Añoranza del bombuchazo

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Recuerdo tardes a pleno sol inflando globos en una de las canillas públicas del 3º Cuartel, dedos temblorosos por el apuro de cerrar esa ‘bombita’ de agua para seguir jugando al carnaval. Alguien más allá conectaba la manguera a un fuentón plástico o los dejaba en algún jarro de acero inoxidable listos para la emboscada. La disputa siempre se hacía entre vecinos primero, aprovechando las altas temperaturas y el final de la siesta.

Incluso se llegó a instaurar horarios para mojar y ser empapado, “prohibido después de las 18:00”, y había códigos como el de “por más linda que sea, si va a trabajar no se molesta”; “añadir bastante agua a la bombucha para que no duela el impacto”; “dejar de lado el orgullo y salir con algunos compinches por si pasaba alguna ‘chata’ (camioneta o pick up) no quedar atrapado en tamaño bombardeo”. Pero si algo aprendimos de aquellos años mojados fue a mirar a lo alto de las casonas, donde las terrazas servían de trinchera y faro de control ante algún desprevenido peatón/a que osara pasar por allí.

El bombuchazo no reconocía locación preferencial… era del barrio, a puro potrero y descalzos evitando el caliente asfalto; pero también ‘del centro’, de la plaza, de ese que tenía patio o cochera con canilla en el frente, y el pico exacto para que no se rasgara el globo.

Y la euforia era tal que no había kiosco donde faltara la bolsita atada a una soga, entre diarios y revistas, visible desde el exterior. Porque la emoción era tal que ni se pedía la bombucha, se señalaba con el dedo ante la consulta del vendedor. ¿Qué vas a llevar pibe? Dedo en alto y cara de pocos amigos, y cuando ibas por la afirmativa de ¿globos? La siguiente duda hacía aflorar nuestros conocimientos más profundos sobre matemáticas: entre el tres por diez, o deme toda la plata, la mano soltaba el bollo de plata sobre la mesa, aturdidos y a la vez complacidos por la segunda opción.

El que tenía la bolsa de bombuchas era como el dueño de la pelota, ese día era un crack, amigazo, al que todos le prestaban atención. Y cuando se te cortaba el pico en plena atadura, lo primero que te venía a la mente era, cuántos te quedaban en ese compartimento rasgado de un tirón con la boca, ¡Preocupación latente que obligaba a sacar todos y contar! 6, 5, 3, uno pinchado, otro banana –que era como tirar una calabaza giratoria al cielo– y ese: perfecto, redondo, azul, que dejabas como trofeo adentro de la remera, mojada previamente para mantener la temperatura —ponele— y, al juego de nuevo.

Correr con ojotas o ser corridos también resultaba ser un arte poco explorado hasta ese momento. Uno caminaba con dificultad, arrastrando uno y otro pie hasta la vereda, a comprar el pan, incluso al mismo kiosco donde adquirió las bombuchas. Pero ¡ahora! Correr era lo único que evitaba que ese malón de aguateros desquiciados nos diera alcance.

Fue así que un día, Carlitos abrazó una señora que no era ni pariente, ¡mamá le dijo! Y la doña se hizo la señal de la cruz como diez veces mientras los captores dudaban ante la escena consumada. Rocío, que además de no creerle a Carlitos la conocía a la doña, se fue por detrás y les zampó flor de jarrazo a ambos. ¡Por encubridora! Le dijo, pero el resto no atinó a nada.

Carlitos pidió disculpas pero justo cuando iba a recibir la reprimenda dobló la Ford F100 cargada con un tacho de 200 litros y más ‘inadaptados’ bombucheros gritando como en la película Corazón Valiente. El problema era que ya no tenía globos ni coartada: ¡Corra Doña Leonor!… se escuchó, y casi como Usain Bolt en los 100 metros libres, la señora se quitó las alpargadidas y entró a desplegar una zancada digna del mejor medallista olímpico.

Carlitos hacía lo que podía con esas ojotas verde loro en composé con el short, que cuando intentó estirar la gamba sonó como si se rasgara algo. La mujer alcanzó a cubrirse detrás de un cartel, pero el ‘Charly’ no tuvo esa suerte. Estaba con el atuendo roto, mojado y acusaba varios impactos en lomo y piernas. Incluso con repetición en lomo.

Faltaba poco para que dieran las 18:00 y ambos sabían que lo peor había pasado. Vivieron otra experiencia de ese juego tan típico de los años ‘80 y ’90, que se trató de reflotar hasta el 2015 con algunas convocatorias por redes sociales. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado algunos jugaron en la playa al bombuchazo, y los chicos volvieron entusiasmados a contar en sus casas lo sucedido. Ese carnaval también es parte de una tradición que no por húmeda está desgastada, quizás solamente necesite un poco de ánimo, entusiasmo, y también de agua.

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