¡Trump, compadre…!

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¡Trump, compadre…!            

** ¡Qué macana, no!, me dijo el muchacho que pasa todos los meses a cobrarme la cuota del Club de la Protesta Preventiva. ¿Qué macana qué?, le dije yo como encogiéndome de hombros. “Digo, qué macana que ganó Trump ¿no?”

Es muy importante que de vez en cuando leamos algunos títulos en Facebook o escuchemos alguna opinión lo más breve posible en la tele; pensé; para no caer siempre en esto de encarar una conversación preguntando si lloverá o hará calor

** En este mundo globalizado tenemos data para elegir. La noticia, el análisis, la explicación, la cátedra, la diversidad de puntos de vista, nos cae como una caudalosa catarata y nuestra sed solo alcanza para una jarrita de agua. Pero habiendo tanto, no tenemos necesidad de saber tan poco leyendo solo títulos y resúmenes

** Nuestros abuelos nacidos en la Argentina, durante la Segunda Guerra Mundial se enfrascaban en tremendas discusiones sin otra información que los ‘cables’ telegráficos que llegaban de unas pocas agencias comprometidas con uno u otro bando. Todo mal. Siete décadas más tarde sus descendientes vivimos agobiados por el caudal informativo y el empacho nos produce inapetencia. Todo mal de nuevo. Cambia de dirección el gobierno más poderoso e influyente de la Tierra y creemos, como el pibe de la cuota, que nos basta con saber si Trump es un turro o un tipo canchero.

La pucha con el Riesgo País              

** “¡Qué macana el Riesgo País, no!?, me dijo allá lejos, cuando el nuevo siglo tenía unos pocos meses de vida, la quiosquera que me vendía los bizcochos con una regularidad que hacía innecesario que yo se los pidiera. En aquel año 2001, Crónica TV (que hoy está en manos de un grupo K flojo de memoria a la hora de pagárselo a su ex dueño H.R.García), trabajaba para “la resistencia” y a cada hora ponía en pantalla un número bien grande, en rojo y blanco como manda la estética de Crónica, donde nos enrostraba el Indice de Riesgo País, sin más acompañamiento que una música propia de un desembarco de extraterrestres que en un par de horas nos acabarán como hormigas, con Napalm.

** Quien no mencionaba el asunto pasaba por irresponsable. Usted podía ignorar el precio del pan, de la entrada al cine, o la fecha de su aniversario de bodas, pero sin dudas tenía bien clarito a cuánto había ascendido el Riesgo País cada día, aunque no supiera para qué cazzo servía. Solo sospechábamos que podía ser algo terrible y especulábamos… ¿Gustavo Yankelevich ocuparía el Ministerio de Flora y Fauna? ¿De la Rúa continuaría diez años más en el gobierno? ¿Volvería Menem? ¿Zulema Yoma dirá todo lo que sabe? ¿Cuál era el riesgo que nos acechaba como vampiro cebado?

** De a poco fuimos sabiendo que a ese índice lo establece alguien en algún pináculo del mundo para avisarles a los entes financieros a cuáles naciones conviene quitarles la Banelco y a cuáles ofrecerles una Gold.

** Mientras tanto, encendíamos el televisor durante el almuerzo para esperar la hora exacta en que Crónica nos metía en pantalla color sangre el maldito Indice de Riesgo País, con esa escalofriante música de Hitchcock, que nos inspiraba el deseo de ir a revisar debajo de las camas, y que de inmediato motivaba conversaciones elípticas en la mesa:

— ¡Mirá!

_¡Qué cosa, no!

_No tiene más gollete; 987 el riesgo país hoy.

–¿Adónde irá a parar esto?

O un simple movimiento de cabeza que hacía suponer todo lo que no sabíamos argumentar.

En Washington, La Trámpora            

** La sensación que teníamos los débiles mortales sensibles al Napalm (*), era que si ese número seguía creciendo el país explotaría como una sandía que cae del camión. Tanta información nos faltaba, tan poco informados estábamos, que hasta ignorábamos que Crónica le hacía los mandados a Eduardo Duhalde, creando caos y organizando saqueos de fin de año en los supermercados. El 27 de junio de ese año 2001 el riesgo país marcó 999 puntos. En agosto de 2012 marcó 1.020 puntos y nadie se enteró. Hoy está en 438 y cuesta mucho obtener el dato.

(*) Combustible capaz de arder indefinidamente incinerando todo tipo de material, dejando los edificios intactos, por su capacidad de expandirse por el oxígeno.

** Mientras esperamos que todo mejore, no está mal tener algo fuerte y útil para dejar de hablar de la corrupción de entrecasa. Y en este punto tenemos que agradecerle al bocón Trump, quien irrumpió en el mundo con su gato anaranjado onda coiffeur setentista ensortijado en la cabeza como una gorra, para hacernos saber que en el gran país del norte los demagogos (ahora llamados populistas) tienen tanta posibilidad de ganar la presidencia como en otros confines menos recoletos de la Tierra.

¿Cuánto tiempo pasará antes que Trump (se pronuncia Tramp) disfrute de los halagos, altavoces y pancartas de La Trámpora?

** Las cosas podrían no ser muy diferentes por aquí en Sojamarca si, por ejemplo, Miguel del Sel hubiera ganado finalmente la gobernación de Santa Fe en 2015 y quizás sería candidato a Presidente en 2019. Solo es cuestión de entusiasmar a las mayorías, que acá, en Estados Unidos o en Burundi, se identifican con un denominador común que es la carencia y necesidad.

Cualquier peligroso con plata            

** No hay límites para el que tiene las bóvedas llenas con lo suficiente para financiar una campaña. Menem lo hizo. Prometió con la izquierda y gobernó con la derecha.

La otra condición básica es no tener escrúpulos, porque alcanza con decirles a las mayorías lo que desean oír y luego hacer “la gran Trump”, que en campaña dijo que construiría un muro al este para impedir la inmigración de cabecitas negras y deportaría a los ilegales y a los musulmanes, pero en su primer discurso revoleó la tortilla por el aire para decir que gobernaría para absolutamente todos los que viven en el país, sin discriminar razas ni religión.

** El Papa había dicho que no habría que votar a alguien que quiere construir grandes muros divisorios. Trump recogió el látigo diciendo con todo amor que hablará con los católicos para gobernar con ellos. ¡Y todavía no asumió!

Poco entendemos de política internacional, pero hemos vivido mientras pasaron muchos presidentes por la Casa Blanca y nada cambió ni cambiará sustancialmente, porque los norteamericanos renuevan presidentes, no a su establishment. Cambian de actor, nunca la estructura del poder real.

** Uno llamado John Fitzgerald se atrevió en los años 60 a soñar con otro país y otra América, intentando patear el tablero del poder organizado. Hasta hoy no se pudo esclarecer su asesinato en pleno ejercicio de la presidencia. Su hermano Robert le propuso al pueblo continuar los proyectos de John. Tampoco se ha esclarecido totalmente su muerte a tiros en pleno día y a cara descubierta.

Asegúrate tener a quien culpar                      

** Así las cosas, buscándole el lado positivo, se nos ocurre que lo bueno de estos tiempos globalizados es que podemos elegir con qué clase de pinche bronca queremos preocuparnos. Podemos quedarnos con los problemas nativos, es decir con los sapos nacionales y populares o su variante de sapos nacionales e impopulares; o podemos darle un salto de importancia a nuestro chamuyo y preocuparnos porque en Estados Unidos supuestamente ganó el cuco.

** La globalización de las comunicaciones hace el milagro. Si encuestamos hoy preguntando quién es nuestro ministro de Educación, y aún el de Economía, podríamos decepcionarnos con los resultados. En cambio al viejo zorro de Trump lo conocen desde los chicos que festejaron Halloween hasta los bien gauchitos que vistieron pilchas tradicionales el 10 de noviembre.

** Sabemos también que el triunfo del candidato republicano provocó euforia en la mitad de los Estados Unidos, y sentimientos amargos en la otra mitad: muchos entraron en pánico y otros quedaron en shock. Y en un país que es un continente y parecía tan perfecto a la distancia, hoy tienen una grieta que parte en dos a la sociedad, tan profunda como la de Argentina o Venezuela. Tan profunda y enfrentada en términos de guerra que ambos candidatos prometieron trabajar para achicarla.

** ¡Pobres yankis! ¿no?

Usted querrá decir ¿y qué hay de nosotros y nuestra grieta? No, no. Pobres ellos, que no están acostumbrados. Nosotros tenemos cuero. Si no tuviéramos esa grieta nos buscaríamos rápidamente alguna otra que nos provea ese extraño placer de tener a un odiado enemigo a quien culpar de nuestras propias incapacidades.

** Un aplauso para el asador.

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