Barcelona (Por Alfonso Beato).- En España el confinamiento empezó el 14 de marzo. Desde entonces no hemos salido a la calle, excepto para comprar alimentos y botar la basura.

Hay 45 apartamentos en el edificio en que vivimos con nuestro pequeño hijo, a 200 metros del mar en el vecindario Pobleneu en Barcelona. Fue construido en 1970 y hay muchos residentes de edad avanzada.

Pero también es un vecindario en transformación y ha atraído a muchas nuevas familias. En toda Barcelona, es ahora el vecindario con el mayor número de niños.

Al menos un residente de mi edificio está en el hospital, y otros creen haber pasado una infección de COVID-19 en sus casas. Esto significa que no debemos usar el elevador, así que usamos las escaleras para llegar al sexto piso.

Antes de la pandemia, nuestro Víctor, de 6 años, solía visitar el apartamento de Manuel o Greta, sus vecinos de seis años. En otras ocasiones, ellos venían a jugar a nuestro apartamento y a veces jugaban los tres juntos.

Desde que se inició el confinamiento, los niños están en sus casas. No se han visto ni han tenido oportunidad de conversar. Excepto en una ocasión por vídeoconferencia.

Finalmente, ahora se nos permite llevar a los niños a la calle para que jueguen durante una hora al día. Tal vez logren verse, pero el contacto físico sigue prohibido. No podrán abrazarse, ni jugar juntos.

También hay problemas con trabajar desde casa mientras se intenta cuidar a los niños y supervisar su educación. Las herramientas digitales ayudan, pero también crean una brecha entre los niños que tienen más acceso a internet y aquellos que no.

La rutina se ha convertido en una importante herramienta. Las rutinas dan seguridad a los niños; la repetición de actividades les permite saber qué viene después.

En casa intentamos mantener un orden. Tenemos una rutina diaria que empieza con vestirse después de desayunar; No salimos fuera del apartamento, pero hacer lo mismo todos los días ayuda a los niños a sentirse seguros.

Después de vestirse, empiezan las clases de escritura y lectura. El dibujo y los juegos vienen después. Antes de comer, nuestro hijo debe lavarse las manos y ayudar a poner la mesa. Después de comer, puede ver la televisión. Gracias a plataformas digitales, hay muchas oferta de dibujos animados educativos.

En la tarde es hora de continuar jugando. La creatividad debe ser como la paciencia, infinita. Debes inventar actividades que combinen entretenimiento y ejercicios físicos, incluyendo patinaje, crossfit, dana, fútbol o tenis, todo en nuestro angosto pasillo.

Antes de cenar hacemos conferencias de vídeo con nuestros familiares: Los abuelos de Víctor y sus hermanos mayores que no están en casa, a quienes extrañamos y nos encantaría abrazar.

Luego viene el momento para ducharse y cenar. Hace unos días, Víctor me dijo que ya no quiere que le cuente un cuento por la noche. Me imagino que está creciendo.

A las 8 p.m., la hora de la cena se aproxima. Este es un momento especial del día en el que todos van a las ventanas del apartamento para aplaudir a los trabajadores de la salud. Esto crea una atmósfera de comunidad pues podemos ver por las ventanas a nuestros vecinos uniéndose para agradecer a las personas que están en primera fila combatiendo la pandemia.

Nuestro agradecimiento es para los hombres y mujeres, doctores (as) o enfermeros (as). Y para el personal de los hogares de ancianos. También agradecemos a quiénes trabajan en las tiendas o en servicios de transporte, que deben tomarse el riesgo del contacto diario con el público.

Después de este momento especial, es hora para que los padres miren los noticieros. Durante el día no los vemos para evitar saturarnos.

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