A mojarrear que se vino el frío

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Victoria (Por Nicolás Rochí).- La expectante atención que provoca tirar el mojarrero al borde de un brazo del arroyo Manantiales (calzada inundable) es digna de los estudios más concienzudos sobre comportamiento, que más de una escuelas conductistas podría haberse ocupado, pero no lo hizo.

La razón de esa obnubilada fijación en el espejo de agua escapa a los niños, y es que los adultos se entregan a las pasiones de competir por quién llena la botella cortada, o bidón plástico del más empalagoso jugo.

En términos estrictos el ritual comienza en el fondo o patio, cerca de alguna planta, donde los humanos se arrodillan en la tierra húmeda para buscar la mejor lombriz; mientras tanto, si el verdulero/a tuvo la gentileza de vaciar la bolsa de papas y/o cebollas a tiempo, quizás pueda conseguir esa trama roja, para disponer del mejor ‘medio mundo’.

Solamente falta inflar un poco la bici y coordinar con ese familiar que aprovecha para tirar la lineada. Generalmente ese compinche de siempre, que puede permanecer largo tiempo en la misma posición cual monje tibetano, sabe que es día de pique y al igual que aquel, disfrutar de los silencios y el viento en la cara hasta que llegue el Nirvana.

Tal vez la diferencia con aquel es que el ‘monje nuestro’ sonríe con cada intento fallido del aprendiz, hasta que por fin ocurre la magia: ¡Un cardumen! Cientos de peces luchando contra corriente, buscando alimento, mostrando su lomo ante un anzuelo mal encajado. Adrenalina pura que brota por los poros, mientras ese ‘dale’… ‘dale’ se transforma en el idioma universal que todos comprenden: bien, seguí, confiá, no te detengás, aprovechá, y con este panorama de éxito, la selfie le gana al trapo con jabón y ya todo tiene el aroma a río, pero valió la pena.

Grandes y chicos se miran cómplices mientras disfrutan de esa actividad tan primitiva como divertida. Sin cables ni conectividad, el desafío es casi de supervivencia cuando algún que otro osado pescador no lleva otra cosa que su destreza y algo de leña, harina, y una pisca de sal para la ‘fritanga’.

El sonido del pescado fresco fundiéndose en la ollita tiznada al calor de la charamosca, en medio de la naturaleza, y con el agua corriendo suavemente a metros del festín es, sin desmerecer a Masterchef, un verdadero manjar.

Ahora, ya desprendido de su meditación y entregado a otro hipnótico ritual, el ‘Monje de acá’ vuelve a recuperar el habla frente al fuego, y desliza algo breve como ¡Esto es vida!, o ¡El tiempo mejor invertido! Y se permite una pieza más. La espina no llega a ser más que un cartílago y por eso, un buen pancito calentado al rescoldo puede ser la mejor manera de acompañar aquel plato de estación.

Los últimos fines de semana hemos visto de nuevo a esos peces en nuestras aguas, y muchos de estos aprendices y maestros entregados a su tarea. Fue en ese arroyo tan nuestro que nos animamos a catalogarlo de ¡Manantial!, y aunque ‘nunca sea el mismo’, diría Heráclito para reabrir ese debate con tantos Parménides como comensales se reúnan alrededor de la fogata, lo cierto es que estamos dejando pasar el rato, mientras algún que otro niño frente a nosotros nos mira de reojo como extrañado, porque disfrutamos como si por un instante hubiéramos vuelto a ser esos pequeños, inocentes, plenos de sensaciones que animan a la sonrisa.

Por ahora esos bajitos/as no lo comprenden del todo, para ellos quizás fue un gran día, pero con el paso de los años, tal vez, solo tal vez, sienta ganas de repetir esa experiencia, tan natural como exquisita, tan nuestra como universal. Pescar mojarras, nada más, nada menos.

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