en las naves del mar, pues uno de ellos fue mi padre. Yo inventé nuestra Bandera, para que los hijos de la inmigración como yo, pudieran también amarla. Yo amé a los indios, porque ellos eran el primer boceto de la humanidad en nuestra tierra, y ellos me pagaron aquel amor secundándome en las hazañas. Yo amé al artesano y al labriego, y por su liberación trabajé desde los días del consulado. Yo respeté a los maestros y fundé escuelas, porque supe que la ignorancia es el antro de toda fatalidad en la historia. Yo amé a mis adversarios y abracé a Tristán vencido frente a mi tropa vencedora. Yo recogí los muertos de mil batallas en una tumba común y sobre sus restos puse una cruz de amor en Castañares, confundiendo en un solo manto de la santa tierra a los combatientes de la víspera. Yo no odié a España donde me eduqué, sino a sus instituciones injustas, y quise superarlas por un ideal de justicia. Yo perdoné a los gobiernos que me degradaron y a las muchedumbres que me desconocieron. Yo entré en la lucha sin rencores y cumplí mi deber con resignación y mi agonía fue serena, porque nunca ambicioné poderes, ni lucros, ni honores. La patria fue para mí una forma perfecta de religión de amor en los suaves colores de mi Bandera… Si hay allá abajo, todavía, gentes que siembran odios, diles aunque me aclamen, que ellos me han olvidado…”

Esto dijo, señores, la sombra del patriarca: “Vosotros diréis si ha sido un sueño, o si ésta es una de esas cosas verdaderas que sólo oímos y vemos en los sueños».

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