La película “Vendrán lluvias suaves” de Iván Fund, totalmente rodada en Crespo, con la participación por primera vez de niños, se encuentra compitiendo en el segmento internacional del 33° Festival Internacional del Cine de Mar del Plata que culminará este sábado 17 de noviembre.

Estructurada como un cuento infantil e íntegramente protagonizada por una pandilla de niños, “Vendrán lluvias suaves” relata como de repente, un grupo de niños que se encuentra en una especie de pijama party, notan que están solos. Los adultos no despiertan, están sumidos en una especie de sueño eterno. A partir de ese instante, se formará una hermandad entre ellos. Y la meta será ir a la casa de una de las invitadas, a buscar a su hermanito, que supuestamente está solo. Se embarcan en una aventura a pie, en la que atravesarán todo tipo de situaciones, con dos acompañantes caninos incluidos. Ellos se ayudan, son solidarios, con claridad van resolviendo los problemas que van surgiendo. Aquí se describe una naturaleza pacífica de los niños, bien alejada de la crueldad. Una especie de fábula que deviene en fantástica, que saca lo mejor de estas almas.

Con Vendrán lluvias suaves, Iván Fund, se atreve a incursionar en un terreno poco transitado por el cine argentino: el género fantástico.

La película tiene varias fuentes de inspiración literarias: con el espíritu del cuento infantil El pato y la muerte, de Wolf Erlbruch, tomó el título de un bello poema de Sara Teasdale que describe un paisaje posapocalíptico, y de un breve cuento homónimo de Ray Bradbury que retoma el poema.

“La película es más optimista, pero también aborda la idea de la toma de conciencia de la finitud. Me propuse explorar la mirada de los niños sobre el tema, en la edad más afortunada del ser humano, donde uno es lúcido y sensible como para entender la complejidad del mundo y a la vez lo suficientemente soñador e inocente como para fantasear”.

“Cada vez que comentaba el proyecto la gente me decía que estaba metiéndome solo en problemas. Pero resultó todo lo contrario: con su energía y lucidez, ellos son los mejores cómplices para la locura que siempre es filmar. Juegan y creen. No les conté la película completa, sino a medida que avanzábamos, así que iban disfrutando de transitar esa curva dramática en vivo. Los perros eran de una de las niñas, y eso lo hizo más fácil”.

Los chicos hicieron que el rodaje fuera más flexible. “Ellos son una fuente inagotable de propuestas. Saben estar presentes y construyen para adelante. Las producciones demasiado rígidas pueden dar como resultado imágenes estériles, y entonces ves películas donde las imágenes van cayendo como fichas pero la película nunca terminan de suceder. Los niños saben ser y suceder en pantalla. Con los animales pasa algo parecido: uno los sigue y se adapta. Dicen que hay dos maneras de dar en el blanco: una es ponerlo en la pared y tratar de acertarle, y otra dispararle a la pared y después dibujar el blanco alrededor. Mi trabajo tiene más que ver con la segunda. Gracias a la tecnología, el cine de hoy lo permite”.

 

(Gaspar Zimerman/María Paula Ríos)

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