Hemos oído que el futuro no es mañana ni un lugar lejano; es hoy, y estamos rodeados de evidencias que nos advierten que el cambio está siendo muy profundo y significará una crisis histórica; es decir una combinación de oportunidades y el dolor de la adaptación. Estos cambios van por fuera de los gobiernos, que sin embargo pueden morigerar impactos con políticas acertadas.

Podemos elegir entre maravillarnos por cómo la tecnología nos mejora la vida, o lamentarnos por cientos de millones de puestos de trabajo tradicionales que han comenzado a desaparecer en el mundo entero.

Para muchos, UBER es solo una sigla que la memoria vincula con los taxistas y generó una protesta histórica en la Capital Federal, donde transcurren todos estos hechos de sublevación civil. Se trata de una plataforma tecnológica a la que puede asociarse cualquier conductor o conductora que demuestre ser confiable, y oficiar de taxista. Uber no es una empresa de transporte; no emplea a ningún conductor y no es dueño de ningún auto. Es una empresa de Tecnología que desarrolló una aplicación que conecta a socios conductores con usuarios que desean un conductor privado.

Para ser usuario basta con bajar la aplicación a nuestro teléfono e ingresar el número de tarjeta de crédito. Ante la necesidad de un servicio, lo solicitamos desde el mismo. De inmediato Uber nos envía al conductor asociado que se halla más cerca de nuestro domicilio y nos debita el viaje en la tarjeta de crédito o lo descuenta del saldo si es de débito. Los servicios y garantías (seguros incluidos) son amplios. Además cada conductor está bien identificado y eso le da seguridad al usuario.

Este tipo de plataformas tecnológicas han comenzado a multiplicarse. En Uruguay está generando preocupación AIRBNB, que compite con hoteles e inmobiliarias que ofrecen casas o departamentos en alquiler para turistas. Esta plataforma tecnológica de hospedaje es lo que Uber al transporte de pasajeros, que fue duramente impactado por este sistema.

Con sede en San Francisco, California, Airbnb cuenta con una cartera de 2.3 millones de alojamientos en más de 34.000 ciudades de todo el mundo, localizadas en 191 países. Instruyen a sus asociados sobre cómo presentar mejor la propiedad y detalles para un buen servicio, y cuentan además con buenas reservas económicas para el caso de tener que indemnizar a algún turista decepcionado o accidentado.

En la R.O. del Uruguay, 66 mil huéspedes usaron Airbnb durante 2016 para hospedarse mayormente en casas de familia o en viviendas y departamentos, muchos de ellos habilitados por los gobiernos locales y otros no.

Competencia desleal y oferta de plazas de alojamiento fuera de la ley son algunas de las críticas que los hoteleros suelen hacer contra las plataformas de alojamiento turístico como Airbnb y también de su similar Homeaway. En Barcelona (España) Airbnb ha sido multada por alquilar miles de alojamientos sin registro (no pagan impuestos ni se los puede controlar), situación que es muy difícil de comprobar y en algunos países, como Uruguay, ya piensan que los ministerios de turismo, para fiscalizar, deberían crear un departamento con “hackers habilitados”, porque de nada sirven para esta nueva realidad los inspectores uniformados y con libreta en mano.

Una inmobiliaria tiene una estructura que sostener, con costos que Airbnb no tiene; por eso y por trabajar a gran escala, Airbnb puede cobrar una comisión muy baja.

Nosotros, los usuarios, cuando vamos tras lo que nos cuesta menos, colaboramos con hacer caer puestos de trabajo locales, y si nos viene bien, luego nos sumaremos a las protestas por el cierre de esas fuentes laborales, buscando algún culpable cercano.

Los que protestan contra esta nueva modalidad en el negocio turístico son los hoteleros en varias partes del mundo, aún sabiendo que muy poco se puede hacer contra el avance tecnológico. Lo dramático es que la sociedad civil parece no advertir estas realidades y busca culpables en la superficie mientras las razones están en la profundidad de un cambio de era.

También la industria se va robotizando y los dirigentes sindicales solo se ocupan de llevar estadísticas de pérdida de empleo y reclamar ante las autoridades políticas, porque con eso les basta para conservar la silla.

“Es la primera vez que estamos viendo un crecimiento tan rápido de la tecnología con un impacto generalizado”, explicaba el experto en el futuro del trabajo Jacob Morgan en una reciente entrevista del diario español El Confidencial. “Sólo los coches autónomos eliminarán millones de trabajos en todo el mundo. Me inclino a pensar que la tecnología acabará con más trabajos de los que puede crear”, opinó el experto.

Dejar respuesta