Por María Carolina Piña

Guste o no, Diego Maradona fue más que un prodigioso jugador de futbol. Los argentinos hoy lloran desconsolados a quien hizo realidad un sueño : el del niño humilde que se transformó en un Dios viviente. Por eso se convirtió en una figura emblemática, un ideal, una fuente de inspiración, miles de veces adorada, criticada, pintada y cantada.

En su propio país, recibió elogios desde la canción. Y en Francia, el líder de la Mano Negra, Manu Chao, le compuso no uno sino dos temas, « La vida es una tombola », y « Santa Maradona ».

Muchos lo consideraron efectivamente como un objeto de culto en el mundo del fútbol, ya de por sí una santa religión para millones de almas. Un santo, eso sí, rebelde, desenfrenado y muchas veces vulgar, lo que despertó el interés en ese personaje carismático y a la vez indomable nacido en los confines del mundo.

Fue el caso del cineasta serbio Emir Kusturica, quien le dedicó un documental halagador. De hecho, Kusturica, como muchos, se dejó seducir por la personalidad avasalladora del Pibe de oro. En este documental se cuenta la vida del Pelusa, y en especial, el profundo apego del argentino a la izquierda latinoamericana, a la Revolución cubana –Maradona se jactaba de haberse tatuado la figuras de Castro y el Che- y más tarde, su amistad incondicional con los venezolanos Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Más crítico, el indio Asif Kapadia puso el dedo en la llaga con un documental que reveló archivos desconocidos sobre cómo el argentino se dejó destruir por la cocaína y su relación con la Camorra napolitana, la organización criminal más antigua de Italia. Un documental seleccionado el año pasado en el Festival de Cannes al que Maradona trató de boicotear, sin éxito.

Maradona también inspiró retratos, frescos, murales, y hasta la creación de una Iglesia maradoniana » con mandamientos, oraciones y altares. El futuro dirá si el Dios Maradona es capaz de hacer milagros como lo creen los que aman al fútbol « por sobre todas las cosas ».

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