Aldo Antognazzi; sus maestros, su pasión por Clementi y su paso por Victoria

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Victoria.- Viernes 12 de junio de 1964. Ésa fue la primera vez que Aldo Antognazzi vino a tocar a Victoria. Nos lo cuenta con tanta precisión porque siempre guarda los programas de sus conciertos.

A los amantes de la música académica basta decirles “Aldo Antognazzi”. A los que no lo conocen, resumir su trayectoria en estas páginas sería una tarea imposible. Quizá la mejor manera de explicar quién es Aldo Antognazzi para el mundo de la música clásica es contar que fue alumno de pianistas que han dejado su huella en la historia mundial de la música y que es maestro de la mayoría (por no decir todos) de los grandes pianistas del país.

Con mucha amabilidad, Antognazzi dialogó con Paralelo 32. Habló sobre sus maestros, su pasión por Clementi y su paso por Victoria.

—¿Qué anécdota destaca de haber estudiado con maestros como Arturo Benedetti Michelangeli y Carlo Vidusso?

—Serían innumerables las anécdotas relacionadas con esa etapa de mi vida, así que prefiero sintetizarlas en un intento por describir mi estado de ánimo ante el impacto de tantas experiencias enriquecedoras. Entre los años 1962 y 63 se concretó una de las etapas de mi formación musical más enriquecedora y más soñada por mí. Es así como yo lo veo con la distancia de tantos años transcurridos: como un verdadero sueño. Desde el momento en que me comunicaron desde el Ministero degli Affari Esteri italiano que me habían adjudicado la beca para estudiar con el Mtro. Michelangeli en Arezzo, se inició una sucesión de hechos y situaciones extraordinarias en mi vida. En primer lugar, el viaje en barco, ya que hace 60 años no existía la facilidad de viajar a Europa en avión con la que contamos hoy; éramos más de treinta jóvenes becarios de muchas disciplinas (yo el único músico), que compartimos los 15 días de la travesía. Tuve además la ocasión de conocer y trabar amistad con dos jóvenes cantantes de ópera argentinos que viajaban a Europa con las expectativas de realizar una carrera internacional y que, con los años, el tiempo demostró que lo lograron con creces: Gianpiero Mastromei y Carlo Cossuta. La llegada y desembarco en Genova; el viaje en tren a Arezzo, el impacto emocional de estar pisando el suelo natal de mis abuelos, y el primer encuentro tan ansiado con el Maestro: todo era parte de ese mismo sueño. Conformábamos un grupo de muy pocos alumnos: dos argentinos, dos australianos, un italoamericano y dos italianos, así que podíamos disponer del tiempo que quisiéramos para estudiar en la Escuela, un edificio del siglo XV, obra del arquitecto Vassari. Posteriormente me trasladé a Milano y después de hacerme escuchar por el Mtro. Carlo Vidusso fui aceptado en su clase. Sabía que Mauricio Pollini había sido su discípulo, así que imaginaba el nivel de su maestro. También tengo mucho por agradecerle a él, y no sólo por todo lo que aprendí sobre música y el piano, sino también por su enorme generosidad y su trato humano.

—Usted ha sido y sigue siendo un importante maestro de pianistas argentinos, ¿cómo vive su aporte pedagógico en la música? ¿Qué le puede decir a nuestros lectores jóvenes que viven en una ciudad pequeña como Victoria, pero que quieren hacer una carrera musical?

—Actualmente es la actividad que más tiempo me ocupa, ya que, por los años y por problemas de salud, mis presentaciones pianísticas se fueron espaciando cada vez más. Enseñar para mí siempre fue una pasión, desde los 16 años, cuando descubrí la importancia de ese aprendizaje mutuo en el que consiste la pedagogía. Y en relación al consejo que podría dar a los jóvenes aspirantes a músicos, es simple: no aflojar nunca ante las posibles caídas, no permitir desfallecer el ánimo y perseguir siempre lo mejor “posible”; subrayo ese término porque siempre se está optando ante diversos caminos, y aprender a elegir el mejor dentro de lo posible en cada momento, en cada etapa de la formación, es fundamental.

—Usted ha difundido la música de Clementi y tiene un proyecto para grabar su obra completa para piano, ¿cómo surgió su pasión (disculpe si exagero) por el compositor y qué nos puede decir de éste?

—Sí, lo reconozco, el descubrimiento que hice de Clementi a través de mis maestros en Italia terminó por transformarse en otra de mis “pasiones”. Cuando regresé a la Argentina, mantuve un contacto epistolar con el Mtro. Vidusso, y él demostró una vez más su generosidad para conmigo al permitirme acceder a todas las partituras de Clementi que él había logrado reunir tras muchos años de búsqueda, ya que en esa época estaban prácticamente guardadas en museos y colecciones privadas. Fue así como surgió la idea de la grabación de la integral. En su homenaje y agradecimiento, yo decidí que haría participar a muchos de mis discípulos en los CDs.

—¿Cómo proyecta su futuro en cuanto a conciertos en el país?

—Como dije anteriormente, durante los últimos años, mis presentaciones en público se fueron espaciando, dando paso a una mayor actividad pedagógica y a la complicada tarea de continuar con la grabación de la Integral Clementi. Por otro lado, estamos proyectando con mi esposa trasladarnos a España, ya que una de nuestras hijas vive en la ciudad catalana de Palafrugell, ubicada en una bellísima región de la Costa Brava, donde existe una hermosa Escuela de Música (en la que enseñan mi hija y mi yerno), pero también una bellísima campiña ondulada, con infinidad de pueblos medioevales muy pintorescos; y ¡el Mediterráneo! a un paso. De todas maneras, mi vida seguirá transcurriendo con y en la música.

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